Bicefalia fugaz, a la italiana
lunes 17 de febrero de 2014, 20:16h
La nueva crisis italiana que arroja del poder a Enrico Letta –que estaba haciendo un trabajo digno, pese a las dificultades debidas a la compleja coalición que le apoya- tiene un carácter poliédrico, por las diferentes facetas que la configuran. En su aspecto más trivial y tosco, no es más que un vulgar “quítate tú, que me quiero poner yo”, a cargo del ambicioso y joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi, que se veía venir desde que este “carismático” y popular político ganó una elecciones primarias en el ámbito de su Partido Democrático (el mismo de Letta) el pasado mes de diciembre. Desde entonces, Renzi había insistido en que no quería desbancar al actual “Presidente del Consiglio” –según la denominación oficial italiana- y que solo aspiraría al cargo después de unas elecciones generales. Pero se ha cansado de tascar el freno, sobre todo porque las elecciones se retrasan obligadamente ya que el Tribunal Constitucional ha rechazado algunos aspectos de la ley electoral, y hay un acuerdo de que solo se volverá a las urnas con una nueva normativa. Y Renzi acusa a Letta de ir demasiado lento en estas reformas.
Desde otro punto de vista, nos hallamos ante las deletéreas consecuencias del sistema de primarias en las democracias parlamentarias europeas basadas en partidos fuertes y muy articulados, dotados necesariamente de estructuras permanentes que inevitablemente entran en colisión con los designados por consultas populares internas, de afiliados o incluso de simpatizantes, que tienden sin remedio a soluciones populistas, de mucho titular pero poco fondo, que suelen encarnarse en políticos “carismáticos”, generalmente muy jóvenes y de “mucho tirón”. En España, dentro del PSOE, fue paradigmático el caso Almunia-Borrell, el primero con todo el aparato del partido tras sí, el segundo con la obvia legitimidad que le daba el voto mayoritario de sus compañeros de partido. Todos recuerdan el final de aquella peripecia, aunque no se pude decir, ni mucho menos, que los participantes en las primarias eligieran al peor.
En el presente caso italiano –en una versión más grave y cargada de consecuencias de la siempre deletérea bicefalia- la colisión se produce entre el nuevo líder del partido y el militante del mismo, Letta, que, no hace todavía un año, recibió del Presidente de la República el delicado encargo de armar una coalición compleja -porque va de la izquierda a la derecha, en una especie de “gran coalición”- que consiguiera una estabilidad política, indispensable ahora más que nunca en que Italia, como otros Estados de la UE, lucha para salir de la crisis y devolver a la situación económico-social una cierta normalidad, impensable si no se basa en una necesaria estabilidad política.
Pero la bicefalia italiana ha durado poco porque todo esto se lo ha cargado de un plumazo Renzi, que no ha sido capaz de esperar hasta que llegara el momento de convocar unas elecciones, en las que nadie le iba a quitar su candidatura a encabezar el Gobierno, dedicándose entretanto y hasta entonces a ayudar en serio a su compañero de partido y actual jefe del Gobierno. Por el contrario, aupado en su innegable popularidad, ha preferido el poco recomendable deporte de segarle la yerba bajo los pies, forzándole a una dimisión que daña la credibilidad de Italia y pondrá obstáculos adicionales en la tarea de le recuperación económica. Asumir la Presidencia del Consejo de Ministros sin ser diputado ni senador, es posible constitucionalmente, pero no deja de ser una anomalía. Renzi podrá intervenir en los debates, pero no podrá votar sus propias medidas. Muy pagado de sí mismo, se va a encontrar enseguida con que no es lo mismo dirigir una alcaldía, por importante que sea como la de Florencia, que ponerse al frente de la gobernación de la Nación. Tiene demasiada prisa; y las prisas en política no suelen producir buenos resultados. Por otra parte, como alcalde, sus críticos dicen que sus únicas realizaciones son haber ampliado la zona peatonal y haber hecho un carril bici.
