El último trabajo de Fran Montaña
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 03 de enero de 2014, 19:00h
He tenido el inmerecido honor de que el gran guitarrista y compositor asturiano Fran Montaña, uno de los grandes artistas españoles con un alma en la que habitan los sentimientos más nobles, haya puesto música a algunos de mis poemas, escritos una buena parte de ellos hace más de treinta años y recogidos en distintos libros. Hacia abril del 2014 pensamos terminar este Proyecto, que inmediatamente se presentará al público. Me atrevo a publicar aquí las letras de las canciones que configuran un Proyecto titulado con el primer verso del poema más emblemático del conjunto y que, en cierto sentido, en él se halla su “inventio”: “Quiero perderme en tus ojos terribles”, aunque es posible que se cambien tres o cuatro poemas… Espero les guste. La música es mejor.
Uno. Habla el mar a la playa de sus viajes incesantes,/ como sobre ti yo hablo de todos mis peregrinajes./ Y el Sol al mar lo marca con rombo blanco indesmayable/ como mis dedos a tu cuerpo de plata y de diamante./ La pálida muñeca me pidió,/ porcelana de China sus mejillas,/ bajar la cremallera de su ropa,/ rozagante vestido de hilos de oro./ Y en su carne de leche adolescente,/ blanco cordero que adorna natura,/ no vi el dispositivo de la llave/ con el que dar la cuerda a tu belleza,/ y dar vueltas, y vueltas, y más vueltas./ Luego miré tus ojos de hielo negro,/ y el corazón ya de batallas viejo/ quedó atrapado de terror y miedo./ Lector de Anacreonte, sus avisos/ no aprendió mi demente corazón./ La vejez no es edad para el amor,/ y domar a las potras con destreza/ no es fácil ejercicio a los cincuenta./ Inteligente musa de mis versos,/ que discutes graciosa opiniones/ que dicen que son santas, que son nobles./ Y te veo, y todo fariseísmo/ se disuelve en la arena falsa que es./ Vence siempre la nata de tu piel./ Tu juventud es fuerza arrolladora/ que no apresa del mundo la mentira./ Me reconozco en tu pureza fuerte,/ tocada de arrogancia insobornable,/ bastión de la verdad inmarcesible./ Amémonos con gusto de uva agraz./ Habla el mar a la playa de sus viajes incesantes,/ como sobre ti yo hablo de todos mis peregrinajes./ Y el Sol al mar lo marca con rombo blanco indesmayable,/ como mis dedos a tu cuerpo de plata y de diamante.
Dos. Miel derramada en el sol del estadio glorioso y alegre./ La zarabanda de ninfas comienza a correr y a volar./ Garza africana forjada en el viento de impulso oriental./ Vuelan talares de plumas de altiva oropéndola hispana./ Ella atraviesa distancias sin suelo pisar gravedad,/ ella es pasión, voluntad, española gacela en su vuelo./ Negra mirada acompaña tus ojos de negro carbunclo./ Justo regalo de Alá tus caderas de cierva ondulosas/ abren senderos de aromas de lauros tras meta triunfal./ Otra galopa con lagos helados que encierran sus ojos;/ agua turquesa de fría ternura que va la segunda;/ mágicos vidrios, arcanos de luz en carrera excitante,/bálsamo claro que aleja mis penas en grácil solaz./ Largas zancadas gozosas acercan la meta del triunfo./ Suave la faz el esfuerzo conquista y nos muestra alegría./ ¿Vuestros oídos escuchan mi dáctilo negro y azul?/ Rubio y moreno esplendor meridiano de bella esperanza.
Tres. Recorro tus tibias venas,/desnortadas y burlonas,/ por las calles de la sangre/ feliz, rauda y rumorosa./ Las riberas de tus venas/ cantan trocitos de sombra/ que se mueven bajo árboles/ donde silban verdes hojas./
Senderos, rúas, caminos,/callejones, sendas, trochas,/ plazas, arcos, odeones,/abocados a tu Rodas./ Como un duende yo buceo/en tu sangre planturosa,/ y como un dios hago el nido/ entre la númida roca./ Los caminos de tu cuerpo/ no exigen leyes ni normas,/ni tienen los viajeros/ que seguir una derrota./ El paraíso está en él,/en su frescor, luz y pomas.
Cuatro. Y me quitaste la mano/ que tu cintura palpaba/( cuando tu cuerpo dormía/ asomado a la ventana ),/ igual que palpan los niños/ en noche sin luna blanca./ Sueño en tu perfecto cuerpo/ en mi triste y fría cama,/ en tus labios y en tus pechos,/ en tu sabor y en tu alma,/ y beso sudor de luna/ cada nueva madrugada./ Si mis manos tu cintura/ ardientemente tocaran,/ sentirías una hoguera/ que se levanta en tu espalda,/ que se extiende incontenible,/ que te quema las entrañas,/ que todos arden tus huesos,/ que flor de fuego te abrasa./ Monodia es sólo belleza/ con sus montañas de plata.
Cinco. Escrita con carbón en tu portal/ yace mi pena de amor desangrada/ en elegía de galano verso./ Verso que treno sería funéreo/ de mi alma agonizante y lastimera,/ pero exacto epigrama de tu crimen./ Sin talares de olímpico cartero/ he perseguido cruces de tu cuello,/ cruces de plata en el oro del cuello./ He perseguido cruces como viento./ Hoy recuerdo tu pelo y tu belleza/ de gótica estructura clareada,/ y recuerdo tu andar de ave en los trigos,/ lenta corriente de roja amapola,/ lisa blancura de nata caliente./ Delicada aristía en armonía,/ arquegueta del número increado,/ perdido entre la niebla embellecida/ por un Dios sin los hierros en las manos.
