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En el IV Centenario de la muerte de El Greco

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 21 de febrero de 2014, 20:01h
El gobierno regional de María Dolores de Cospedal quiere celebrar el Cuarto Centenario de la muerte de El Greco por todo la alto, y hace bien, aunque ya hay pocas cosas nuevas que decir o descubrir de este genio que no hayan sido dichas por el sabio institucionista Manuel Bartolomé Cossío, al que todavía se le desarrollan ideas y vislumbres originales sobre el Greco, sin nombrarlo, claro, como es propio de la elegancia intelectual de la Universidad Española. España tuvo la suerte de celebrar el tercer centenario de la muerte del Greco con un libro de Cossío sobre la vida del pintor. No hay ningún Cossío hoy en España, ni ningún Camón Aznar. Hoy se llega a intelectual laureatus sirviendo al régimen como un comisario político, con entrada en la Real Academia Española, y todo. Yo aquí sólo quiero aportar una idea personalísima sobre el Greco y sobre un aspecto muy menor, como no podría ser de otra manera en un medio de divulgación, tal cual es un periódico digital, que prohíbe, por ejemplo, escribir manifiestos políticos en latín. Y hace bien.

La primera vez que observé con bastante detenimiento el “San Francisco de Asís”, del Greco, expuesto en el Museo de Santa Cruz de Toledo, y cuyo tema, como casi todos los del pintor, repite Doménicus ( Kuriakós ) Theotocópuli en otro cuadro propiedad de la familia Zuloaga, me pareció ver en la figura de San Francisco, el mínimo y dulce Francisco de Asís, un vampiro vestido a usanza de un fraile mínimo. Su atmósfera es mortecina y cenicienta, sobre lienzo fino y de imprimación gris clara. El tremendo alargamiento de los dedos confiere a estos la imagen de dedos o garras de pájaro siniestro. Todo en él constituye una figura de extremos prolongados, que hubiera podido inspirar ese gran autosacramental de Francisco Nieva, que es Nosferatu, nunca borrado del libro de la vida.

Francis Ford Coppola, entre la pompa vana danubiana y el barroco fúnebre austrohúngaro, no comprendió la necesaria sobriedad austera del vampirismo místico de Drácula o de cualquier gran vampiro que se precie. Tenía que haberse inspirado en la morfología estética del pintor candiota, el más artista creador de tipos de extravagante proporción y anatomía, la extraña pequeñez de las cabezas sobre cuello alargado, de pájaro, con una marcada tendencia a eliminar el pormenor, a suprimir lo que distraiga y a concentrar el interés en la acción y en la persona. Sus personajes vampirescos tienen todos un gesto que los agrupa en el marco de una misma secta: el acusado movimiento de aproximación entre los dedos anular y cordial: afectación tan grata al pintor que llega a constituir en muchos de sus cuadros una verdadera firma. ¿No tienen acaso los murciélagos el segundo dedo de la mano ligado al tercero? Cuando uno observa este vampiresco San Francisco de Asís llega a entender perfectamente la aversión que tenía que experimentar hacia este pintor heterodoxo el muy católico rey Felipe II, que conversó con él en junio de 1579, cuando el Rey Prudente vino a Toledo, acompañado de la reina doña Ana y de las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina, y el archiduque Alberto, futuro esposo de Isabel, a propósito del encargo del cuadro de San Mauricio. ¿Qué palabras nefandas han manchado los oídos de los protagonistas de los cuadros del Greco?

Esto no quita un ápice para poder considerar al Greco como uno de los más puros ejemplos de vigorosa personalidad en la Historia del Arte. Las formas alargadas y enjutas, las masas musculares angulosas exangües y los huesos pronunciados, más nos hacen pensar en la expresión animada de los movidos relieves medievales del gótico que en las ampulosas formas carnales, sensuales y vívidamente pletóricas del Renacimiento. Sus figuras quirópteras exceden los nueves y aún los once rostros, se descoyuntan, las cabezas son pequeñas, las manos afiladas, como de pájaros o reptiles elegantes. El Canon del gran Policleto se deshace o se supera, aunque en su transgresión el Greco necesite reverenciar esa clásica norma referente. Al pintor que más recuerda, por su pincelada rápida, fragmentaria, libre y osada, es, sin duda, a Tintoretto, pintor muy estimado por vampiristas como Potocki, Hoffmann, Polidori y el propio Francisco Nieva. El Greco, aparte de sus excelsas aptitudes pictóricas, era, sin duda, un espíritu superior, complejo, atormentado y nocturno. Frente al pintor puro está el pintor o el artista trascendente cuyo arte está acendrado de interna inquietud. Y los vampiros del Greco están sin duda tocados de delirio espiritualista, glorioso desatino, celeste locura.

