La Navidad y el misterio de la vida
martes 24 de diciembre de 2013, 13:29h
Vivimos tiempos extraños, que no nos facilitan ver la realidad de las cosas. Demasiado ruido, demasiadas luces, demasiada información. Abundancia de lo superficial, de lo inmediato, de lo fácil…, el aquí y el ahora, el momento. Sin embargo, la humanidad del ser humano no radica en su parte más animal o básica. Esta existe, sin duda, pero no es la distintivamente humana. ¿Qué nos hace más humanos?
El 95% de las personas de este planeta creen en el más allá, en la trascendencia, en la existencia de un ser superior que da sentido a la vida. El hombre lleva en su ADN la idea de la inmortalidad. La vida meramente animal, biológica, no es humana; queremos algo más, necesitamos encontrar un sentido a este trayecto. En estos días los cristianos celebramos el nacimiento de Jesús, Emanuel, que quiere decir: Dios con nosotros. La esencia del cristianismo radica en la persona de Jesucristo, de su mensaje, del sentido de su vida. La Navidad es el nacimiento de Dios para los cristianos, que Dios está con nosotros, que ha vivido entre nosotros y que permanece presente en nuestra historia, de principio a fin. La percepción de este hecho, de esta realidad, debiera de ser transformadora en nuestras vidas.
Es verdad que la Navidad es misterio, pues la propia realidad de Cristo es en sí misteriosa, supera nuestra capacidad racional, no la anula, pero sí la desborda. La fe no es contraria a la razón, pero va más allá. La razón es humana, se maneja dentro de nuestra dimensión como personas. La fe es ir más allá de la razón, entrar en otra naturaleza humana, pero también divina. Cristo es la historia de la salvación, del amor, del perdón frente al mal que existe también en la naturaleza humana. La Navidad no se entiende sin la eucaristía, sin la cruz y sin la resurrección. La Navidad es el gran pacto de Dios con los hombres, ya no puede haber más.
El misterio de la vida es el misterio de Jesús. Es la razón de la existencia humana basada en el amor y en el perdón al mal que hay en nosotros. Somos libres para el bien y para el mal, para amar y para odiar, para la paz y para la guerra, para crear y para destruir. Y llevamos toda la historia de la humanidad practicando un poco de todo y, muchas veces, en el nombre de Dios, para lo uno y para lo otro.
En el ser humano hay dos naturalezas, una más humana, otra más divina, más próxima a Dios. En la Navidad celebramos que Dios se acerca a nuestras vidas, que se hace presente en ellas. Es verdad que podemos rechazarlo, que podemos escucharlo y que podemos seguirlo. Seguir su mensaje, su ejemplo, su perdón, su dimensión real de la vida, de la persona, del otro. En Nochebuena nace el sentido de la vida del hombre que quiera escucharlo, que quiere morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, basado en el amor, el bien y la alegría. Jesús crece entregándose, buscando siempre el bien de los demás. En un siglo XXI rico en superficialidad y en abundancia de conexión, medios y redes, la Navidad es la razón de ser de nosotros mismos, lo que podemos llegar a ser y no somos, pero en nosotros está cambiarlo. Jesús es ante todo libertad, nunca imposición…, hay que saber escuchar… llega la Navidad.
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Catedrático de Derecho de la URJC
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