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Delitos y pecados despenalizando el aborto

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 14 de febrero de 2014, 20:52h
El nuevo anteproyecto de ley que regula la práctica del aborto -que por innecesario ha suscitado una intensa polémica en la sociedad española (y europea)-, nos muestra las dificultades que encuentra el pensamiento libre (o liberal) en España, como en cualquier otro país de tradición católica.

Sujetando el extremo del hilo de mi razonamiento, comienzo por decir que autorizar a las madres para que aborten (por causas o a partir de plazos) no está rechazado por todos los cristianos, y que los cristianos que se oponen más fundamentalmente a ese supuesto, sin duda, serán los católicos.

Mi segundo argumento me lleva a sostener que esa oposición fundamental se debe más a las doctrinas de la Iglesia como Estado que al mensaje básico del cristianismo, que comparten como fe la mayoría de los cristianos (incluyendo buena parte de los católicos) del mundo.

En mi opinión, en la obra teológica de Santo Tomás de Aquino (1224-1274) se encuentran las causas de la actitud contraria de la Iglesia a la regulación de la interrupción del embarazo. En ese supuesto (como en todos los que tienen que ver con la sexualidad humana), la Iglesia fundamenta su oposición en la teoría tomista de “la ley natural”.

Tomás de Aquino convirtió el pensamiento de Aristóteles en la doctrina oficial de la Iglesia. En el siglo XIII, cuando Tomás de Aquino hizo el prodigio de “cristianizar” la obra del gran filósofo griego, la Iglesia necesitaba una teoría general para legitimarse en un mundo que experimentaba unos cambios enormes. El mundo medieval que la Iglesia había dominado, se estaba extinguiendo debido al impacto de las nuevas ciudades, del comercio que las hacía crecer, de los nuevos descubrimientos intelectuales (así, las obras de Aristóteles desconocidas en Occidente) y productivos (entre otros, el arado de collera), y de la aparición de nuevas monarquías, que junto con el Imperio Romano y Germánico, desafiaban el poder supremo de la Iglesia en Europa occidental.

Tomás de Aquino hizo una aportación duradera en el tiempo: la teoría de las cuatro leyes que regulaban el Universo: la ley Eterna, la ley Divina, la ley Natural y la ley Humana. Sintetizar la filosofía de Aristóteles en forma de leyes tenía que ver con la Iglesia, el Estado más perfecto; y que inspirada por San Pablo, el romano que predicó a los gentiles, heredó de Roma su obra más singular: hacer leyes, públicas y privadas.

La ley Natural habría de tener grandes consecuencias, pues mostraba cómo se relacionaban todos los seres de la Naturaleza, incluyendo a los seres humanos. Aristóteles había descrito un universo físico y metafísico coherente, y Tomás de Aquino logró que se adaptase a los dogmas y doctrinas de la Iglesia.

Las ideas aristotélicas de jerarquía de las esencias (el hombre es superior a los animales), y de los fines de la naturaleza (la nuez existe para originar un árbol), permitieron a Tomás de Aquino crear un sistema doctrinal con el que la Iglesia explicaba el mundo, y también, legitimaba la supremacía eclesiástica sobre los demás poderes terrenales.

La jerarquía y los fines eran los componentes básicos de la ley Natural. El alma era, naturalmente, superior al cuerpo, y los fines de los actos sexuales eran crear hijos. En este punto, con el tiempo, la Iglesia añadió prejuicios claramente maniqueos: el cuerpo no sólo era inferior al espíritu, sino que era malo en todos los casos. La idea gozosa de que el cuerpo era el templo del alma fue abolida por el barroco, con Trento entre los católicos, y al mismo tiempo, por los protestantes puritanos. El hecho histórico diferente fue que la Iglesia Católica, por ser un Estado, que fue derrotado por Italia en el siglo diecinueve, se aferró a una interpretación trasnochada del tomismo escolástico, y por tanto, de la llamada ley Natural.

La oposición eclesiástica al aborto tiene los mismos fundamentos que la prohibición de usar cualquier método contraceptivo. El condón, la píldora y los demás procedimientos que impiden embarazos no queridos, son considerados antinaturales como el aborto. El aborto, efectivamente, sí que es un procedimiento antinatural, no en el sentido metafísico que le da la Iglesia, sino porque supone un trauma para la mujer que tiene que acudir a ese método.

La ley Natural eclesiástica supone que el acto sexual -por supuesto, el acto natural heterosexual- tiene como fin crear un ser humano, desde el principio con alma inmortal. Esta tesis no es aceptada por muchos cristianos, desde luego, muchos católicos en España. Nadie está a favor del aborto como método para evitar los embarazos. Pero esto no quiere decir que acepten la idea metafísica de que el embrión sea un humano minúsculo, pero ya con alma inmortal. A la Iglesia, como Estado, le ocurre lo mismo que al fenecido Estado Soviético: los comunistas prohibieron conocer las leyes de Mendel porque no encajaban con la doctrina oficial verdadera (y a la vez con la ética comunista).

Pero los Estados democráticos no se estrellan ante esos problemas doctrinales. Distinguen los delitos de los pecados, es decir, distinguen las aportaciones de la ciencia de las convicciones religiosas. Ninguna mujer está obligada a abortar. El Estado lo que puede regular, de acuerdo con los avances médicos, serán los límites legales para realizar esa intervención. Y desde una postura de respeto a la individualidad de cada mujer, lo lógico sería que el aborto se autorice dentro de unos plazos máximos. Esta postura no es “relativismo”, como acusan las autoridades eclesiásticas, sino defensa esencial del “pluralismo” del pensamiento.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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