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Venezuela en el corazón

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 19 de febrero de 2014, 21:15h
Todos los muertos deberían doler lo mismo. Los de Ucrania, por ejemplo. Pero siento decirlo: los de Venezuela duelen más a los españoles. Porque de una forma difusa, o en muchos casos entre nosotros, muy concretamente, Venezuela está en nuestro corazón. Lo que allí pasa nos pasa a nosotros, porque son parte de lo nuestro, de lo que ha sido España y de lo que son todavía los españoles.

Pero no es sólo el dolor por una desgracia compartida, como la que se debe a un desastre natural. Estamos ante una tragedia causada por mano humana, la de la dirigencia política venezolana. Producto de la mezcla letal de ambición, iluminación y estupidez. Consecuencia de la arbitrariedad y la ineficacia, de la paranoia y de la avaricia, de la confusión ideológica y de la indigestión de poder.

Venezuela ha pasado por muchas crisis políticas de reparto de poder y recursos, y también por personajes que se han aprovechado de estas crisis para su propio poder y sus propios réditos. Ése fue el caso de Hugo Chávez, evidentemente, que vivió de las rentas de la anterior inestabilidad para morirse en el poder y en la cama. Pero Chávez era irrepetible, pues su histrionismo no pudo ser confrontado por ninguna organización coherente, desprestigiados los partidos tradicionales y con una sociedad hipnotizada por el populismo.

Nada podía ser igual tras la muerte de Chávez. Porque la deriva castrista del chavismo sedicentemente bolivariano iba a llevar al desastre, pero el proceso era paulatino por los recursos económicos del gran país americano. Era sólo una cuestión de tiempo, y ese tiempo ha llegado justo con el sucesor de Chávez, ese tal Maduro que no parece decidirse entre si debe acabar con su pueblo por represión, de inanición, o matarlo de vergüenza. Porque en Maduro, lo que en Chávez era exageración se convierte en manía persecutoria. Lo que fue populismo se transforma en histerismo.
Una buena parte del pueblo venezolano se ha echado a la calle, con valentía y riesgo. Yo entiendo que tiene razón, porque la deriva caudillista de Maduro, especialmente agitada por su ausencia de carisma, ha dejado un espacio cada vez más reducido para la libertad. Maduro difícilmente podía gestionar la herencia de Chávez desde el complejo de inferioridad y eso es justo lo que le ha llevado a la represión, no tanto quizá por sus deseos, sino porque no ha entendido el fenómeno. Es peor que un crimen, es un tremendo error de diagnóstico.

Maduro fue el más destacado de quienes creyeron que el actor que era Chávez, realmente era su personaje. Por eso, decidió imitar la parte del chavismo que sólo era representación y retórica, sin darse cuenta de que su antecesor era comediante como forma ingeniosa de mantenimiento en el poder, mientras sobrevivía con un soterrado pragmatismo. Lo que el Aló Presidente (los inefables programas televisivos chavistas) mostraba era la cáscara, y Maduro lo tomó como la almendra. Y por eso, donde Chávez ladraba, Maduro ha entendido que debía morder.

Me dirán mis amigos venezolanos que Chávez ya demostró su progresiva paranoia y ya se convirtió en peligroso. Es cierto, y así lo demostraron los ataques a los medios hostiles y a los opositores políticos, que se agudizaron según avanzó el chavismo. Pero, como media, el tiempo de ese caudillo fallecido fue una época en la que el poder utilizó la espada para herir, y no tanto para matar. Y es ahora cuando esa espada ya mata.

Maduro tiene un problema, porque el castrismo en tiempos de internet es virtualmente imposible. Y porque las huestes que aún puede movilizar el chavismo están cada vez más debilitadas, porque están sólo en la parte del pueblo más desinformado sin apoyo de su antigua vanguardia, acomodada ahora a su nuevo estatus de poder y de dinero. Es la boliburguesía o burguesía bolivariana, aquellos antiguos revolucionarios conmilitones de Chávez, militares y civiles, que ahora están tan enriquecidos como atemorizados por si pierden el poder. Por eso apoyan la represión. Por miedo, pero no por convicción. Porque es difícil defender el populismo desde las moquetas y los yates, porque el pueblo no tarda en darse cuenta de la impostura.

El régimen chavista está en estado terminal, pero tienen razón los líderes de la oposición democrática. Es tiempo de manejar la máxima prudencia. Es tiempo de contención ante las provocaciones. Pero también es preciso dar esperanza a los amplios sectores del pueblo venezolano asfixiados por la falta de libertad política y por las consecuencias de la desastrosa gestión económica. Un equilibrio difícil, cuando empiezan a acumularse las muertes y sólo cabe desear que el poder venezolano y sus escuadrones castristas infiltrados no agudicen la tragedia.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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