Solidez confirmada
lunes 03 de febrero de 2014, 21:06h
Cuando solo faltan cuatro meses para las elecciones al Parlamento Europeo y tras dos años de Gobierno difícil, complicado y rozando casi, sobre todo al principio, el borde del abismo, el Partido Popular ha celebrado su Convención Nacional en Valladolid, el pasado fin de semana. El periodismo facilón, a la búsqueda de titulares y, sobre todo, de nombres de candidatos para esas elecciones, se ha quedado sin saber quién encabezará esa candidatura. Cualquiera que conozca cómo funciona el PP y su Presidente sabía que no saldrían nombres de la Convención, porque no tiene como finalidad hacer ese tipo de anuncios. El calendario electoral sigue otras pautas, tiene otros tiempos y eran otros los objetivos de esta gran reunión, la más importante que ha celebrado el PP desde que asumió el Gobierno hace veinticinco meses.
Sí ha salido de Valladolid el manifiesto para esas elecciones que confirma la voluntad del PP –y la de los otros partidos que forman parte del Partido Popular Europeo- de avanzar en el proceso de integración europea, que tiene como tareas inmediatas la Unión Fiscal y Bancaria, pilares de una Unión Económica, aplazada desde que se puso en marcha la moneda única y que, una vez lograda, impedirá que en el futuro se produzcan crisis como la que todavía nos tiene atrapados a los europeos. Se confirmaba así también el europeísmo fundacional y fundamental del PP que, frente a las tendencias euroescépticas y renacionalizadoras, es consciente de que el porvenir de los europeos se asienta en una Unión Europea cada vez más fuerte y cohesionada, capaz de competir con los grandes gigantes del planeta y de hacerse oír en el cada vez más complejo escenario mundial. Fuera de la UE, los países europeos quedarían condenados a la insignificancia.
También ha servido la Convención para presentar a la sociedad española el balance de dos años de gobierno, plagado de reformas que algunos todavía no ven porque son los cimientos indispensables sobre los que hacer efectiva la recuperación. Ha sido el bienio más reformista de la historia contemporánea española y también, necesariamente, uno de los más duros, porque muchas de las medidas adoptadas eran dolorosas y, por tanto, impopulares. Hemos evitado el rescate que hace poco más de dos años algunos presentaban como inevitable y Rajoy ha reiterado que han sido todos los españoles, con su sacrificio, quienes han logrado ese éxito indiscutible. Hemos salido de la recesión y España empieza a ser la referencia de los organismos europeos e internacionales y de los grandes inversores. Después de dos años queda confirmado que España está “en la buena dirección”, como recordaba el lema de la Convención.
Se ha hablado de unidad en Valladolid, pero no se percibía una especial preocupación, pese a la aparición de pequeños grupos que algunos medios, jugando también al titular y al escándalo, han querido presentar como fracturas o escisiones. Lo cierto es que el PP sigue siendo –con sus más de 800.000 afiliados- el partido más grande de España y creo que también de Europa. Y el único de toda la UE que abarca todo el espacio del centro-derecha. Más de una vez me han comentado este hecho –bastante excepcional en nuestro continente- políticos y periodistas europeos, pues lo cierto es que en Francia, Portugal, Italia…etc. ese espacio está fragmentado entre formaciones diversas y nada hay en el horizonte que nos permita suponer en España una eventual ruptura de ese gran espacio de centro derecha que converge en el PP.
Los especialistas en sociología electoral con los que he tenido la oportunidad de hablar últimamente, dan por supuesto que el PP ganará las elecciones europeas, aunque pueda perder algún escaño. La proliferación de pequeños grupos, que tratan de obtener beneficios de la circunscripción única que rige en los comicios europeos, puede hacer muy difícil que alguno de ellos obtenga un escaño.La variable más importante será el porcentaje de la abstención que, si fuera alta, podría favorecer a alguno de esos grupos. Pero, muy probablemente, puede producirse el resultado de que resten votos a las grandes opciones, sin obtener beneficio apreciable. Se podría producir el síndrome del perro del hortelano. No hay que olvidar, tampoco, que afrontar una elección nacional, con todo lo que eso supone, es una tarea casi inabarcable para partidos recién constituidos o con escasa implantación. Los electores tendrán que valorar la importancia de estas elecciones, que conforman un órgano “superlegislador” como es el Parlamento Europeo y, en consecuencia, dar a su voto el peso que realmente tiene.
Por otra parte, estos pequeños partidos que pretenden instalarse en el espacio de centro derecha no aportan ninguna novedad programática. Casi todo está en el programa del PP, aunque algunas de sus ideas ellos traten de apropiárselas dando más gritos o rasgándose las vestiduras, un tanto hipócritamente. Es, por ejemplo, una enorme indignidad –aunque lo afirmen personas respetables por otras razones- acusar al PP de seguir en materia de lucha contra el terrorismo “la hoja de ruta del PSOE”, como lo es manipular determinados acontecimientos que todos hemos lamentado, arrogándose la exclusiva de la defensa de las víctimas. Es evidente que en una democracia todos los ciudadanos tienen derecho a organizarse y a tratar de llegar a las instituciones, pero en algunos casos estas peripecias tienen un inevitable olor a aventuras personales de dudoso futuro.
Lo que resulta más lamentable es la actitud del PSOE, de su secretario general y de su entorno inmediato, que parecen sentir una inocultable irritación cada vez que llega una noticia favorable para la gestión económica del Gobierno. Roza el escándalo que Rubalcaba se atreva a decir que su objetivo es “parar el destrozo” que supuestamente ha hecho el PP. ¿Por qué no paró los destrozos que produjo el Gobierno Zapatero, del que fue un tiempo vicepresidente, y que están en la raíz de todos los males que han caído sobre todos los españoles? En la hipótesis, más bien remota, de que un día presidiese el Gobierno de España, ¿volvería a las andadas zapateriles y daría la espalda a Europa? A estas alturas es evidente que las “benignas” fórmulas de izquierda han fracasado como mecanismos para salir de la crisis. El último ejemplo lo acaba de dar Hollande anunciando a los franceses un magno recorte presupuestario. No deja de ser, además, curioso que el Presidente francés ahora prefiera decir que no es “socialista” sino “socialdemócrata”, que parece un poco más suave.
El PP tiene una compleja tarea por delante, como ha reconocido el Presidente Rajoy. Sabe todo lo que queda por hacer y cuenta con la determinación precisa para llevarlo a cabo. Y no le gusta caer en electoralismos baratos. Estamos a principios de 2014 y podía haber dicho que este año empezarían a bajar los impuestos, puesto que la reforma fiscal está ya a la vista. Pero ha preferido ser leal con los ciudadanos y les ha dicho que habrá que esperar al año que viene. Aquellos que hace diez años decían “no queremos un Gobierno que nos mienta”, pero que no han dejado de practicar la mentira como herramienta, seguro que actuarían de otra manera. Cada cual tiene su estilo y cada cual entiende a su manera el respeto que merecen los ciudadanos.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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