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Hollande y la privacidad de un presidente

Javier Cámara
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javiercamaraelimparciales/12/12/24
jueves 16 de enero de 2014, 20:06h
François Hollande se ha metido en un buen lío. No sólo se han conocido sus devaneos con una supuesta amante, a la sazón una actriz muy conocida en Francia, sino que, además, el apartamento en el que se declaraban su amor en secreto resulta que es propiedad de la mujer de un mafioso. Sobre este punto no hay pronunciamiento, sobre el ‘affaire’, el presidente dice que “los asuntos privados se tratan en privado”.

La cuestión, como se puede advertir, es que no hablamos de un ciudadano cualquiera. Más bien al contrario, todos los focos y objetivos están puestos en el francés más público de Francia. Así, el debate moral que suscita la imprudencia/infidelidad de Hollande relaciona directamente, y de manera lógica, la duda que genera su capacidad para desarrollar ahora su labor ejecutiva. Cualquiera puede acabar concluyendo que si es capaz de engañar a su esposa es perfectamente capaz de engañar también a todos los franceses.

Y digo yo: ¿Puede condicionar una conducta teóricamente reprobable su trabajo al frente de Francia? ¿Dónde está el límite que separa la privacidad/intimidad de un presidente de Gobierno de su vida pública?

Difícil resulta encontrar una aseveración tajante al tratarse, como decíamos, de un debate moral. Lo que para unos es un desliz sin importancia, para otros puede ser motivo de expulsión del país. Sí parece haber un consenso generalizado en reconocer que todo el mundo debe ser responsable de sus actos, pero, qué duda cabe, las consecuencias de lo que haga un presidente de Gobierno no son comparables con las de un perfecto desconocido. Es la diferencia entre ‘una cana al aire’ y un escándalo nacional de consecuencias impredecibles.

Si la infidelidad de Hollande y la consiguiente traición a la confianza de su pareja afecta a la capacidad para trabajar eficientemente es algo que veremos con el tiempo. Determinadas inclinaciones, vicios, licencias o perversiones peligrosas para una persona desconocida son igualmente extensibles al personaje público. Veremos cómo lo aguanta el presidente francés, si le afecta o no.

Del mismo modo, podría argumentarse que si una determinada ‘costumbre’ no cuesta dinero al contribuyente y ésta, además, no interfiere en el normal desarrollo de su actividad pública, bien podría considerarse como perteneciente al ámbito privado. Pero la realidad es que si una rueda de prensa concita a 500 periodistas y la primera pregunta, sin más preámbulos, está dirigida a conocer el posible cambio de status de la primera dama es un dato revelador del interés creado en torno al romance entre el inquilino del Elíseo y la actriz Julie Gayet.

De momento, el ‘affaire’ no está pasando factura política a Hollande. Su bajísima popularidad se debe a lo mal que ya lo estaba haciendo en Francia antes de conocerse la noticia. Así, aunque disponga sólo de una triste cota de aprobación del 17% entre los franceses, se puede concluir que la relación sentimental con una actriz 18 años menor no afecta a su trabajo.

¿Y al revés? ¿Si François dejara la Presidencia, afectaría a su relación?

Javier Cámara

Periodista

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