Rosell y la opacidad en el fútbol
sábado 25 de enero de 2014, 09:10h
La dimisión de Sandro Rosell ha caído como una bomba en el mundo del deporte rey y ha puesto de manifiesto de manera cruda y directa la opacidad y turbios manejos que no pocas veces acompañan a fichajes millonarios y a las cuentas de los clubes de primera división. El ya expresidente del Fútbol Club Barcelona dimitió de forma irrevocable presentándose a sí mismo como una mártir a quien sus enemigos poco menos que le han metido en una encerrona: una estrategia victimista de la que se viene abusando excesivamente en los últimos tiempos. El hasta ahora máximo directivo azulgrana ha alegado que ha sufrido no solo “ataques injustos” sino presiones y amenazas, y no únicamente él, también su familia. Ante hechos de esta índole, debe tomar las medidas que corresponda, pero no pueden servir como coartada para no explicar convincentemente lo ocurrido, en una rueda de prensa donde no se admitieron preguntas, hurtando cuestiones claves a la opinión pública y sobre todo a los propios socios del Barça.
Está claro que a Rosell no le quedaba otro remedio que la renuncia al cargo -y en esto hay que reconocerle su actitud de no aferrarse al sillón contra viento y marea-, ante las proporciones del escándalo, que solo acaban de comenzar. El Barcelona anunció a bombo y platillo en mayo del año pasado el fichaje del brasileño Neymar, un jugador también codiciado por otros clubes, por una cifra de 57 millones de euros, algo bastante inverosímil, sin que se entrase en detalles de la operación. Pronto se sospechó que las cifras eran falsas, y en diciembre Jordi Cases, socio del Club, puso una demanda al presidente por presuntas irregularidades en el fichaje, que podrían haber supuesto la distracción de cerca de 40 millones de euros y un posible fraude a Hacienda. Esa demanda no pareció intranquilizar a Rosell, pero en ese mismo mes la Fiscalía de la Audiencia Nacional vio indicios de delito y solicitó al juez que admitiese a trámite la demanda. Finalmente, el juez Pablo Ruz la ha aceptado y acaba de imputar al mandatario azulgrana, quien se desmorona y abandona el cargo sin dar ninguna respuesta concluyente.
En situaciones de estas características hay que ser muy escrupulosos en mantener la presunción de inocencia y no abrir juicios mediáticos paralelos. Pero la misma escrupulosidad y firmeza deben acompañar la exigencia de que el caso se investigue con rapidez hasta el final y se aclare en todos sus pormenores. En realidad, el “caso Neymar” es sólo un capítulo más en la larga estela de sospechas, irregularidades y opacidad que aqueja al fútbol español y que amenaza con arruinar su prestigio. Hay directivos de otros clubes encausados, la Comisión europea ha abierto expedientes investigadores sobre gestiones con oscuras transacciones, hay gigantescas deudas multimillonarias con la Hacienda pública a las que se les da un trato de favor y entidades futbolísticas en la quiebra que adeudan numerosas mensualidades a jugadores y empleados, así como clubs que descienden de categoría o están en trance de desaparecer: una caótica irracionalidad sobre la que es preciso poner urgentemente orden si no se quiere que la burbuja futbolística explote de una forma tan catastrófica como explotó la urbanística. La Justicia debe pronunciarse, pero tan urgente como la intervención de los tribunales es necesario que la sensatez y la trasparencia se instalen en el gobierno de unas entidades deportivas cada vez más propensas al despropósito.