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Fe en las personas y en las instituciones

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 10 de enero de 2014, 20:18h
Semeja, efectivamente, una frase entresacada de algún epistolario moral del gran siglo español o francés –a estos efectos, intercambiables, pese a su diferente cronología- o de un libro de consejos y urbanidad de la altruista y un tanto candorosa literatura popular del ochocientos.

Sino que el articulista la antologiza de una correspondencia de un catedrático catalán de nuestros días. Con su equilibrado carácter –muestra individual de un seny colectivo intransferible y aún vivo, pese a todo- y el respeto institucional muy ahincado en las gentes del Principado, tal profesor instaba a un amigo a mantener enhiesta la esperanza en un tema relacionado con la ocupación de uno de sus colaboradores, hoy en situación rayana con la indigencia no obstante su título universitario, obtenido, por contera, ha ya tiempo.

Palabras, sin duda, dignas de esculpirse si no en bronce como en tiempo del viejo Horacio, al menos en papel muy retintado. Pues, en verdad, sin confianza en la acción positiva de nuestros conciudadanos en los diversos campos de su quehacer y sin crédito al funcionamiento de las instituciones altas, medias y bajas, una nación no puede mínimamente progresar. Cierto es que la actualidad española no ofrece el mejor panorama para apostar decididamente por el esfuerzo ajeno y, a las veces, incluso ni por el propio. La tabidez de buena parte del clima social y económico, la frivolidad y mediocridad de extensos sectores de la clase dirigente, el cuarteamiento de corporaciones antaño envueltas en una atmósfera de invariable prestigio y, en algunos casos, incluso de veneración, y, en fin, el desahucio a que parecen afrontados principios éticos de presumible eternidad no configuran, desde luego, el marco más propicio para albergar con todo calor el estado de ánimo o sentimiento encerrado en la frase con la que se intitula el presente artículo. Pero, a la vez, nada de ello invalida su permanente vigencia como emblema de trayectoria personal o colectiva. En una sociedad moralmente precarizada y con sus antiguos marcos de referencia desaparecidos, asirse en tal naufragio a una creencia tan enaltecedora de la condición humana como es la fe en los demás –mujeres, hombres e instituciones- es no sólo un espectáculo estimulante y gozoso, sino igualmente un buen camino para alcanzar a todos los niveles metas regeneradoras de innegable importancia.

Al margen de ideas y móviles religiosos que los contemporáneos desean con fuerza creciente suprimir en la construcción de la “ciudad de los hombres”, un pensamiento como el contenido en la frase tan reiteradamente aludida, pudiera tal vez servir como plataforma la más idónea para acometer las tareas reformadoras y creativas de las que tan necesitada está la comunidad española. Con implementación cada día menos sólida en su cohesión y vertebración, es claro que un proyecto que descansara en la presunta rectitud y autoexigencia de sus corporaciones de más honda y prolongada identidad, podría o debería tener efectos galvanizadores en un pueblo aquejado a la fecha de un profundo desaliento.
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