Hombres y mujeres: más iguales, precisamente, en el amor
miércoles 18 de diciembre de 2013, 19:53h
La pregunta de qué esperan las mujeres de sus parejas, convertida en título de una entrevista a la coordinadora de una Escuela de Parejas publicada por un diario esta mañana, hacía que la misma encabezara el ranking de noticias más leídas. Y que llamara mi atención. En todo caso, se supone que nosotras, las mujeres, ya deberíamos saberlo. Sin embargo, estoy convencida de que pocas habrán resistido la tentación de leerla. Al igual que muchos hombres. Aunque algunos digan que ya han tirado la toalla. Aseguran los hombres que no nos entienden, mientras las mujeres alegamos que son ellos los que encierran un misterio insondable en esa cueva a la que se retiran de vez en cuando, dejándonos con la incertidumbre de saber qué demonios ha ocurrido para que se alejen de ese modo. A pesar de que ya hemos comprobado en infinidad de ocasiones que a su regreso siempre parece que no ha pasado nada – ni siquiera el tiempo -, seguimos insistiendo en entrar en un sitio al que no hemos sido invitadas. Cabezonas que somos. En lugar de dedicarnos a lo nuestro mientras esperamos a que vuelvan de la “guerra”, perdemos energías tirando hacia fuera de ellos, cuando lo cierto es que, nos pongamos como nos pongamos, no saldrán hasta que no estén “preparados”. Hasta que quieran o puedan.
De modo que el mundo avanza incapaz, en apariencia, de inventar un código común a hombres y mujeres para que ya nunca más oigamos eso de no entiendo a las mujeres o viceversa. ¿Tan complicado sigue siendo, después de haber compartido la vida en este planeta durante miles de años? La verdad, empiezo a creer que no. No estoy siendo optimista ni ingenua, sólo práctica. Quizá, analítica con matices de puro cinismo. Puede que todo al mismo tiempo, aunque en diferente medida. Hablamos de la incomprensión entre hombres y mujeres sin pararnos a pensar en que esos mismos conflictos sentimentales que viven las parejas heterosexuales, se repiten en las que están formadas por dos personas del mismo sexo. ¿Entonces? Si la cuestión no estriba, al menos no solo, en un diferente grabado genético en el cerebro de machos y hembras, ¿por qué diablos nos sentimos a veces tan perdidos a la hora de relacionarnos con la persona que amamos? Queremos entender, cuando puede que lo más necesario, en ocasiones, sea simplemente respetar. También preguntar, hacer objeciones y, por supuesto, discutir. Pero, ¿entender? Eso ya no parece tan claro porque, ¿cuántas veces no logramos entendernos ni siquiera a nosotros mismos?
Es una utopía, lo sé, pero tengo la impresión de que solo quienes logran formar un equipo, en lugar de una pareja, parecen tener un feliz futuro juntos al alcance de sus manos. Me arriesgaré a ir aún más lejos: los hombres y las mujeres donde más iguales somos es, precisamente, en el amor. No en la forma de conquistar, que es claramente diversa, pero sí en cuanto al hecho en concreto de querer a alguien, de enamorarnos por primera o quinta vez, experimentando deseo, anhelo, ilusión, desasosiego, esperanza. Y puede que, al final, desilusión. Para algunos, una vez más. Mejor no contarlas. Llegan entonces esos interrogantes que no es la primera vez que nos hacemos, nos culpamos de no saber elegir, de dejarnos cegar por la pasión. Y concluimos: todas/todos son iguales.
Pero no. Lo que siempre es igual es el tipo de hombre o de mujer hacia quien nos sentimos atraídos. El único que garantiza, en realidad, que seguiremos toda la vida interpretando el mismo rol. Porque todos representamos un papel y, aunque jamás osaría contradecir a Claude Steiner, autor del famoso libro de Análisis Transaccional titulado “Los guiones que vivimos”, a diferencia de él, empiezo a creer en la imposibilidad de salirse del guión. De liberarse. Por eso, cuando una mujer asegura que siempre se enamora de hombres complicados, inseguros o incapaces de comprometerse, pienso en su guión de madre abnegada y comprensiva, que repetirá incansable: cuidará del “muchacho” hasta que pueda volar fuera del nido. Ella volverá a sufrir, a echarle de menos, a preguntarse cómo es posible esa traición después de todo lo que hizo por él, por la relación, sin poder admitir que desde el minuto cero estaba cantado que él se iría, antes o después, en busca de otro nido, uno nuevo, donde todavía no empezarían a exigirle que ponga algo de su parte. Porque él, en su rol de víctima, llega un momento en que no puede entender – sí, ahora sí he dicho entender - que su salvadora se haya convertido en perseguidora.
Si es un hombre quien afirma que todas las mujeres de su vida han resultado estar un poco locas, entonces no puedo evitar pensar que, por desgracia, siempre acabará representando el personaje del héroe dispuesto a rescatar a la damisela de las humeantes fauces de un dragón que sólo está en su cabeza, la de ella. Un salvador no se enamorará nunca de una mujer independiente, a pesar de que él crea firmemente que eso es lo que quiere y necesita. No lo hará, simplemente, porque no puede, porque no está en ese guión que aprendió de pequeño. Sería comerse el pollo sin salsa. Para ser salvador tiene que haber una víctima. Lo que ocurre es que, después, la víctima se convierte en insaciable perseguidora y todo acaba una vez más. Para, más tarde, empezar de nuevo. Steiner afirma en su libro, publicado por primera vez en 1974, que nunca es demasiado tarde para cambiar esos patrones de actuación que nos impiden vivir una existencia libre y propia. Es decir, para poder, por fin, elegir a la persona capaz de hacernos felices. Pero, como les decía, no creo que sea fácil “resetearse” hasta tal punto. Perdónenme la expresión: la cabra tira al monte. De modo que una vez, y otra vez más, volveremos a sentirnos atraídos hacia un determinado tipo de persona y de situación de acuerdo con el guión programado, del que, por supuesto, no somos conscientes. Y, a su vez, el nuevo encuentro con esa persona o situación acabará sirviendo para reafirmarnos en nuestro guión y, sobre todo, para preguntarnos por qué se repiten esquemas que no deseamos, esos de los que creemos huir constantemente. El colmo del bucle. Casi como una maldición gitana. Porque no es culpa de nadie.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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