www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Realpolitik en Ucrania

miércoles 12 de febrero de 2014, 20:37h
La "realpolitik" exige imperiosamente definir qué es lo "real". Sin una visión certera y estratégica de "la realidad", los enfoques que pretenden ser pragmáticos pueden -y suelen- acabar en los límites estructurales del cinismo, con consecuencias, a menudo, catastróficas cuando las apuestas históricas se elevan, como es el caso en la actual situación de Ucrania.


"La realidad" ucraniana viene definida por una serie de datos básicos:


1) Ucrania ocupa, en el Índice internacional de Transparencia, el lugar número 144 del mundo por sus niveles de corrupción, el mismo que la República Centroafricana.


2) Ucrania ocupa el 29º puesto mundial en el Índice de Educación de NNUU (un escalón por encima del Reino Unido).


3) El 68% de los manifestantes en el "Euro-Maidán" [Maidán es “plaza” en Ucraniano, y éste es el nombre con que se identifica la revuelta] tienen titulación superior y otro 22% han completado la educación secundaria.


4) El PIB de Rusia (cualquiera que sea la fuente que se maneje) es inferior al de Italia.


De la combinación de estos elementos resulta fácil entender tanto la raíz del problema como su única solución posible.


Sin embargo es necesario añadir un último elemento para poder comprender cómo se ha llegado a una tal situación. Éste no es otro que la herencia del comunismo, que se traduce en dos vectores, convergentes en un sistema oligárquico, que es el que ahora toca techo: por un lado, el totalitarismo estatal, que secuestró la evolución natural del país, basada en la libre actividad de cada biografía individual sobre el tejido económico de la sociedad, y, por otro, las estructuras de poder y represión que el sistema soviético desarrolló para imponer y mantener tal totalitarismo.


Estas estructuras de represión son las que, con cosméticas transformaciones, pasan a ser los instrumentos de control de la Oligarquía sobre la sociedad ucraniana, so capa de una democracia aparente. Sólo aparente: con frecuencia se manejan datos, por ejemplo, de cómo 54 diputados del gubernamental Partido de las Regiones en la Rada (Parlamento) "pertenecen" a un determinado oligarca. El control sobre estos -y otros- parlamentarios no excluye, de hecho, el miedo físico.


El mayor exponente en estos momentos de lo que es, de facto, una "cleptocracia" es el Presidente del Gobierno, Yanukóvich (ha estado tres veces en la cárcel: por atraco, asalto con lesiones y falsedad en documento público). Yanukóvich, intentando ampliar su base electoral "hacia la derecha", quiso escenificar una aproximación a la Unión Europea, entrando en una negociación de más de tres años, hasta que se percata de que el grado de control, y de rigor jurídico, que el Acuerdo de Asociación que la UE le propone es incompatible con sus deseos de seguir ampliando el patrimonio de su "familia", lo que le lleva a escudarse en la presión rusa -que había conocido en todo momento- para intentar explicar la decisión de no firmar, tres días antes de la Cumbre de Vilnius.


Lo que Yanukóvich tarda en entender -y lo que cada día entienden más y más ucranianos- es que la firma en Vilnius era una elección por un modelo social radicalmente distinto, tan radicalmente distinto que exigía y acarreaba en la práctica un cambio de sistema político. Es por ello natural que los manifestantes que aguantan a veinte bajo cero en las calles de Kiev, y que en un primer momento salieron espontáneamente, en un número superior a las ochocientas mil personas, enarbolando banderas de la UE, no quieran ahora aceptar ninguna solución al conflicto que no sea, como mínimo, la celebración de unas elecciones libres, que les permitan deshacerse, al menos en parte, del yugo de opresión que un sistema gangsteril impone sobre un país de enorme potencial, sobre todo humano.


Estos parámetros que definen, sucintamente, la situación interna en Ucrania, se inscriben en una confrontación geoestratégica de primer orden, preñada de enormes consecuencias posibles, tanto positivas como extraordinariamente dramáticas.


Ucrania no tiene salida más que hacia Occidente. La alternativa entre intentar conservar "políticamente" los mercados rusos para sus productos obsoletos o abrirse a la transformación de su economía, de la mano de una inversión extranjera que la seguridad jurídica de la UE aportaría, no es tal: los 46 millones de ucranianos no pueden ser mantenidos, en forma alguna, por una economía (no exenta de dificultades) de las dimensiones de Rusia.


El problema de “realpolitik” consiste en cómo conllevarse con Putin en el caso de Ucrania que, por otra parte, es pieza esencial en todos los demás tableros estratégicos en que Rusia está presente. Para ello es imprescindible comprender de una vez que la única forma de entendimiento a largo plazo consiste en colocar a Rusia en el lugar que le corresponde. No menos, pero tampoco más.


Z. Brezsisnky recordaba recientemente que Rusia nunca podrá volver a ser una gran potencia sin Ucrania y que Rusia maneja con efectividad un poder distinto a los tradicionales: el poder de la corrupción. Esto le hace aliado natural de un político sin salidas, como Yanukóvich, y le permite jugar, a corto plazo, un papel sobredimensionado en la crisis ucraniana. Si no se le planta cara, se corre el altísimo riesgo de que Ucrania, en lugar de seguir el rumbo de Europa central tras la caída del telón de acero, siga la deriva balcánica de guerra civil y desastre económico- y político- durante años, creando una crisis permanente de descomunales dimensiones en las puertas de la UE.


Hay momentos en la Historia en que se pretende hacer pasar por realismo una falta de agallas para enfrentar los problemas o una falta de entendederas para comprender las fuerzas en juego en su justa medida. Como decía George Aiken; no necesitamos más "halcones" ni más "palomas", sino más búhos.


La política de "apaciguamiento" con Hitler no tenía sentido alguno en Múnich en 1938. La diferencia fundamental es que con la Rusia actual sí debería ser posible una colaboración en un enorme número de campos, incluso capitalizando la tendencia de Putin a verse a sí mismo como un paladín cristiano (bien que ortodoxo) en un mundo en que Europa pierde gradualmente presencia. Ello no obstante, la condición "sine qua non" es conseguir hacer entender al dirigente ruso que Ucrania no es un "juego suma cero" sino, bien al contrario, que la única manera de que Ucrania contribuya al fortalecimiento de Rusia es mediante su viabilidad como país y como foco de prosperidad, nunca como un enfermo crónico y terminal y un permanente foco de confrontación.


Esto sólo es posible en la práctica si se detiene a Putin, ejerciendo la inmensa disparidad de poder real que existe entre el mundo occidental y Rusia. El problema es de voluntad política tanto en Washington como en los países grandes de Europa. Los ucranianos ni merecen menos ni están dispuestos a ser una moneda de cambio (cabe recordar que en el referéndum sobre la independencia de Rusia tras la caída de la Unión Soviética el pueblo ucraniano votó “sí” en un 92,3%, con una participación del 84,18%).
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios