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RESEÑA

Carmen Resino: Reparación

domingo 22 de diciembre de 2013, 13:49h
Carmen Resino: Reparación. Prólogo de Rafael Fuentes. Huerga y Fierro. Madrid, 2013. 93 páginas. 11 €
En nuestra actual dramaturgia, que cuenta con excelentes autores, Carmen Resino ocupa un lugar destacado. Desde que comenzó a escribir teatro a finales de la década de los sesenta del siglo pasado y se dio a conocer con El presidente ha ido construyendo una obra de gran solidez en la que puede recordarse Ulises no vuelve, Pop y patatas fritas, La recepción, La boda y Las provechosas alianzas, entre otros títulos. Gran parte de su producción se ha estrenado con magnífica acogida de crítica y público. Virtudes Serrano, especialista en su figura y obra, ha señalado que es “una de las dramaturgas de mayor enjundia del teatro español del siglo XX”. Y, sin duda, así es, pues lejos está Carmen Resino de concebir la escena como un espacio para propuestas ligth dirigidas sobre todo a un público que busque de manera prácticamente exclusiva mera distracción. Precisamente uno de los elementos esenciales del teatro es que no debe distraernos, en el sentido fuerte del término, sino hacernos muy conscientes de la complejidad humana y social y de las numerosas cuestiones y recovecos que encierra. Lo que no significa, no obstante, que el teatro, ni cualquier otra manifestación artística, haya de recrearse en superfluos y vacuos rebuscamientos.

Carmen Resino consigue conciliar ambos aspectos en un teatro exigente que nos plantea interrogantes y nos pone frente a situaciones conflictivas, sea cual sea el modelo elegido, pues la autora madrileña ha transitado con soltura por diferentes vías dramáticas, que van desde el teatro que podríamos considerar más realista o de denuncia hasta el más simbólico, pasando por el teatro histórico, el teatro del absurdo, el que explora la fuerza de los mitos en comportamientos o situaciones cotidianas -como en su extraordinaria pieza A vueltas con los clásicos- o el neovanguardista, con componentes metateatrales, y ha hecho gala de distintos registros. De alguna manera, Reparación conjuga varios de esos caminos en un texto rico en significados.

En un viejo y destartalado salón de baile va a celebrarse un juicio, en el que sus protagonista serán denominados la Víctima, el Testigo, el Juez, la Hija y el Director, y donde se desarrollará un conflicto marcado por acusaciones, culpas y sorprendentes descubrimientos, y por una búsqueda de reparación quizá imposible. Uno de los asuntos que más preocupa a Carmen Resino, como se aprecia en su obra, es el uso, abuso y empleo torticero y espurio del poder. Citemos, por ejemplo, Orquesta. Algo que resulta más inquietante, si cabe, en aquellos que deberían ejercerlo con especial limpieza, cuidado y esmero. En Reparación, se evidencia la denuncia de una justicia corrupta, pero Resino lo hace de manera inteligente, sin caer en simplificaciones ni panfletos. Porque, como apunta Rafael Fuentes en su brillante prólogo, se trata de “una pieza metateatral concebida como una cruel pesadilla expresionista colocada por encima del tiempo y las circunstancias históricas en un presente indeterminado. Un despojamiento de ingredientes subsidiarios y episódicos en el que Carmen Resino se queda solo en los vectores esenciales del malestar en la Justicia, exponiéndola en clave universal. Un procedimiento que le posibilita desnudar de sus máscaras al poder y señalar las heridas morales que su dominio inflinge y que los tribunales no son capaces de subsanar”.

La imprescindible colección “El Teatro Puede”, que dirige Juana Escabias, ha tenido el acierto de incluir esta pieza tan oportuna y sugerente, y muestra también de lo que Carmen Resino -también pintora y novelista. Su última narración es Biografía de una asesina- ha confesado en alguna ocasión: “Mi teatro es un teatro de la palabra, un teatro de texto. Creo que el texto, se represente o no, tiene valor por sí mismo: el texto queda, sobrevive y resucita en cada montaje”. La lectura de Reparación es un placer que merecería disfrutarse igualmente en una puesta en escena.

Por Adrían Sanmartín
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