Ricardo Banzo Alcubierra
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 27 de diciembre de 2013, 18:00h
Un prohombre de un partido de extrema izquierda –CIU…- y reputado economista largamente establecido en las universidades yanquis más renombradas pensaba ha poco ante el nombre, para él desconocido, del andaluz catalanófilo (como casi todos los nacidos al Sur de Despeñaperros) Manuel Chaves Nogales –uno de los cuatro o cinco periodistas de más alto gálibo del siglo XX español- que, por su nombre, “debía ser de derechas”. Con igual razonamiento, frente al más eufónico y rotundo que encabeza estas líneas, envuelto además en una cierta resonancia aragonesa, imaginará tan ilustre hacendista barcelonés que a la persona que responde a él –a su “gracia”, se decía antigua y bellamente- deberá incluírsela ideológicamente en la caverna más obscura…
Sino que, afortunadamente, no hay tal. D. Ricardo tiene, en efecto, una nascencia aragonesa en el solar más acendrado de tan noble región: el Pirineo sotomontano. De cuna bien modesta, tras un comienzo de vocación religiosa pronto frustrada, asentó sus reales en la Villa y Corte, en la que compatibilizó sus estudios de Ciencias Políticas con un trabajo ahincado, sin horarios ni apenas vacaciones. Licenciado, y con pesadumbre que la ha acompañado hasta la fecha por no haber seguido el cursus honorum docente –como compañeros menos aventajados intelectualmente lo hicieran, y hasta con éxito en la mayor parte de las ocasiones-, opositó sin tardanza a un puesto medio de la Administración, quemando toda suerte de naves –unas lejanas y otras más al alcance la mano- para consagrarse íntegramente, día y noche, sábados y domingos –con algún descanso para entregarse a su placer predilecto: ver televisiones británicas y escuchar radios de la misma nacionalidad- a una tarea con cuya impecable realización logró un sitial de honor en la limpia y refulgente cadena de los servidores del Estado, que hicieron de éste con su aportación una de las creaciones más excelsas de la contemporaneidad española.
El alto organismo, en el que durante más de un tercio de siglo fuese, en su bien poblado censo femenino y masculino, el primero en entrar –tras los policías y guardias civiles encargados de su custodia- y el último en abandonarlo, halló en su laborar incesable, meticuloso e innovador uno de los pilares de la fama que, en general, le ha granjeado su caudaloso y variado catálogo bibliográfico más que sus funciones asesoras e investigadoras, sujetas de ordinario a una acusada deturpación política. Detrás del ingente volumen de sus publicaciones en la etapa más prolongada de su existencia, estuvo invariablemente el sabio e ilimitado quehacer de un oscense en estado puro, pese a su larga estadía madrileña en los aledaños de los distintos poderes que malbarataron –salvo el áureo periodo de la Transición- las ilusiones y energías de un pueblo –y, en su lenguaje, una patria- con su conducta a menudo irresponsable.
Lector devoto de su coterráneo Gracián y de los clásicos de los grandes siglos, tendrá este editor sin igual entre sus coetáneos tiempo holgado para adentrarse, cabe el sepulcro de la Santa andariega –la mujer que, a gran distancia, manejara mejor el castellano de todo nuestro pasado-, en el mar profundo del alma humana, en cuyo conocimiento sus autores superaron las reválidas más exigentes. “Ligero de equipaje”, con escasos pero bien administrados ahorros, sin homenajes y con el reconocimiento oficial indispensable para no infligir la obligada cortesía, el sencillo, honesto, competente y siempre bienhumorado D. Ricardo Banzo Alcubierre ha puesto estos días término a una existencia colmada de servicios y deberes irreprochablemente realizados con fe indesmayable en el destino de un país ahora más que nunca urgido de espíritus de su calibre y calidad