Seis. Amo tus célicos ojos/ de pelícano volar/ que abre su pecho nutricio/ sobre las olas del mar./ Bebí tus ojos una noche fría,/ presencia protectora de mis días./ Noté a mi corazón apaciguado,/ repleto de un licor de acentos pardos./ Yo sentí que mi vida resurgía/ después de siglos turbios de agonía./ Mamé tus pechos de hontanares blancos/ y un fragor de existencia en tu costado./ Amo tus célicos ojos/ de pelícano volar/ que abre su pecho nutricio/ sobre las olas del mar.
Siete. Beso tus pómulos suaves y rojos/ y me caza la diosa de ojos claros,/Cipris de dulces venenos dadora./Palpo tu torso de roca pentélica,/ y mis manos deliran paraísos/ donde bailar el baile del amor./ No danzaste en la noche venturosa/ danzas de pie que serpean la tierra,/ sino vuelos de grulla iluminada./ Mi corazón de vértigo temblaba,/ aturdido y confuso en tus alturas,/y pensar no podía de sí mismo./ Qué hacer, yo me pregunto enamorado,/ y tus brisas de danza musicada/ tartajean aquí, tras esta boca.
Ocho. Nunca tus ojos terribles lo fueron;/ lo eran los míos de tanto pavor./ Tú eres ternura en tus todos rincones,/ tú eres ternura de tanto dolor./ Siempre navegas sin aguas rasgar,/ porque en tus ojos está el corazón./ Niña de ojitos pequeños y grandes,/ ángel travieso que nunca creció,/ cruces me pones en frente alocada,/ cruces que acaso me quitan furor./ Cruces que trazas con dedo sedoso,/ cruces que pegas con beso de amor./ Salva al amigo de ojillos terribles,/ salva al amigo que siempre te amó.
Nueve. Tus manos no tienen nombre./ Sin nombre tocan la vida./ Balsámicas manos de reina/ que dibujan la sonrisa/ del mañana en cada cosa,/ huérfana de tu alegría./ ¿Qué será de lo tangible/ sin tus manos bailarinas,/ blancas, suaves, dulces, cálidas,/ manos que sacan la vida?/ Sigue tocando las cosas/ de pesares abatidas/ con esas manos sin nombre/ de estremecida sonrisa./ Oh manos de niña buena,/ blancas, suaves, cristalinas,/ tocad mi corazón roto,/ y esta mi alma dolorida.
Diez. Quiero perderme en tus ojos terribles./ Ojos profundos, oscuros, austeros,/ártico encanto de noche sin fondo,/mágicas grutas, arcanos del miedo;/ perderme para siempre en esos ojos,/ eternamente en la abismal pupila,/ útero de cristal en el que muero.
Once. Porque hondamente te espero/ desde antes de que naciera/ yo te conozco y te sueño./ Tu existencia me define,/ desde el principio del tiempo./ Synalláxis que nos cierra/ como dijeron en Éfeso./ ¿Te acuerdas de Los Tres Árboles/ en que de niño sediento/ en aquella fuente doble/ donde las linfas y el fresco/ de las acacias y ailantos/ te conferían sosiego?/ ¿Recuerdas, rey de mi vida,/ de sangre crotaloteo?/ ¿Era yo o ya eras tú?/ ¿O eras el yo de mi verbo?/ Por mi sangre discurrías,/ como un lagarto pequeño,/ dibujando la alegría,/ y yo, necio, sin saberlo./ Trinitaria Teología/ revelada por Noeto./ El hijo al padre hace padre,/ pues del padre es fundamento.
Doce. Ya has nacido, mi Martín,/ ya vuelve a sonar Piseo,/ ya tienes noventa días/ y unos ojos litharmeno,/ y una boca de coral,/ y unas manos de guerrero./ Dios mío, si tú supieras,/ niñito de mis afectos,/ príncipe de mis afanes,/ monarca de mis deseos,/ la esperanza que me das/ cuando te miro y recuerdo…/Tus ojos cuando se abren/ escrutan los Altos Cielos,/ y tus labios se adelantan/ para ofrecerles un beso./ Tu hogar mirabas quizás,/ mansiones del Padre eterno.
Trece. Los centenarios pinos de La Lola/ gorjean noches blancas de Septiembre./ Fiestas del Vino en tu honor aparecen./ Virgen severa de un pueblo manchego,/ Bella enfadada por muerte del Hijo,/ miras muy triste la nada infinita,/ entre llorosa, indignada y resuelta./ Mírame, Madre, con ojos clementes./ Tanto has visto en mi vida de pecado,/ de dolor pertinaz, de soledad,/ de implacable tristeza ya irredenta,/ que conoces las piedras del zapato,/ y defiéndeme de mi yo maligno,/ siempre voraz, egoísta insaciable,/ y goce los dolores de tu amor./ Bella Doncella de altiva ciudad, / Virgen peinada de estrellas ardientes,/ doce candelas de cielo salvífico,/ dame la paz del ambón de Escritura,/ dame cordura y la luz de tus ojos/ que vieron a Jesús, Nuestro Señor.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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