www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La cosecha nacionalista de Zapatero

domingo 11 de mayo de 2008, 23:44h
Han pasado ya más de dos meses desde que el PSOE ganó las elecciones generales, y parece que todo vuelve por los mismos derroteros de la anterior legislatura. Bien es verdad que, en esta ocasión, la investidura de Zapatero se realizó sin préstamos visibles, aunque no es menos cierto que, sin los nacionalistas, tal investidura no habría salido adelante. En cualquier caso, son demasiados los que temen que el líder del PSOE no se encuentra especialmente incómodo con semejantes compañeros de viaje. La idea que Zapatero tiene de España es toda una incógnita. Más allá de una suerte de neo medievalismo a la violeta nacionalista del que, al parecer, le ha convencido algunos de sus noveleros amigos, se sabe poco de lo que piensa nuestro Presidente al respecto. No obstante, algún desliz freudiano alguna pista nos proporciona. Por ejemplo, su idea de la“nación española” como algo “discutido y discutible”.

Desde el comienzo de la anterior legislatura, el señor Zapatero y sus “encuesteros” diseñaron una estrategia de alianza estructural con los nacionalistas que iba mucho más lejos de tácticas limitadas a apuntalar mayorías parlamentaria, un expediente común a todos los partidos y casi todos los gobiernos. Zapatero quiso cambiar de socio constituyente, sustituyendo en esa función al PP por los nacionalistas como nuevos socios principales. Ello expulso a los populares del sistema y, por tanto, los alejó de una expectativa de poder al obligarles, bien a ganar por mayoría absoluta (hazaña casi imposible) o, bien, a entrar en la subasta del “quien da más” a los nacionalistas (un terreno en el que el PP no podía entrar sin arriesgar la unidad del partido). Ese era el propósito del giro nacionalista al que Zapatero sometió al PSOE. Dejando aparte -y para otra ocasión- los costos, filosóficamente inabordables, con que dicha maniobra haya podido lastrar al principal partido de la izquierda española, la pirueta electoralista del Presidente podía haber resultado en un giro, sino diseñado, al menos celebrado, desde el punto de vista del sistema y, por tanto, desde los intereses de los electores en general, e independientemente de su voto: a saber, la maniobra podía haber logrado integrar a los nacionalistas en nuestro sistema político. Al menos en teoría -y puestos a buscarle una revuelta positiva a la ocurrencia- ese resultado deseable era además posible. Desgraciadamente para nuestro sistema político y para la generalidad del electorado, las cosas no han ido por ese camino optimista. Es un hecho que la política nacionalista de Zapatero -y no obstante su indiscutible éxito electoral- ha espoleado y radicalizado a los políticos nacionalistas, en lugar de integrarlos en nuestro sistema. La evidencia es abrumadora. Primero fue el PNV, quien, en un claro ejercicio de coherencia, solicitó al Gobierno lo mismo que éste ofreció a ETA. Es lógico. Si a ETA, que es una banda de asesinos, se le promete lo que se le promete, ¿qué no se concederá a un partido democrático que representa a tantos vascos? Por eso -y a pesar de su derrota electoral- Ibarreche va a llevar a la entrevista con Zapatero básicamente la misma canción soberanista que conocemos, acompañada del mismo estribillo anti-constitucional (porque cambia el sujeto de soberanía) de “que decidan los vascos”. Ahora, parece que toca a los nacionalistas catalanes que exigen más dinero, más autogobierno, más competencias, y sobre todo, más reconocimiento de que tal cosa es de justicia. Es lo que suele ocurrir cuando se trata de satisfacer a los insaciables. El propio Artur Mas nos lo ha explicado con precisión: el nacionalismo no tiene estación terminus; es decir, no tienen límite en sus demandas. Así pues, CIU -antes, un partido moderado y gradualista- es hoy, tras la política nacionalista de Zapatero, un partido soberanista. Una deriva extremista a la que han coadyuvado, en gran medida, los socialistas vascos y catalanes, ya que sus respectivos giros en pos del electorado nacionalista han ido dejando una impronta cada vez más alejada de una España vertebrada. Al respecto, las amenazadoras declaraciones de Montilla, en nombre de la Generalitat pero también como dirigente principal de los socialistas catalanes, resultan más que preocupantes.

Al menos, ahora parece que, por fin, empiezan a oírse voces con un timbre de izquierdas dentro del propio PSOE que abogan por una mínima dosis de coherencia socialista y de simple sentido común. Mientras la oposición del PP sestea o se dedica a estériles trifulcas internas, hay ya quien se pronuncia por políticas que busquen la solidaridad fiscal por encima de particularismos egoístas. Algún dirigente socialista destacado ha recordado (desde Extremadura) que la base fiscal somos los ciudadanos, que no los territorios. En España hay 17 Comunidades Autónomas, y el principio que ha de imperar en todas ellas es el anteriormente citado de solidaridad. Con el dinero de todos se paga al Ejército, cuyos buques acuden al rescate de a marineros vascos. También con ese mismo dinero se construye el AVE que une a Cataluña con la Meseta. Y nadie se queja, como no podía ser de otra manera. Dinero aportado por murcianos, extremeños y riojanos, entro otros. España somos todos, y por ello ha de haber una caja común, un proyecto común y una idea común de futuro. No sobra nadie.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios