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En torno a la Corona

sábado 08 de febrero de 2014, 20:12h
Hasta hace no mucho tiempo era habitual escuchar aquello de que uno no era monárquico, pero era juancarlista. Más allá del tópico, esta afirmación tenía un sentido, que servía para explicar la opinión de muchos ciudadanos acerca de la Corona. Esta se resumiría de manera muy sencilla del siguiente modo: no se aceptaba la institución por creer en un principio monárquico en virtud del cual una familia determinada deba ocupar la Jefatura del Estado, sucediendo los hijos a sus padres; es más, se trataba de algo que podía ser visto como trasnochado. Pero se entendía beneficiosa la existencia hoy de una monarquía en España debido a la alta estima en que se tenía al titular de la misma. Lo que se valoraba muy positivamente era el papel jugado por el Rey en determinados momentos históricos: de manera principal, en el proceso de transición a la democracia. Y también, casi como coda de lo anterior, en el intento de golpe de Estado del 23-F. No se quería tanto la monarquía, cuanto esta monarquía.

Cuando las cosas eran así, el único peligro serio que podía vislumbrarse en el horizonte –aunque nadie hiciese mención de él– era desconocer si el sucesor de Juan Carlos podría ganarse similar favor de los españoles, algo que parecía difícil porque, llegado el momento, con lo que nos encontraríamos sería con el principio hereditario al desnudo, con el hecho de que un hijo sucediese a su padre en la Corona, sin ropajes y sin aditamentos. Ya no valdría el cliché de ser juancarlista, aunque no monárquico.

Sin embargo, como es sabido, el panorama ha cambiado en pocos años de arriba abajo. Múltiples y desafortunados episodios por todos conocidos, unidos al deterioro físico del Rey y al fin del autoimpuesto pacto de silencio que habían venido manteniendo los medios de comunicación en nuestro país, han colocado a la monarquía española en la cuerda floja. Son crecientes las voces que piden una abdicación del Rey y la subida al trono del hoy Príncipe de Asturias. Se demanda eso como la solución que puede salvar a la Corona, antes de que su descrédito se haga insoportable. No sabemos si el Rey terminará o no por decidirse a tomar este camino. Si así fuese, lo que a primera vista pudiera parecer una mala situación podría convertirse al final en un ejemplo de la conocida fórmula de dar un paso atrás para poder dar dos adelante. El Príncipe, carente hasta ahora de misión histórica, tendría por delante la nada desdeñable tarea de salvar a la monarquía. Salvando la institución, se salvaría también a sí mismo. Aseguraría su supervivencia y, entre tanto, la de sus sucesores. Y eliminaría la imagen que estaba destinado a ofrecer: la de mero “hijo de” (aunque no otra cosa sea la monarquía). Se ha resaltado mucho la buena formación del Príncipe; lo contrario habría sido inadmisible, pero dudo que solo eso lo hubiera salvado. Recuérdese, como ejemplo, que antes de que la crisis económica se manifestase con la fuerza con la que lo ha hecho, se empezaron ya a escuchar críticas considerando desorbitada la cantidad pagada por la adecuación de la residencia del Príncipe dentro del complejo de La Zarzuela.

En definitiva, y miradas las cosas con amplitud, la actual situación, en apariencia negativa, no tendría por qué serlo obligatoriamente. Alguno de los muchos consejeros áulicos con los que cuenta la Corona no lo habría planeado mejor…
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