El Greco, abandonando a Venecia y a Roma, no podía encontrar en España una mansión tan digna de albergar su rara afición a los espectros como Toledo. Ruinas romanas, basílicas visigodas, mezquitas árabes, sinagogas hebreas desmoronadas, iglesias y palacios mudéjares, y templos góticos y del primer Renacimiento formaban un perfecto fondo de sombras de civilizaciones muertas para sus alucinantes personajes espectrales. En Toledo el Greco presenció las disputas de jesuitas, franciscanos y dominicos y las milagrosas supercherías inventadas sobre la Inmaculada Concepción de la Virgen; y si no le alcanzó la vida para ver cómo el Ayuntamiento, la Universidad y las corporaciones civiles y eclesiásticas, reunidas solemnemente en 1617, en San Juan de los Reyes, juraban defender aquel misterio, le sobró vida para participar en la vertiginosa y desconsoladora ruina del país que, tan amarga como elocuentemente, revelan a una los infinitos memoriales, discursos y representaciones elevadas al rey desde 1600 por las cortes, ciudades, iglesias, universidades, doctores, letrados, industriales y comerciantes. La España exangüe se sentía reflejada en aquellos vampiros grequescos, y es lógico que ahora vuelva a la actualidad El Greco.

Una profunda pobreza de la ciudad era perfectamente compatible con que estuviera poblada por todos los lugares de los vicios, como garitos, corrales de comedias en que las comediantas, cantatrices Hespérides, se marchaban con los espectadores a seguir sus expansiones amorosas en las mancebías, tabernas y hospitales de pobres, viejos soldados sifilíticos y rufianes. El Greco entra en una ciudad de hambre y miseria, pero tocada por la locura suicida del vestido y el calzado. Los toledanos, algunos cómplices de maldades impías, iban vestidos con golilla, magníficos zapatos, mantos de seda que valían más que una finca de cien hectáreas, vestidos, en fin, de nobleza y terciopelo. Ciudad de hambre y sublimes vanidades de nobleza que encantaba sin duda a la estética siniestra y perturbadora de Doménicos Teotocópuli, embriagado siempre de Dios y de crepúsculos. Toledo era una ciudad de vampiros elegantes, un París oriental con crujidos de seda. Los toledanos parecían vivir fuera del orden común, representando algo así como una victoria sobre la vida, sobre la sociedad en general, oteándola desde arriba, como murciélagos acostados.

Santo Domingo el Antiguo es al Greco lo que Santa María de ´Frari a Tiziano: motivo para las obras de plena juventud del artista de molares puntiagudos y voz breve y aguda, y quizás razón para situar su residencia de noctívago en Toledo. Don Diego de Castilla, deán de la Primada y amigo del alumbrado Carranza, había conocido al Greco en Roma, en el palacio de Farnesio, y fue allí donde contrató al cretense para pintar el retablo del convento de Santo Domingo el Antiguo. Entremos en el Museo de Santa Cruz, y saldremos de él maravillados de cómo nuestra España bellísima ha sabido complementar siempre pobreza y grandeza. De cómo el lujo más estrambótico y excesivo convive con la pobreza de los ascetas. Mientras, el aurifer Tagus, que lo sabe todo de los vampiros que habitaron en la Imperial Toledo, sigue corriendo, expectante y arremolinado bajo el vuelo de las vampiresas de molares puntiagudos que se ciernen siempre sobre la ciudad, saliendo de los cuadros del Greco, pintadas siempre pálidas, de cabeza pequeña, largos incisivos, nariz respingada y cuello abultado, como buche de paloma, todas variantes de la vampiresa real que fue María Gómez. La mujer que no ha tenido nunca realidad se convierte en sueño o en fantasma y multiplica su tiranía. Tenemos la impresión de que en el Greco el arte es una forma de salvación profunda.

Nos vamos, al fin, de la ciudad bravía, en la que, como hace cinco siglos, los muchachos siguen lanzando piedras a los extranjeros desde las murallas de misterio de la ciudad, mucho más altas que las de piedra.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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