El taller como espacio creativo fue abordado por Picasso como tema en muchas de sus obras, lo mismo que la relación del artista con sus modelos. Una exposición en la Fundación Mapfre reúne grabados, fotografías y obras del artista malagueño a través de las que pretende analizar a Picasso en su cotidianidad como escenario de introspección.
La
Fundación Mapfre reúne en una exposición 80 lienzos, 60 dibujos y grabados, 20 fotografías y paletas de
Pablo Picasso con las que propone una lectura íntima de la cotidianidad del malagueño inmerso en su taller, espacio creativo por antonomasia en la trayectoria de todo artista.
Es en el
taller donde todo creador lleva a cabo el traslado de la idea a la obra y en el que aborda en soledad su comienzo, desarrollo y fin. Es por esta razón por la que se trata de un espacio fundamental en sus trayectorias llegando incluso a alcanzar la categoría de
género pictórico.
No extraña que Picasso representara en sus lienzos los talleres que ocupó, ya fuera como el espacio que acoge sus naturalezas muertas o como el lugar en el que se dan cita el artista y la modelo, otro de los
temas recurrentes en su obra.

Así pues, lo cotidiano, en este caso el taller en el que tantas horas pasa el artista, toma un cariz artístico e introspectivo en la medida en que el pintor lo utiliza para observarse a sí mismo y analizar su íntimo vínculo con el
proceso creativo. Basta con contemplar el autorretrato con paleta fechado en 1906 que da comienzo a la exposición para comprender de qué manera el artista se siente intrigado por esta cuestión.
Si bien, el taller no solo es el espacio en el que pinta, sino también el lugar que sirve de escenario para sus bodegones y naturalezas muertas, en las que en tantas ocasiones aparecen instrumentos como
guitarras o mandolinas en connivencia con otros elementos como paletas; nueva referencia al
'yo del artista' de la que se sirvió para reafirmarse como autoridad creadora.
Ejemplos de obras puramente
cubistas comparten el recorrido de la exposición con aguafuertes en los que es posible adivinar referencias a la
mitología –un fauno o las tres gracias- y a su creciente interés por la figura
femenina, como también pone de manifiesto en los retratos de mujeres sentadas, veáse
Mujer en un sillón rojo, de 1939.
No es difícil encontrar en la obra de Picasso cambios radicales en su paleta. Así, la viveza del
color de composiciones de principios de los años 30 como
Mujer joven con mandolina nada tienen que ver con otras de los años 40 como
Paisaje visto desde la ventana o
Bodegón con cráneo, jarra y puerros, en las que parece evidente la influencia de las guerras civil y mundial.
Transcurrida, sin embargo, la década más cruel del siglo XX, Picasso vivió unos años 50 aparentemente optimistas como se desprende de la colorida producción fechada en esa época, en la que figuran dos retratos de
Jacqueline Roque ataviada con indumentaria turca, en un guiño indudable al exotismo, tema que tanto había atraído a artistas desde el Romanticismo. Conviene matizar que también hay lugar en su obra para lienzos más oscuros de mayor profundidad psicológica como
Jacqueline en la mecedora, de 1955.
Resulta evidente en esta etapa la importancia dada por el artista a la figura de su musa y mujer –
la modelo- convirtiéndose en un tema que trató con insistencia, como también hizo con la figura individualizada del pintor –genérico- y su paleta en un intento más por autoanalizarse.
Acierta la Fundación Mapfre al incluir en el recorrido de la exposición una selección de
fotografías de Picasso trabajando, meditando y observando su taller, así como varias de sus
paletas, lo que humaniza al artista e invita a contemplar la actividad creadora como un proceso artesano.
Información sobre la exposición: Lugar: Fundación Mapfre. Sede Recoletos.
Fechas: del 12 de febrero al 11 de mayo
Horario: lunes de 14:00 a 20:00 horas / martes a sábado de 10:00 a 20:00 horas / domingos y festivos de 11:00 a 19:00 horas.
Entrada: gratuita