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RESEÑA

Hayashi Fumiko: Diario de una vagabunda

domingo 16 de febrero de 2014, 12:14h
Hayashi Fumiko: Diario de una vagabunda. Prólogo de Kayoko Tukagi. Traducción de Virginia Meza. Satori. Gijón, 2013. 264 páginas. 21 €
Hay una literatura de mujeres que quiere parecerse a la literatura de hombres. Y hay una literatura de mujeres que no quiere parecerse a la literatura de hombres sino ser lo que es. Diario de una vagabunda, de la japonesa Hayashi Fumiko, recién publicada por Satori Ediciones, es una de esas obras, fiel a un referente que no conocemos, pero en el que las palabras de la autora nos sumergen en un extraño baño de sinceridad.

Diario de una vagabunda se publicó en 1928 cuando Hayashi tenía 25 años. Tuvo un enorme éxito. Hasta entonces, la autora había llevado una vida errante: sus padres eran vendedores ambulantes; a partir de los 19 años, por voluntad propia. Tras el éxito de Diario de una vagabunda, Hayashi siguió escribiendo novelas con una productividad increíble hasta su muerte a los 48 años, un extraño caso literario karoshi (muerte por exceso de trabajo).

Hayashi tenía un espíritu único. Diario de una vagabunda es el gran collage (siendo el collage un arte íntimo) de una vida contada por alguien que conoce el haz y el envés de las palabras, lo prosaico y lo poético de ellas.

En el primer capítulo, Hayashi nos introduce en un pequeño caleidoscopio de sueños, recuerdos, temores y deseos no cumplidos. A partir de ahí, pasamos a su vida ya sola, dedicada a trabajos variados. Pronto sabemos que la protagonista está “Aquí, en la parte trasera del tejado / en una calle de posadas baratas. / Aferrada a la convicción de haber quedado amontonada / el fuerte viento me golpeaba de frente”. Encontramos fragmentos que son pequeñas composiciones como “Ja, ja, ja, oigo una carcajada, un cubo de pozo, alucinaciones como si me fuera a volver loca. Froto una cerilla y la uso como lápiz para las cejas”, o como “Dicen que jóvenes miserables / al llegar la noche / lanzan al firmamento / sus labios como si fueran frutas”. Este estilo no es tan extraño en la tradición japonesa ya que mezcla de prosa y poesía y de objetividad y subjetividad la podemos encontrar en obras clásicas como el Ise Monogatari o en El Libro de la almohada, por citar dos ejemplos. Pero para el lector moderno, su estilo es fresco, y muy pertinente para describir las tribulaciones de un alma moderna.

Este efecto compositivo lo encontramos en títulos de capítulos como “Mujer convertida en colilla”, en sus referencias al De profundis de Oscar Wilde o a obras de Chéjov; en ideas como “soy una mujer hueca… Solo me queda mi cuerpo lleno de sangre apasionada”; en referencias budistas como “No hay nada. Vacuidad. Los ojos se me llenaron de lágrimas.”; o en otras más culturales “Me desperté triste, como un pescado en una pescadería”. Hayashi define con un juego de sombras verbal lo que es ser mujer u hombre en nuestros tiempos. Lo que es ser mujer y hombre siempre. De estos afirma: “Los hombres se han convertido en una mercancía barata que se vende al precio de un lote”, y de ellos y ellas “¡Ay! Si yo fuera hombre amaría a todas las mujeres del mundo… Las mujeres traen desde lejos un aroma de flores en silencio”.

Diario de una vagabunda es un libro sensible, profundo, dulcemente atormentado y con un final feliz. Leer un libro de papel es cada día un acto más anacrónico, así como más anacrónico es cada día encontrarse entre sus hojas un alma tan elegante como la de Hayashi Fumiko.

Por José Pazó Espinosa
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