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Benedicto XVI: La renuncia

Francisco Delgado-Iribarren
martes 11 de febrero de 2014, 20:27h
Hace un año, el 11 de febrero de 2013 a las 11:45, el entonces Papa Benedicto XVI comunicó a los cardenales una noticia de dimensiones históricas: “Con plena libertad declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma, sucesor de San Pedro”. Un año después, el Papa Francisco le rinde homenaje con este tuit: “Recemos hoy juntos por Su Santidad Benedicto XVI, un hombre valiente y humilde”.

Los más fieles a la Iglesia creyeron las palabras del Papa renunciante y achacaron su decisión a su propia valoración de “fuerzas”: “Dada mi avanzada edad, ya no se corresponden con las de un adecuado ejercicio del ministerio petrino”, explicó. Los más alejados de la Iglesia se abandonaron a las especulaciones: que si le quedaban pocos meses de vida, que si era una víctima más de las oscuras intrigas vaticanas… Para estos especuladores natos la convivencia de dos Papas supondría un gravísimo problema para el futuro inmediato de la Iglesia, que por supuesto estaría marcado por una dura lucha de poder e influencia, como si uno fuera Aznar y el otro Rajoy… Tales augurios, más en sintonía con las fantasías danbrownescas que con la personalidad de los obispos, quedaron desmontados con el tiempo.

Un año después muchas cosas han cambiado en la Iglesia, pero no tantas. Como bien escribió el corresponsal vaticanista Juan Vicente Boo, el Papa Francisco “ha cambiado la música, pero no la letra” de la Iglesia. Ha cambiado la forma de comunicar las cosas, pero no la esencia del mensaje. Como se diría modernamente, ha cambiado los acentos, lo cual no equivale a destrozar la ortografía.

El Papa Francisco ha conquistado las portadas de varias revistas no precisamente religiosas: Time, Vanity Fair y, la última, Rolling Stone. Esta recurre a un título de Bob Dylan, The times they are a-changin’, y el autor del artículo sobre el Papa, Mark Binelli, habla de “evidente ruptura” con la tradición del Vaticano y de “revolución moderada o suave”. La editora gerente de la revista Time, Nancy Gibbs, opina que Francisco, “en menos de un año, ha cambiado la letra y la música”, llevando así la contraria a Juan Vicente Boo.

Según nos acerquemos o alejemos de la Iglesia, se canta el Papado de Francisco de forma distinta. Algunos que alaban al Papa argentino aprovechan para denostar a sus antecesores en el cargo, como si hubiesen sido absolutas nulidades. Nada más lejos de la realidad. En mi opinión, quienes tanto se apresuran a remarcar las diferencias entre Francisco y Benedicto XVI o Juan Pablo II, de un modo ligero y superficial, lo hacen para justificar su propia posición anterior de rechazo a la Iglesia. Muchos no dejaban de decir que la Iglesia se estaba quedando atrás, y ahora se han dado cuenta de que quien de verdad se estaba quedando atrás era el mundo.

Lo mismo que muchos aplauden y alaban al Papa Francisco, y bien aplaudido y alabado está, ya lo hacía Benedicto XVI: la denuncia de la dramática situación de millones de emigrantes, el compromiso con los pobres y desfavorecidos, el respeto a la dignidad de las personas homosexuales, el acercamiento físico a los enfermos, las críticas a la usura y al capitalismo salvaje, las declaraciones en contra de la guerra y los llamamientos a la paz… Las etiquetas de conservador y progresista pueden infiltrarse –por desgracia- en el Consejo General del Poder Judicial, pero en la silla de Pedro se convierten en papel mojado.

En el año 1970, cuando Joseph Ratzinger era simplemente un sacerdote profesor de teología, escribió un texto en el que contestaba a la pregunta de cómo sería la Iglesia 30 años más tarde, en el año 2000. En aquel texto, que muchos ven como profético, predecía cosas como las siguientes:

“El futuro de la Iglesia puede venir y vendrá también hoy sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible. Tampoco vendrá de quienes eligen sólo el camino más cómodo, de quienes evitan la pasión de la fe y declaran falso y superado, tiranía y legalismo, todo lo que es exigente para el ser humano, lo que le causa dolor y le obliga a renunciar a sí mismo”.

“Digámoslo de forma positiva: el futuro de la Iglesia, también en esta ocasión, como siempre, quedará marcado de nuevo con el sello de los santos. Y, por tanto, por seres humanos que perciben más que las frases que son precisamente modernas. Por quienes pueden ver más que los otros, porque su vida abarca espacios más amplios. La gratuidad que libera a las personas se alcanza sólo en la paciencia de las pequeñas renuncias cotidianas a uno mismo”.

“¿Qué significa esto para nuestra pregunta? Significa que las grandes palabras de quienes nos profetizan una Iglesia sin Dios y sin fe son palabras vanas. No necesitamos una Iglesia que celebre el culto de la acción en «oraciones» políticas. Es completamente superflua y por eso desaparecerá por sí misma. Permanecerá la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte”.

“Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. Como pequeña comunidad, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros. Será una Iglesia interiorizada, que no suspira por su mandato político y no flirtea con la izquierda ni con la derecha”.

En dos ocasiones habla Benedicto XVI de las renuncias a uno mismo. Y, como buen pastor, su enseñanza no se quedó solo en las palabras, sino que la refrendó con sus hechos, por ejemplo, aquel 11 de febrero de 2013.
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