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CRÍTICA

Álvaro Pombo: Quédate con nosotros, Señor, porque atardece

domingo 12 de enero de 2014, 17:19h
Álvaro Pombo: Quédate con nosotros, Señor, porque atardece. Destino. Barcelona, 2013. 256 páginas. 18,90 €
En 2012, Álvaro Pombo nos regaló un Premio Nadal particularmente inusual y profundo: El temblor del héroe, donde denunciaba la difusión del vacío a través de un personaje cada día más dominante y cargado de actualidad, ese “pagado de sí mismo que ha confundido el arrepentimiento con el olvido, la rapidez intelectual con la superficialidad, la conducta responsable que se hace cargo siempre de su pasado por mucha distancia que medie entre el pasado y el presente, con la liviandad gozosa que Stevenson describió tan gráficamente en los paseos de Mr. Hyde por las callejuelas del Londres decimonónico” (pág. 110). Es la persona que no anda, sino que patina deslizándose por la superficie -literal y simbólicamente-, cuya ligereza y sinsustancia sirven de coartada para encubrir sus culpas frente a sus víctimas con una versión dulce del mal. Un año después, Pombo nos vuelve a regalar un nuevo relato que explora más allá de los límites donde se quedó el anterior. Quédate con nosotros, Señor, porque atardece realiza también una crítica del mundo sin gracia en el que vivimos: “Grosero, consumista, competitivo, manipulador, a ratos enriquecido -lo que llaman burbujas-, a ratos empobrecido, siempre banal” (pág. 221). Pero ahora Pombo tiene la valentía de traspasar las fronteras de esta crítica para indagar en la compleja dureza interior de quienes se proponen combatir en sí mismos esa expansión del vacío y la banalidad.

Un combate extemporáneo que Pombo tiene de nuevo el coraje de exponer a través de unos protagonistas igualmente desacostumbrados e insólitos como son un grupo de monjes trapenses que se han acogido por motivos exclusivamente éticos a las estrictas reglas de reclusión de san Benito. La fuerza inicial que les impulsa a esta decisión está vinculada con la esperanza de una plenitud conseguida mediante la renuncia, en la línea de la “deificación” de la teología de san Pablo formulada de manera tan brillante por Xavier Zubiri. El efecto interior de esta decisión, a través del tiempo, ejerce registros muy variados en cada una de las personalidades divergentes de los voluntariamente recluidos. El más estruendoso, el suicidio por ahorcamiento en las vigas del establo, del padre Abel, lo que desencadena una radical revisión del camino de autenticidad emprendido por la congregación.

El autor de El metro de platino iridiado rastrea en torno a todas las perspectivas que tratan de arrojar luz sobre este hecho. Está, en primer lugar, la reacción externa, política, de Matías Belarte, periodista vinculado al PSOE y a la Junta de Andalucía, que comienza una campaña de desprestigio del pequeño convento malagueño mediante vitriólicos rejones anticlericales, propios del “comecuras” a la antigua usanza. Sus improperios se basan en el presupuesto de que el silencio de la congregación esconde un secreto escandaloso que se propone airear. Pombo parece burlarse de la línea inaugurada por Denis Diderot en La religiosa, con sus ataques a los vicios de la clausura, los supuestos acosos morales y físicos a los enclaustrados y las coerciones fanáticas que deberían conocerse para el vilipendio público. Belarte no entiende, en realidad, absolutamente nada de los mecanismos espirituales que actúan en la vida conventual, pero Pombo demuestra -en los artículos incendiarios de Belarte-, que no le faltarían acerados recursos estilísticos si hubiera querido ser un escritor demagogo.

La severa rigidez del prior, el padre Josefo, la iracundia del padre Raimundo, las facundas interrogaciones del padre Ignacio, presuponen otros tantos círculos de exploración sobre el acto del suicidio en una existencia guiada por una rectitud impecable. El factor clave se halla en el propio título de la novela, inspirado en el Evangelio de san Lucas, 24. Recordemos que ahí se narra cómo los discípulos de Cristo caminan hacia Emaús tras la crucifixión. Jesús se les acerca y conversa con ellos reanimando su herida fe, pero ninguno de ellos le reconoce. Al llegar a Emaús, le invitan a cenar: “Quédate con nosotros, porque atardece y se está haciendo de noche” (san Lucas, 24, 30). Cuando parte el pan, todos reconocen a Jesús. Pero cuando le reconocen su figura se desvanece. Este magistral relato apunta de qué modo Jesús puede convertirse en un impedimento para ver a Jesús, drama íntimo que lleva al suicidio al padre Abel. Cuando se reconoce se difumina hasta diluirse, tal vez por lo incomprensible que resulta para el intelecto, según la teología del misterio que Zubiri elabora a partir de san Pablo. Esta ocultación de lo arduamente buscado constituye un silencio de Dios desesperante para Abel, en el que sus actos virtuosos se tornan rutinarios y se sienten como banales. Uno de sus compañeros comenta: “Nos elevamos a Dios y nos caemos de Dios como ciruelas maduras, aplastadas, pisadas, asediadas por las últimas abejas” (pág. 37).

Sin que Álvaro Pombo establezca un nexo explícito, este Abel Martínez de Quédate con nosotros, Señor, porque atardece, aparece como una réplica implícita al Abel Sánchez de Miguel de Unamuno. Ambos son, como su referente bíblico, dos sacrificados inocentes. Pero el Abel Sánchez unamuniano lo es víctima del cainismo universal, exacerbado por el cainismo hispano que el autor de Niebla consideraba la lepra nacional. El Abel Martínez de Pombo es, en cambio, víctima inocente de sí mismo, incluso víctima del modo de vivir la divinidad en sí mismo, y no un inmolado por la violencia exterior. Lo que quizá le convierte en un Abel aún más agónico que el Abel de Unamuno, que relegó la agónica lucha interior solo al cainita Joaquín Monegro, pues el Abel de ahora recibe todos los dones de Dios al mismo tiempo que es desposeído de ellos. Algo que nos empuja a reflexionar con verdadera profundidad sobre la naturaleza esquiva de la autenticidad, una meditación que también obliga a reaccionar vitalmente a cada uno de los personajes de la novela en una revisión de sus trayectorias, arrastrándoles a imprevistos cambios de rumbo.

Álvaro Pombo ha accedido a un punto de su itinerario creativo en el que ha llegado a ser él mismo en toda su plenitud, sin pleitesías a ninguna directiva o moda. Crea un estilo de relato propio donde la abstracción se entrecruza de un modo radicalmente personal con lo poético concreto, abriendo así expectativas hasta hoy inesperadas para la novela española. Una de sus facetas más atractiva y exigente radica en su forma de inaugurar entre nosotros una nueva novela moral, propia de nuestro ámbito hispano. Muy lejos del arduo puritanismo de la clásica novela filosófica de la Middel Europa, sus referencias a Hegel, Kierkegaard, Nietzsche, Sartre, Heidegger o Zubiri, fluyen junto a una personal lírica de la experiencia de lo concreto. Una nueva vía narrativa naciente, un estilo novelesco frontalmente opuesto a la banalidad.

Por Rafael Fuentes
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