RESEÑA
Juan Gabriel Vásquez: Las reputaciones
domingo 22 de diciembre de 2013, 13:25h
Juan Gabriel Vásquez: Las reputaciones. Alfaguara. Madrid, 2013. 144 páginas. 17,50 €. Libro electrónico: 9,99 €
Como señala el autor, Las reputaciones es una obra de ficción, aunque esta declaración formal no deba tomarse necesariamente en serio. Ficción y realidad, lo sabemos, se conjugan casi en todas las novelas, y en este caso Juan Gabriel Vásquez agradece a quienes entrevistó, a los que le dieron ideas, anécdotas e historias que han sido importantes en la preparación de la obra. Esta nace de un personaje histórico específico, un caricaturista llamado Ricardo Rendón, “una autoridad moral para la mitad del país, el enemigo público número uno para la otra mitad", cuya vida termina en un trágico e inexplicable suicidio. Pero se desarrolla a través de la figura de Javier Mallarino (personaje meramente literario), un caricaturista de larga y reconocida trayectoria en la prensa colombiana hasta comienzos del siglo XXI. Él, por su talento y vehemencia, se había involucrado en muchas polémicas a través de sus dibujos, atacando amigos de la familia, personajes destacados de la sociedad o la política. Gustaba usar de su poder y gozaba sus logros, lo que le trajo incluso problemas familiares.
El libro comienza cuando Mallarino se apresta a recibir un gran premio por su trayectoria. Con un teatro lleno y que lo admira, fue ovacionado cuando pasó a ocupar su lugar en la historia. A la salida del evento recibió felicitaciones y firmó libros, en un momento se le acercó una periodista que pidió entrevistarlo. Mallarino aceptó recibirla al día siguiente en su casa donde vivía solo desde que se había separado. La mujer se llamaba Samanta Leal.
Después de una entrevista algo insulsa la mujer recorrió la casa, reconoció un cuadro que había visto ahí cuando niña, y confesó que no era periodista sino que simplemente había llegado hasta ahí para reconstruir una parte dolorosa de su historia. Las huellas del pasado, con sus vicios y dramas, se proyectaban hasta el presente.
¿Qué había ocurrido casi tres décadas atrás? Ahí se había mezclado la vida del propio Mallarino, de la niña que fue Samanta y del congresista Adolfo Cuéllar. Este había sido "atacado" por Mallarino con sus dibujos, por lo que un domingo fue a la casa del caricaturista para rogarle que no lo retratara más, afirmando que era una buena persona, con su mujer e hija que lo querían, en fin, que tenía su reputación. Ese domingo había invitados en la casa de Mallarino, muchos amigos, y también estaba su hija Beatriz (no así Magdalena, de quien se acababa de separar) y una amiga de la niña, la propia Samanta Leal, con apenas siete años. Las pequeñas, traviesas e inocentes, habían bebido los restos de tragos en las copas, cayendo en una borrachera que las dejó sin sentido, en sus camas. Cuando el papá de Samanta fue a buscarla a la habitación, se encontró con Cuéllar magreando a su hija, con gritos e insultos. De inmediato estalló el escándalo.
Al día siguiente, en las páginas de El Independiente, apareció la caricatura del político con la siguiente lectura: "El congresista Adolfo Cuéllar: Dejad que las niñas se acerquen a mí". Fue el fin de su carrera y de su reputación, el comienzo de su quiebra matrimonial y el primer paso hacia su próximo suicidio. Mallarino sintió y comprobó su poder. En la conversación/entrevista, muchos años después del suceso, Samanta y Mallarino intentaban reconstruir los hechos, apelando a la esquiva memoria. ¿Qué sucedió ese día con Cuéllar? ¿En realidad había manoseado a Samanta? ¿Por qué la familia de la niña se había marchado de la ciudad?
Ningún recuerdo era agradable ni preciso, todo parecía borroso o degradante. Decidieron buscar la verdad, que solo podría procurarles la mujer del congresista. "Usted quiere simplemente estar tranquilo", le increpó a Mallarino su editor. ¿Cuál era el asunto? Que tal vez Cuéllar no hizo lo que se suponía, que quizá había sido acusado por Mallarino injustamente, en un asesinato de imagen que había concluido en la destrucción de la vida del congresista. La propia reputación del caricaturista caería si llegaba a comprobarse esa verdad.
Por eso la parte final tiene el valor de plantear temas como la familia, la venganza, el poder, la humillación y el vago recuerdo de las verdades y mentiras de la historia. También la capacidad de daño contra la reputación que puede haber en un dibujo, una nota de prensa o -podríamos agregar hoy- en la utilización de twitter u otros sistemas de comunicación. Esta reflexión, con seguridad, es la que llevó al final a Mallarino a alterar el curso de su propia existencia. Un libro atractivo y que hace pensar.
Por Alejandro San Francisco