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Nuevo gobierno, nueva oposición: liderazgo de manos libres (II)

Manuel Villoria
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gapdirectorfoges/12/3/12/16
viernes 09 de mayo de 2008, 22:05h
En el PSOE se produce un fenómeno semejante pero consolidado desde el éxito electoral. Zapatero ha decidido quitarse peso, buscar su máximo nivel de libertad y pragmatismo y, para ello, ha tenido que eliminar algo del constreñimiento afectivo de la Nueva Vía y, sobre todo, de su anterior republicanismo cívico. Máxime cuando dicha ideología genera un marco moral extremadamente exigente y, tal vez, incompatible con el ejercicio del poder en situaciones de crisis social y económica. La prueba de todo ello es el modelo de gobierno elegido. En nuestra democracia es evidente que el presidente del gobierno es quien tiene el derecho a nombrar gobierno, además, es quien se la juega eligiendo su equipo: es su responsabilidad. De ahí que todos podamos admirar la firmeza de carácter y la independencia absoluta con la que Zapatero designa gobierno. Él debe buscar a las/os mejores y marcar la dirección política del país. Y nadie debe impedírselo. ZP lo tiene claro. Otra cosa es que pueda equivocarse en su elección y, sobre todo, en la organización del ejecutivo. Veamos ahora qué es lo que ha elegido. En primer lugar ha optado por un modelo de gobierno por funciones, con ministerios que asumen competencias exclusivas y que no miran a su alrededor: un conjunto de silos aislados y bastante incomunicados. Frente a la mayoría de los gobiernos de los países más avanzados, ZP sigue anclado en el viejo modelo burocrático, desoyendo las recomendaciones de que empezara a trabajar transversalmente, por problemas, coordinadamente, como hizo Blair hace ya más de 10 años (el famoso gobierno holístico). En segundo lugar, sigue optando por un modelo de vicepresidencia primera obsoleto, con una sola persona, por muy competente que sea, encargada del control burocrático de todo el gobierno, con un consejo de subsecretarios y secretarios de Estado inmanejable, incoherente e ineficaz. Y sin prácticamente nadie haciendo política, excepto el propio presidente, obvio es decirlo. Tercero, en un momento en el que el Presidente ya no puede ofrecer crecimiento económico ni riqueza, ni mayor equidad, ni más políticas sociales, opta inteligentemente por hacer de la igualdad de género el centro de su mensaje. De ahí el nombramiento de Chacón en Defensa y el número de mujeres. Cuarto, abre las puertas de su gobierno a todo un conjunto de personas que se caracterizan por su éxito profesional en sus respectivas áreas, en suma, hace un gobierno muy meritocrático, de forma parecida, salvando obviamente las distancias morales y políticas, al modelo franquista de selección ministerial. Gente que no se mete en política y que tiene un gran currículo profesional. Y quinto, pacta con Montilla y Chaves algunos puestos, dado el reconocimiento de que habría perdido las elecciones sin esas dos regiones, que ellos representan. Recompensas para el granero electoral.

Pero es importante destacar del gobierno ZP no sólo lo que manifiesta, sino también lo que expresa de rechazo. Este gobierno, independientemente de la voluntad de Zapatero, supone un rechazo al PSOE como instrumento de selección de líderes. A Zapatero no le sirve el partido, interpretan los militantes históricos. O, si le sirve, no quiere tenerlo en este momento en el gobierno, interpretan los más cercanos. La razón puede estar en lo anteriormente expresado, no quiere rémoras ni personales ni ideológicas. En un momento en el que va a necesitar, entiende él, hacer una política muy conservadora económicamente, no debe tener a nadie dentro que pueda enfrentarse al equipo económico, nadie que represente el “ala social”; de ahí la construcción de un equipo para el que, con alguna excepción, el adjetivo “socialista” es incomprensible e, incluso, incompatible. Tan sólo Pérez Rubalcaba es un peso pesado del PSOE, y el ministerio que ocupa no le permite prácticamente hacer otra cosa que dedicarse día y noche a cumplir los objetivos ministeriales. En consecuencia, Zapatero tiene un gobierno hecho a su medida, sin contrapesos del partido y sin que pueda existir dentro el germen de un posible competidor o discrepante. Si se opta por una interpretación maquiavélica –en el mejor sentido del término-, el recuerdo del Felipe González de la última época ha sido determinante: evitemos un nuevo Guerra ahora que estamos a tiempo. El “Guerra” actual sería colectivo, más que individual, pero el Presidente ha impedido la consolidación de un sistema reticular de amistades y legítimos intereses de partido a su alrededor. Si se opta por una interpretación benevolente, la ausencia de amigos históricos puede interpretarse como la necesidad de reservar a los mejores dentro del partido, evitando su quema, en un momento difícil y arriesgado, para que tomen las riendas del gobierno tras su futuro retiro o cuando pase lo peor. En todo caso, esperemos que el Presidente no olvide la otra lección del gobierno González, cuando se abre la mano en el control de los conflictos de interés y se empieza a aceptar que el dinero y la política pueden caminar juntos, la semilla de la corrupción empieza, tarde o temprano, a dar sus frutos.

Manuel Villoria

Catedrático de la Unversidad Rey Juan Carlos

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