www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Las ucranias

lunes 24 de febrero de 2014, 20:14h
Sería poco realista dar por concluida y con éxito la revolución ucraniana, prolongada durante tres meses de ocupación y algaradas callejeras, reprimidas brutalmente por el régimen pro-ruso de Yanukovich, con un sangriento saldo de en torno a un centenar de muertos. La huida y destitución del presidente-dictador por la Rada (nombre tradicional del Parlamento ucraniano), gracias a los votos de la oposición, reforzada por más de cuarenta diputados del partido del cesado, han puesto fin de una manera tan repentina como sorprendente a la primera etapa de un proceso, cuya evolución es todavía una incógnita. Ocurre todo ello apenas unas horas después de que se firmase un acuerdo entre el Gobierno y los dirigentes de la protesta callejera, en el que se preveía la formación de un gobierno de concentración nacional, la supresión de las medidas represoras y la convocatoria de elecciones presidenciales y parlamentarias para antes de que acabase este año 2014. Para lograr este acuerdo han actuado como mediadores, en nombre de la Unión Europea, los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania, Francia y Polonia que, desbordados por los acontecimientos, no quedan en muy buen lugar.

Esta profunda crisis se veía venir desde que, a finales del pasado mes de noviembre, Yanukovich se negó a firmar en la cumbre de Vilnius el acuerdo preferencial con la Unión Europea que se venía negociando desde meses atrás. La UE se ha movido torpemente y se dejó ganar la partida por Putin, que no está dispuesto a perder la iniciativa en la “república hermana”. Ucrania forma parte de eso que los rusos llaman, tras la desaparición de la Unión Soviética, “el extranjero próximo”, formado por las antiguas repúblicas de la URSS, enorme zona de influencia en la que están dispuestos a emplearse a fondo para que no caigan en la tentación de dejarse fascinar por Occidente. Más aún: de todos los antiguos territorios soviéticos Ucrania es el que más les interesa por toda clase de razones, históricas, geopolíticas y culturales. Ya en 1922 Lenin dijo que “si la Unión Soviética perdiera Ucrania sería como perder la cabeza”. Y por cierto, estatuas de Lenin abundaban todavía en la parte pro-rusa de Ucrania, algunas de las cuales han sido ahora destruidas por la multitud.

El problema es que los territorios que constituyen la actual Ucrania ni siempre han estado unidos ni siempre han pertenecido al imperio de los zares o a su sucesor el imperio soviético. Allí nació, en torno a Kiev, la primera entidad política rusa a finales del siglo IX, pero las invasiones de pueblos asiáticos y, sobre todo, la de los mongoles en el siglo XIII, con la consiguiente emigración de los rusos a las zonas boscosas del centro-norte de Rusia-donde tras no pocas luchas se impondrá el principado de Moscú- produjeron un vacío en la esteparia región del bajo Dniéper.Tras la expulsión de los mongoles, una buena parte de aquel territorio cayó en el ámbito de Polonia-Lituania, pero también de los cosacos (palabra que significa “hombres libres”), que establecen una especie de república militar. Por razones en las que no vamos a detenernos, en 1654 los cosacos se ponen bajo el “protectorado” de los zares rusos que, muy pronto se convierte en una dominación pura y simple.

Esta compleja historia ha configurado varias Ucranias, de límites cambiantes y discutidos, que no en vano la palabra “ukraina” significa en los idiomas eslavos, los confines de un territorio, la frontera. Como poco, hay que distinguir dos Ucranias, separadas por el gran río Dniéper: Al este y sureste, en torno a Kharkov (ahora Kharkiv), la parte más rusificada, pero también la más industrial, y al oeste y suroeste, la zona más agrícola y menos vinculada históricamente a Rusia, pues ha formado parte, como decíamos del gran conjunto polaco-lituano –que durante un tiempo creó una potencia que llegaba del Báltico al mar Negro- pero también de Austria-Hungría, que hasta 1918 controló la llamada Galitzia, en torno a Lviv (Lvov), gran centro cultural, donde se acrisoló la identidad ucraniana diferenciada.

Para terminar de completar este mosaico, en 1954 -y para conmemorar el tercer centenario del tratado con los cosacos, que integró a Ucrania en el imperio de los zares- Kruschov “regaló” a la entonces República Socialista Soviética de Ucrania la península de Crimea. En aquel momento, estos cambios territoriales no tenían mayor transcendencia pues todo era parte de la Unión Soviética, pero una vez que Ucrania se independizó en 1991, el regalo le planteó a Rusia un problema mayúsculo pues la privó de la base naval de Sebastopol, la principal de la armada rusa. Allí siguen, en régimen de alquiler, los barcos rusos, en virtud de un acuerdo ruso-ucraniano que, inevitablemente, no deja de ser fuente de problemas entre ambos países.

La caída de Yanukovich y la salida de la cárcel de la carismática Yulia Timoshenko son elementos positivos pero ahora lo principal será que la oposición se mantenga unida, porque hay otros líderes con visiones no siempre coincidentes. He tenido ocasión de escuchar personalmente a algunos dirigentes de la oposición ucraniana, incluidos a los que representan a la minoría tártara de Crimea. Llamaba especialmente la atención, Vitalii Klitschko, antiguo campeón de boxeo y líder de una de las minoría de la Rada, hombre de palabras contundentes que, como todos los demás solo tenía un lema: “Rusia, no; Europa, sí” y un apremiante deseo de liberarse del régimen corrupto de Yanukovich.

Putin hará todo cuanto esté en su mano para que Ucrania siga en la órbita rusa. Y utilizará el arma del gas, como ya lo ha hecho en ocasiones anteriores, y todo lo que pueda desestabilizar al eventual nuevo régimen que suceda al cesado Yanukovich. Se empleará a fondo pero con toda cautela. Es muy significativo que, adelantándose a la UE, prometiera una ayuda inmediata de 15.000 millones de dólares, pero, de momento, solo entregó a su “amigo” 1.000. Pero no se puede dudar de que, el mismo Putin que dijo que la desintegración de la URSS había sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX, hará cuanto esté en su mano y un poco más para no perder su influencia en el país que había sido “la joya de la corona” soviética, si es que se puede utilizar esta expresión. (Que por qué no se va a utilizar si Rusia ha recuperado como escudo la coronada águila bicéfala de la época zarista). Algunos comentaristas han atribuido a Putin un endurecimiento de la represión, después que coincidió con el entonces todavía presidente ucraniano en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi.

Desde su independencia, Ucrania ha perdido población pues de 52 millones de habitantes ha pasado a 46, en buena medida por causa de la emigración a diversos países de Europa, incluida España, a los Estados Unidos y a Canadá. Los rusos no son menos de unos 11 millones y están concentrados principalmente en el este, fronterizo con el gran hermano eslavo, la zona que se mostró menos propicia a la independencia, hace ahora casi un cuarto de siglo. Aunque el sentimiento unitario parece ahora muy fuerte, si no se logra pronto la estabilidad política y un sistema lo más parecido a una democracia auténtica, representativo y transparente, no podría descartarse una tendencia secesionista, en la zona de Kharkov que, históricamente, ha sido siempre la más pro-rusa. Lo deseable es que acabe definitivamente la represión y el sufrimiento de los ucranianos, una buena parte de los cuales, seguramente la mayoría, sueñan con ser libres y europeos. Un sueño que, hasta ahora se les ha impedido alcanzar.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios