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Nada nuevo bajo el sol, pero mucho viejo que no conocemos

miércoles 01 de enero de 2014, 18:26h
A pesar de los años vividos – muchos – y de las indomables canas que ya no se esconden con facilidad, seguimos viviendo la noche del 31 de diciembre como un ritual para llamar a la esperanza, a tiempos mejores. Igual que si en los pocos segundos que separan un día del siguiente, mientras engullimos doce uvas al conocido ritmo de doce campanadas, todo pudiera darse la vuelta, pasar del negro al blanco, situarnos de nuevo en la casilla de salida. Casi como si se tratase de una nueva oportunidad. Borrón y cuenta nueva. Hay que empezar con buen pie. Al menos, con el fugaz pero potente convencimiento de que esas promesas que hacemos de cara al futuro más inmediato se verán cumplidas, no tanto gracias a nuestra disciplina, sino, más bien, al hecho que imaginamos mágico de pasar de un año a otro, arrancando la última página del calendario para inaugurar el siguiente. Y, por si acaso no funciona del todo eso de las uvas de la suerte, existen otro buen montón de ritos, sortilegios e, incluso, manías a las que recurrir en el trance de intentar reinventarnos una vez más. Falsa idea la de que podemos volvernos del revés como un calcetín, que seguimos ignorando porque necesitamos creer que la vida no es una sólo. Sobre todo, si la que tenemos camina con pasos titubeantes o parece haber llegado a un puerto sin posibilidad de amarre.

De modo que la idea esencial en Nochevieja es la de que aquello que hagas durante los primeros instantes del nuevo año, será lo que marque los 365 días siguientes. Por eso, hay quien sale de casa después de las uvas arrastrando una maleta para dar tres vueltas a la manzana y asegurarse así viajes todo el año. O quien, como en Estados Unidos, piensa que si no empieza el año dando un beso se arriesga a vivir en soledad los 12 meses que restan. Nos vestimos con ropa interior roja para atraer el amor, brindamos con una copa que tenga algo de oro en su interior para invocar a la riqueza. En Italia no faltan las lentejas a medianoche, símbolo romano de la abundancia, y en otros lugares del mundo se arriesgan a romper la vajilla contra la puerta de sus seres queridos o a saltar desde lo alto de una silla. Cualquier cosa vale, cuanto más extravagante mejor; lo importante en la noche del 31 de diciembre es hacer algo distinto, que rompa y marque, al mismo tiempo, ese pretendido cambio en la dirección del viento que nos empuja.

En realidad, lo único especial del día 1 de enero se traduce en buenos propósitos, algunos más factibles que otros. Promesas de metamorfosis que sólo en unos pocos casos dependen únicamente de nosotros. Pero que nos consuelan, porque nos permiten imaginar que la vida está en nuestras manos. Que podemos decidir casi cualquier cosa y que siempre hay algo para cambiar. Lo nuevo tiene el poder de arrancarnos un escalofrío en el alma, porque lo desconocido aún guarda en su misterio muchos anhelos que ni siquiera nos atrevemos a confesarnos a nosotros mismos. Y cuántas veces, sin embargo, lo nuevo es simplemente flor de un día. Potente luz que ciega y esconde en las sombras lo viejo, eso que todavía resiste pero que ya ni siquiera vemos. Aunque sea lo que ha permanecido más fiel a los irremediables vaivenes de la vida. Ajado, sí, pero constante. Vivimos en la era del cambio, de la veleidad. Los objetos nacen ya para ser reemplazados en poco tiempo y los sentimientos, se admiten pensando desde el principio que no son inmutables. Pero es en lo viejo, en lo experimentado, en lo que nos ha diseñado como los adultos que hoy somos donde se encuentra la posibilidad de la transformación, de la ansiada mejora.

Nos atrae lo inesperado con la misma intensidad que nos provoca pánico. En todo caso, lo seguimos invocando. Cada última noche del mes de diciembre. Esa contradictoria ocasión en la que buscamos cosas nuevas a través del curioso rito de hacer siempre las mismas. Como escribió Ambrose Bierce: “No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos”. Están en casa, en el trabajo, entre los amigos, en la calle. Y, de manera especial, están dentro de nosotros. Quizá, un buen propósito para 2014 sea empezar a buscarlas. Sin miedo. Feliz año a todos.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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