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RESEÑA

Maurice Merleau-Ponty: El ojo y el espíritu

domingo 16 de febrero de 2014, 12:38h
Maurice Merleau-Ponty: El ojo y el espíritu. Prefacio de Claude Lefort. Traducción de Alejandro del Río Hermann. Trotta. Madrid, 2013. 72 páginas. 10 €
“Creo que el pintor debe ser atravesado por el universo y no querer traspasarlo él... Espero a estar interiormente sumergido, sepultado. Pinto acaso para surgir”. Estas palabras de Klee que se mencionan en El ojo y el espíritu reciben, por parte del autor -el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty (1908-1961)-, el siguiente comentario: “La visión del pintor es un nacimiento continuado”. En el intervalo que media entre la involucración metafísica que la cita de Klee reclama para el artista pictórico y la reflexión de corte existencialista que aquélla suscita en el filósofo se extiende el discurso contenido en este libro, el último escrito que dejó Merleau-Ponty para su publicación poco antes de su prematura muerte. Es inevitable que al revisar este singular texto (espléndidamente editado por Trotta) busquemos en él ciertas claves de lo que inesperadamente, se convirtió en el testamento conceptual del autor.

Su punto de partida se halla en el núcleo mismo del programa fenomenológico, tal como fue enunciado, en su momento, por el Husserl de La filosofía como ciencia rigurosa (la soberbia edición de este obra preparada por el profesor García-Baró, fue ya reseñada en Los Lunes de El Imparcial). Muchas páginas de El ojo y el espíritu se dedican a indicar cómo toma cuerpo en el pensamiento de Descartes la divergencia básica entre filosofía y ciencia; una cesura que no ha dejado desde entonces de perturbar el desarrollo del espíritu europeo. Tratando de alguna manera de superarla, Merleau-Ponty asigna a la filosofía el cometido de prospección del “mundo actual”, renovando el impulso fenomenológico con la ayuda de la referencia permanente a la corporalidad humana. Esta noción transcurre simultáneamente entre las esferas del naturalismo (científico) y la transcendente del cuerpo pensado como templo del Espíritu (¿Santo?). La composición alma-cuerpo es el tópico central que articula, no ya el contenido de este librito, sino el conjunto de la obra del autor, y la reflexión sobre la creación pictórica es el ámbito aquí elegido para situar, como en su lugar propio, esta propuesta de desarrollo filosófico. En palabras textuales: “Toda la historia moderna de la pintura [...] tiene una significación metafísica”.

El arte, y en especial la pintura, se nutrirían del estrato representado por la historicidad primordial de los cuerpos, a través de los cuales se delimita el ser de las cosas mismas. Del mismo modo, la visión se configura como la encrucijada de todos los aspectos del Ser; sin embargo, ésta no es capaz de ofrecer totalidad o completitud de sentido. El ojo es el testigo del ser del mundo pero también de sus carencias, de sus discontinuidades, de su impotencia para forjar una unidad plena. La metafísica de la fenomenología corporalista rehúye la tentación totalizadora, profética, reveladora, que la ontología fundamental de corte heideggeriano (y en cierto sentido, también de Sartre) venía ostentado desde décadas atrás. Se puede vislumbrar que uno de los destinatarios más significados de esta carta filosófica firmada por Merleau-Ponty es el Heidegger de la aletheia (desocultación del Ser) invocada en El origen de la obra de arte.

En efecto, el frágil libro que nos ocupa posee la compostura de una carta (tanto por su brevedad como por el elevado tono emocional del texto). Pero se trata de una misiva sin destinatario; tal vez un mensaje en una botella arrojado a una playa irreal que pudiera hallarse al abrigo de las corrientes que ya estaban enseñoreándose, en 1960, del panorama del pensamiento europeo: la filosofía analítica, el marxismo hegelianizado, el estructuralismo. Todas ellas, emparentadas por un rasgo común: su actitud materialista ante la existencia. Pero el autor no vivió lo suficiente para comprobar si su llamamiento había obtenido respuesta.

Por José Antonio González
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