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Salvemos a la Universidad de su ruina

jueves 16 de enero de 2014, 20:11h
Otra burbuja de la crisis del sistema institucional español es la universitaria. Apenas se habla de ella bajo tal concepto. Atañe, sin embargo, al núcleo de cuanto acontece en nuestros días. Había y hay conciencia de ello en sectores importantes de la sociedad, pero larvada. La espita hincada en la cuba del Estado con el sistema de Comunidades Autónomas, solo vierte hoy aire oscuro, trazumado. Cada Comunidad quiso una universidad propia y, según entraba el dinero de la Unión Europea, especialmente desde Alemania, así se prodigaron extensiones universitarias por la geografía española. La máquina emisora de títulos produjo centenares de miles de licenciados, doctores, técnicos, expertos, y, por consecuencia lógica, un aforo de nuevos profesores agrupados en sucesivas secciones, facultades, vicerrectorados. Nacía un nuevo estamento político de carácter relativamente autónomo. El hilo de unión expansiva terminó siendo el poso aún líquido de la cuba nacional.

El resultado es de sobra conocido. Sobran más del cincuenta por ciento de universidades. Hay asignaturas que cuentan con más profesorado que estudiantes matriculados. Llegaron a crearse disciplinas según el perfil político o sindical del profesor auspiciado por algún ente autonómico. El problema no encontró acomodo hasta que la Unión Europea ideó el plan Bolonia como parte del proceso de convergencia entre los países miembros. Entonces vio el Estado español cómo se abría el cielo de la gran redención política de la Universidad española. Los sucesivos gobiernos idearon una superestructura burocrática que amplió el número de puestos y cargos administrativos mezclando gestión, cultura, docencia, investigación y su rendimiento más o menos disimulado (I + D). Se imponía un nuevo horizonte de convergencia.

La crisis iniciada oficialmente en 2008 era en España medio rostro del desfondamiento que vivíamos desde hacía décadas. El tránsito hacia Europa con prácticas pícaras de tono entrampado. Se moldearon el lenguaje, las leyes, los temples. Se rizó el rizo de los decretos enmarañados. Se urdió una pedagogía nacional de niños bobos, intelectualmente mermados. Y todo ello como base de una reforma administrativa descomunal que permitió encaramarse en el poder burocrático a titulados, cuando lo eran, por vía estrecha y rápida de cursillos, homologaciones y nuevas tecnologías aceleradas. Una burocracia enligada de referencias sindicales, delegados de partidos, asistentes gubernamentales, Cajas de Ahorros, alguna entidad bancaria, expertos nombrados al efecto, comisionados europeos… Y allá en el fondo, de un lado para otro, entre cursillo y cursillo, un nuevo profesor contratado.

En la sustancial de todo este entramado subyace una reversión ideológica profunda. Hace tres meses la vimos reflejada unos pocos profesores de la UNED al escuchar a un representante significado de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), denominación ya de por sí significativa. Vino a exponernos y explicarnos el futuro de la docencia universitaria española. Dos horas de sufrida audiencia para reformular los cimientos de un sistema que hace aguas por todas partes. Y con el pretexto de la convergencia europea, es decir, Bolonia. Una convergencia centrada en el seguimiento teledirigido del proceso de estudio y del sometimiento constante del profesorado a un control de exigencias con pretensiones de inspección pública. Al proponerle al evaluador crediticio de la Agencia citada, tras un discurso complejo, abigarrado, de estructuras, niveles, secciones, superestructuras, huecos para nuevas funciones burocráticas, cargos, que sería mejor presentar el proyecto en Bruselas para su análisis europeo, el tono del diálogo cambió de registro. La verdadera cuestión de fondo vino a ser el escaso suelo económico del Estado para atender a la Universidad y la premura de restringir, desde arriba, el dinero vertido. Y para ello se disimulan otras bases operativas que permitan, a la vez, controlar el rendimiento con retribuciones proporcionadas, e incrementar la función burocrática con atribuciones europeas. Todo en nombre de la transparencia y como garantía de calidad, para lo que se recurre a organismos externos de control, es decir, agencias, empresas, cargos designados a dedo y cooperantes, así, desde el entramado comercial de la educación, con organismos europeos a través del Estado. Y cada Comunidad Autónoma con su propio sistema y agentes evaluadores del ejercicio y desarrollo curricular. Estudiantes y profesores somos ahora mismo el cimiento y la panacea de un enorme engranaje burocrático políticamente disimulado.

A medida que el agente de la ANECA exponía su conferencia, como si nunca hubieran existido antes la docencia e investigación universitarias, me acordaba yo del libro revelador de Bill Readings titulado The University Ruins, de 1997. Una exposición clarividente de la ruina en que cayó la universidad con la globalización de la enseñanza posmodernista. Readings murió en un accidente de aviación sin verificar el acierto de su análisis profético. Yo lo recordaba como si releyera párrafos de su libro a medida que el conferenciante peroraba. Lo que antes era cultura de la Nación- Estado, de trascendencia internacional según la calidad obtenida, cayó en manos de una corporación burocrática cuyos decretos, normas y administradores consideran a los estudiantes como clientes y a los profesores como contratados que luchan entre sí y con el medio para sostener su empleo. El conocimiento racional de antes derivó hacia industrialización y comercio. Y el estilo de la nueva corporación directiva resulta parte de la fábrica de la administración universitaria. Como tal ha de concebirse y aplicarse el sistema. El proceso histórico de la Universidad pasó de las ideas ilustradas, razonadas (Kant), a la cosmovisión de la cultura nacional (Humboldt), con gran desarrollo literario en el mundo anglosajón, y deviene hoy, tras las crisis sufridas por Occidente, puro “business”, negocio, disimulado o no con el ribete de “excelencia”. En la globalización del conocimiento confluyen hoy corporativismo burocrático, finanzas, gestión, cultura y universidad. Para ofrecer un título de fiabilidad crediticia, la tecnocracia escoge la excelencia obtenida anteriormente por Alemania, Francia, Inglaterra, y el plantel posmoderno de intelectuales transferidos, como antes ingenieros, físicos, médicos, químicos, a Estados Unidos. Con la excelencia se recubre el paquete bursátil del conocimiento convertido en mercancía. Readings dialoga o discute, entre otros pensadores, con J. Derrida, F. Lyotard, P. Bourdieu, a quien recrimina confundir los términos cultura e institución, F. R. Levis, notable crítico inglés, etc. Analiza la reversión y camuflaje semántico de los términos empleados por el cambio introducido. El de excelencia sustituye al concepto de valor, lo desnutre, trueca su función y el contenido termina vacío, “derreferenciado”. Así sucede también con la cultura, entregada al consumismo y marcada por la vigencia procesual de los paradigmas comerciales. Y el pensamiento se confunde, a su vez, con “performance”, ejecución, cumplimiento corporativo.

Readings propone crear “espacios abiertos”, alternativos, que dilaten el conocimiento y expandan su interrelación, al tiempo que critica, en conjunto, el ideario conservador y liberal de la docencia universitaria. El pensamiento ha de realizarse sin concesiones a la excelencia corporativa dictada hoy -explicitemos- por bancos, empresas, laboratorios, instituciones políticas, sindicales, religiosas, emporios mediáticos -telefonía, digitalización, imagen-, textiles, farmacéuticos, turísticos, etc. Y hacerlo sin nostalgia, añade, del valor adquirido anteriormente por una institución universitaria hoy en ruinas. Une a ello la propuesta de una comunidad de disenso centrada realmente en el valor unitivo de la verdad que busca el pensamiento.

Mi evocación de Readings se activó realmente al oír al agente ¿anecado? la palabra calidad. Está de moda, con la excelencia. La han vaciado de contenido, o “derreferenciado”, al sustituir su valor semántico por los efectos que se le suponen en un contexto idóneo, pero subliminalmente inducido hacia otro horizonte de comprensión: su rentabilidad productiva. Se entiende cualificado el proyecto, análisis, estudio que produce el efecto esperado de una programación previa económica, industrial, política, socialmente rentable. Será siempre producto cuantificado. Y de ahí vienen las consecuencias nefastas para la cultura que antes se entendía de Nación-Estado -hoy la Unión Europea-, pero internacionalmente conocida. ¿Cómo cuantificar el Derecho, la Historia, la Filosofía, Filología, en una palabra, las Humanidades? Se someten estas materias a un paradigma mercantil totalmente ajeno a su entidad cognoscitiva. Una reversión auténtica de valores. Y a ella confiamos la construcción de Europa y el bagaje que España había conseguido con el pensamiento humanista. Una barbaridad cultural histórica para la que se crea un organismo, la ANECA, y su vertiente investigadora, el CNEAI, con ínfulas de atributo científico. Basta leer la última convocatoria de evaluación de la actividad investigadora del MEC (BOE, 21-11-2013) para comprobar el trasfondo de esta reversión suicida de valores cognoscitivos. Efectivamente, el concepto de calidad se mide por el “impacto”, el proyectil que, dirigido según las fuerzas de contención aludidas, dé en el blanco bursátil del conocimiento. Un impacto pretendidamente difusor de la investigación realizada. ¿Y cómo? Por el número de citas, especialmente inglesas, que otros colegas sumidos en la “excelencia”, entidades editoriales financiadas por grandes conciertos económicos o agrupaciones de “conocimiento”, hagan de un estudio, proyecto, patente, tesis. Y esto al margen de su valor intrínseco o del relieve que puedan obtener en el futuro. El negocio es actualidad. Pueden imaginarse cómo corren los profesores a traducir sus trabajos a un inglés circunstancial y sin importarles un bledo el idioma español de origen. Estudios “anecados”, curriculares, ciencia mercenaria, un huevo igual a otro huevo, como diría E. D’Ors. Así construye España su Europa particular y cualifica el idioma como marca internacionalmente adocenada. ¡Increíble!.

El premio Nobel de fisiología Randy Shekman denunció a principios de diciembre la distorsión del proceso científico creada por el “factor de impacto” regido por revistas y editoriales en manos de corporaciones no científicas. Un trabajo puede ser citado, decía, porque es bueno científicamente o porque es “eye-catching, provocative, or wrong”, falso. O también, añadamos, porque luego lo premia la ANECA. Criterios editoriales mezclados con los sociales, financieros, políticos y el contagio de la moda cultural vigente.

La verdad y creatividad no se encuentran en el rumor, ruido de la imagen banalizada, sino “solo in una ricerca silenziosa”, recordaba U. Eco a principios de octubre en un artículo titulado “Perché le Universitá?”. Si Europa llega a ser unidad de cultura, lo será gracias al origen, desarrollo, historia y permanencia de la institución universitaria. Es el núcleo, resume, de la futura identidad europea. Un lugar de encuentro cara a cara de personas unidas culturalmente por un saber entendido como “identidad humana real, y no virtual”. Un conocimiento que supera nacionalismos, fronteras lingüísticas, políticas, económicas, y requiere el fundamento del hombre en sus actividades, manifestaciones, esperanza, el foro de la paz, palabra talismán contra toda dictadura.

Salvemos a la Universidad de los enemigos que, so pretexto de protegerla, la arruinan y mercantilizan.
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