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El espectáculo como periodismo

Juan José Laborda
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viernes 28 de febrero de 2014, 20:12h
El pasado fin de semana publiqué un artículo que decía: “la política se convirtió en “política espectáculo" -la “video-política” de la que habló por entonces Giovanni Sartori-, con su tendencia a reducir el debate democrático en simple debate electoral.” Esa noche, a los muchos “emails” y “WhatsApp” que recibí preguntándome si podía ser verdad el reportaje “Operación Palace”, respondí enviando ese artículo.

Soy bastante crédulo en general, especialmente con la información escrita, pero en este caso, no me creí nada de la historia que nos contaba Jordi Évole. Que el 23-F fue una circunstancia realmente peligrosa, yo lo podía atestiguar. En otro lugar he contado cómo lo viví en Burgos, y esa experiencia tremenda e inolvidable me permitió responder a quienes me preguntaban: “rigurosamente falso”.

Tengo, por otra parte, sentido del humor. A veces he utilizado la fantasía en actos formalmente serios, como cuando afirmé que no era Juan José Laborda, sino su ayudante, pregonando las fiestas en un ayuntamiento (era verano y me había dejado crecer la barba); o cuando me inventé un manuscrito de Juan Martín Díez, “el Empecinado”, en otro acto parecido en Aranda de Duero. Sin ninguna duda, el programa de radio que hizo Orson Welles sobre “La Guerra de los Mundos”, siempre lo he considerado un motivo inspirador. Cuando cursé periodismo, el programa radiofónico de Orson Welles era un tema de estudio en varias asignaturas.

Creo que hay una diferencia entre la fantasía literaria y la fantasía periodística. Cuando Welles hizo creer que los marcianos invadían Estados Unidos, o cuando modestamente hice dudar a mis oyentes sobre “el Empecinado” y sobre mi presencia en aquel pregón, no tuvimos que explicar el carácter completamente ficticio de nuestras respectivas creaciones (¡perdón por compararme con un genio!). Eran ironías literarias, y como no buscaban ningún objetivo moralmente serio, no fue necesario afirmar que no eran verdaderas.

El programa de Jordi Évole fue una fantasía periodística. A mí me resultó un ejemplo del periodismo espectáculo, con los elementos de la “video-política” que definió el pensador italiano Giovanni Sartori.

Los que nos formamos en periodismo -periodismo a secas, no las posteriores licenciaturas de “Comunicación”- aprendimos el aforismo anglosajón referido al oficio de informar: “la opinión es libre pero los hechos son sagrados” (“Comment is free, but facts are sacred” fue la máxima que C.P.Scott, un periodista y político liberal, aplicó en el “Manchester Guardian”).

¿Es periodismo el reportaje de ficción que facturó Jordi Évole? En lo que coincidieron la mayoría de los analistas fue que su programa tuvo un gran éxito de audiencia: 5,2 millones vieron “Operación Palace”. ¿Es la audiencia el criterio básico de las empresas informativas? El liberalismo político, como el de C.P.Scott, respondió de manera radicalmente opuesta a lo que hoy sostiene el “nuevo liberalismo” económico.

Como pretendía algún objetivo moral -se supone que un periodista busca informar y crear opinión-, Jordi Évole no podía limitarse a mostrar su obra, como hubiera hecho cualquier artista, sino que se sintió obligado, como periodista, a comunicar a la audiencia que todo era una gran mentira. Pidió disculpas a los “espectadores” irritados por su montaje.

Desde luego, a juzgar por las reacciones en “las redes sociales”, hubo mucho cabreo dentro de esa sociología “de los que no paran de escribir y que sin embargo no leen nunca”. Pero Jordi Évole tenía que dar una explicación moral a su creación; y, además, no podía darla sobre su calidad estética, pues eso no es lo principal en un producto periodístico.

La explicación que encontró fue un bucle: su justificación se refirió a una forma de periodismo malo que él mismo acababa de practicar. En el texto que escribió para el final del reportaje, Jordi Évole habló de “los muchos interrogantes” que existen sobre aquel Golpe de Estado. Era una protesta crítica contra los que creen que la prudencia (informando y respetando las leyes) es inherente a una ética profesional que se basa en que “los hechos son sagrados”. Pero la dialéctica acude siempre en ayuda de la lógica averiada, normalmente contestando las preguntas con una interrogación: “¿Puede una mentira explicar una verdad?”. Con esa pregunta sofisticada, el programa dirigido por Évole se situaba en una respetable columna filosófica. Jorge Semprún contó, divertidamente, que un militante comunista le había dicho que “la dialéctica sirve para caer siempre de pie”.

Cuando el espectáculo condiciona al periodismo la verdad está en peligro. El programa de Évole, para muchos, era la prueba de que los periodistas, con su técnica, alteran la realidad, y lo que es más preocupante, orientan la opinión de una sociedad. ¿La opinión publicada se impone a la opinión pública? El sensacionalismo periodístico lanzó a las opiniones públicas de Estados Unidos y de España a una guerra -la de 1898- absurda. Hace poco, en España, una campaña periodística sostuvo que el atentado del 11 de marzo de 2004 había sido obra de ETA y de los servicios secretos españoles y marroquíes. Ese mismo domingo vimos, con estupor, que el video de los “verificadores” había sido un montaje mentiroso.

El periodismo espectáculo conduce a la pérdida de usuarios de la información. También alienta a que la Justicia tenga que entrar en el “derecho a la comunicación”. Cabe esperar que las sociedades democráticas no sigan por ese camino.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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