En algún momento de esta peripecia política, Renzi me ha recordado a Sarkozy que desde la alcaldía de Neully sur Seine –una próspera comunidad de la “banlieu” parisina- dio el salto a la política nacional y no vaciló en dar la espalda a Chirac, líder de su partido, apoyando a Balladur, de cuyo gobierno formó parte, todo ello antes de convertirse en candidato a la Presidencia de la República y ganarle las elecciones a Segolene Royal, primera “compañera” del actual Presidente Hollande. A ambos les pierde su desmedida proclividad por la popularidad y por el baño de multitudes. Ambos –el “carisma” manda- son propicios a suscitar grandes expectativas, que, muy frecuentemente, acaban en desilusión. Sarkozy, como sabemos, no fue capaz de obtener un segundo mandato. Al menos en parte, le perdió esa desbordante y arrogante personalidad que colmó la paciencia de los franceses.
Renzi, ya veremos que da de sí en Roma, donde la política es mucho más complicada que en la capital toscana. Pero este tipo de políticos, que manejan muy bien el gesto y la palabra, suelen defraudar en el plano de los hechos y de las realizaciones. Se trata de una categoría en la que también sería posible incluir a Obama, con quien por cierto Renzi se hizo una foto en una visita a Washington, que ahora enseña a todo el mundo. También han comparado a Renzi con Tony Blair, pero éste tenía detrás todo el movimiento intelectual de la “tercera vía”, cuyo inspirador era Anthony Giddens y Renzi no parece apoyarse en nada parecido. Lo suyo da la impresión, por el momento, de ser una aventura puramente personal.
Pero vayamos al fondo del asunto. Todavía hay muchos que estiman que el sistema de primarias es algo así como el no va más de esa democracia interna que se exige a los partidos. No parecen querer enterarse que se trata de una sistema nacido lentamente en los Estados Unidos y que todavía no se practica en todos los estados de la Unión, ya que hay algunos –ahora desde luego ya pocos- que prefieren los viejos sistemas de “caucus” y de la convención. La no existencia allí de partidos al estilo europeo explica en buena medida la progresiva utilización del sistema de primarias que, visto por dentro, es muy a menudo decepcionante. Suelen votar un ínfimo número de ciudadanos y solo los candidatos con una gran capacidad de obtener fondos (el funds raising) son capaces de aguantar y resistir las largas campañas, frecuentemente de más de un año y, como poco, de enero a noviembre, fecha de las elecciones. Son muchos los candidatos que se retiran por falta de fondos. Si esto se considera más democrático, me parece un tanto discutible.
Había que preguntarles a quienes se quejan de que sean la “cúpulas” de los partidos quienes elijan a los candidatos, si les parece mejor que unos pocos centenares de ciudadanos de un estado, que por norma representan un mínimo porcentaje de los votantes potenciales, les parece un sistema más adecuado y democrático. Por otra parte, al no existir allí estructuras fuertes de los partidos, se evita, desde luego, el riesgo de la bicefalia, que en Europa esa casi siempre la regla. De unas primarias americanas puede salir un Presidente, como Carter, con escasas conexiones con el mundo político y el propio partido que le apoya –pero, eso sí, con abundantes fondos procedentes de su exitoso negocio de cacahutes- y que, desde luego, no ha sido en absoluto el mejor Presidente del siglo XX, y que demostró en ocasiones una notable falta de profesionalidad, que hizo las delicias de los soviéticos o de los iraníes. Fruto de las primarias es el Tea Party, la gran novedad americana, que ha desestabilizado al Congreso y dañado duraderamente al Partido Republicano, sin aportar nada positivo.
Los romanos, que habían acumulado una larga experiencia, tenían como norma el llamado cursus honorum. Se partía del supuesto -ese que tanto horroriza por aquí- de que la política debía ser, si no una profesión, sí una dedicación duradera, que permitiera acumular experiencia y ascender por los peldaños del servicio público en tiempo y forma, sin dejarse deslumbrar por figuras “carismáticas” que aparecen repentinamente y no suelen tener más patrimonio político que una imagen bien cuidada, detrás de la cual, a menudo no hay nada. Así se llega al principio de Peter, que premia la incompetencia y sitúa en puestos que les vienen grandes a “brillantes” y “carismáticas” figuras, quizás con fachada, pero con un interior totalmente desamueblado. Pero es pronto para situar a Renzi en este apartado. Esperemos y veamos.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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