Viejas tentaciones
lunes 03 de marzo de 2014, 20:45h
Acerca del debate sobre el estado de la Nación –que no está previsto en la Constitución y que es una originalidad entre los sistemas parlamentarios- se han hecho ya toda clase de comentarios y no vale la pena incidir en ese debate sobre el debate. Me pareció que Rajoy estaba a la altura de lo que se espera de un Presidente del Gobierno y que explicó sus políticas pasadas y sus proyectos de futuro con rigor en el fondo y contundencia en la forma. El vuelo bajo de algunos de los otros participantes, en mi opinión, no merece demasiada atención. Pero sí me sorprendió cómo Rubalcaba, a la mitad de la legislatura, perdiese la ocasión de mostrar que encabeza una izquierda moderna, sólida en sus planteamientos y con un sentido de Estado suficientemente construido para, sin complejos, reconocer los aspectos positivos de la acción del Gobierno, sin dejar por eso de presentarse como una alternativa fiable.
El secretario general del PSOE sigue preso del radicalismo de la época de Zapatero y su discurso puede resumirse en un rotundo “no” a todo lo que ha hecho y hace el Gobierno, pero sin aportar ni políticas alternativas ni medios creíbles para aplicarlas. Un radicalismo aquél que no produjo beneficios constatables a la sociedad española y que, por el contrario, sembró división, enfrentamiento y ruina y nos dejó sumidos en un profundo pozo del que solo muy trabajosamente –y contra tantas agoreras previsiones- estamos pudiendo salir, a un alto precio, como el propio Rajoy reconoció en su intervención. Un alto precio que están pagando la inmensa mayoría de los españoles, salvo esa minoría de aprovechados que siempre saben forrarse cuando los demás sufren.
Si comparamos el socialismo español con el que existe en todos o casi todos los países de la UE, habría que concluir que el de aquí sigue sin ponerse a la hora europea. Nada tiene que ver con Hollande, a pesar de que éste anda también un tanto perdido obligado a rectificaciones sucesivas y sin liberarse de una apabullante impopularidad. Tampoco con los intentos fracasados de Letta, víctima de un conflicto interno de su partido, del que sale vencedor Renzi que, por lo que sabemos hasta ahora, tiene hechuras muy distintas a las de Rubalcaba. Tampoco con los socialdemócratas alemanes que, sin duda haciendo de tripas corazón, han formado coalición con la canciller Merkel. Rubalcaba y su gente dan la impresión de estar en los antípodas de estos socialistas europeos con los que comparten ideología, internacional y grupo en el Parlamento Europeo pero que por sus gestos, sus actitudes y su discurso parecen más montaraces que orientados y realistas.
Oír a Rubalcaba condenar a la derecha, despectivamente, como insensible a los sufrimientos de los más marginados, repetir la ya añeja y falsa letanía de los derechos perdidos, de los recortes insufribles, haciendo a la vez juicio de intenciones de lo que está seguro –segurísimo-que son los verdaderos propósitos del PP -dejar en la ruina al mayor número posible de españoles- produciría hilaridad si no produjera pena ver en ese estado de indigencia política e intelectual al primer partido de la oposición.
Dicen algunos comentaristas que era un discurso dirigido a los suyos, en clave interna y con las futuras primarias en el horizonte. Pero eso es todavía peor porque reflejaría que la militancia socialista –y, sobre todo, sus parlamentarios- comparten ese mismo radicalismo catastrofista, apocalíptico como lo han denominado algunos, que exhibió Rubalcaba en su intervención. Echar mano de la historia, manipulada, de un niño discapacitado –víctima, en todo caso, según se nos ha contado, de la inepcia de una administración socialista- con el fin de explotar un lastimoso buenismo es de una enorme pobreza dialéctica y, además, supone una burla de la más elemental ética, exigible en la acción política.
Esta actitud muestra que el socialismo español ha abandonado el centro, que es donde se ganan las elecciones, lo cual es un descomunal error político. Y revela que el PSOE no se ha desprendido de las viejas tentaciones que tratan de excluir al PP del juego político, porque no daría la talla, según los indiscutibles baremos que maneja y administra en exclusiva la izquierda. Una actitud que, quizás inconscientemente, reniega del pluralismo, añora viejos pactos del Tinell y hasta aquel “cordón sanitario” que fue su lema hace años. El mayor inconveniente, claro está, es que aquel vituperado partido está ahora en el Gobierno y con mayoría absoluta.
Mientras oía a Rubalcaba me acordaba de la anécdota que cuenta Giscard d’Estaing en el primer volumen de sus memorias, Le Pouvoir et la Vie, que transcribo a continuación, porque tiene obvias semejanzas con nuestro presente. Eran las elecciones de 1974, en las que Giscard fue elegido Presidente de la República y que relata así la escena: “François Mitterrand, sentado frente a mí para un debate televisivo, enumeraba todas las categorías sociales a las que él dirigía sus atenciones. Implícitamente, su actitud significaba que él tenía una vocación natural a defender esas categorías y a actuar para mejorar su suerte, mientras que yo, representante de los ricos y afortunados, no tenía derecho a penetrar en ese exclusivo reducto cuidadosamente guardado. Mi irritación aumentaba –comenta Giscard- y no podía contenerla. La mostaza me subió a la nariz y exploté: ‘Usted no tiene el monopolio del corazón’ (Vous n'avez pas le monopole du coeur)”. Mitterrand, el supuesto defensor de los pobres, se quedó descolocado. Cuenta Giscard que, muy posiblemente, esa frase le hizo ganar las elecciones ya que, según los estudios sociológicos, le sumó 500.000 votos a los que ya le daban las encuestas.
Rubalcaba está donde Mitterrand hace cuarenta años. Encaramado en la supuesta superioridad moral de la izquierda, que hoy ningún socialista europeo serio se atrevería a exhibir. La vieja dicotomía de proletarios contra burgueses está más que superada y, desde luego, el socialismo no tiene ningún monopolio, aunque por aquí, en plena arrogancia, ciega y engañosa, se siguen apropiando de la patente del estado de bienestar –demostrando una flagrante ignorancia histórica- y hasta de la introducción del divorcio, que fue obra de un gobierno de UCD. Decimos a menudo, con razón, que el nacionalismo ha engañado miserablemente a sucesivas generaciones de jóvenes con una versión manipulada de la historia. Pero el socialismo, despreciando el pluralismo que es consustancial con la democracia, enseña a sus militantes un relato en la que ellos son como el Guerrero del Antifaz y la odiada derecha un atajo de bandidos sin alma y sin escrúpulos, que bastante hacen ellos con dejarlos, graciosamente, participar en lo que, por naturaleza, debería ser su exclusivo campo de juego.
Dice el PSOE que está con el Gobierno en la condena del separatismo catalán, ¡pero con cuántos matices! ¿Por qué no votó la resolución del PP que condenaba ese mismo separatismo? ¿Para no molestar a los secesionistas? ¡Qué delicadeza! Dice también que no pactará con Bildu en Navarra pero ¿se hará el loco aceptando sus votos para echar a la actual Presidenta de aquella comunidad? Menos paños calientes y algo más de claridad y contundencia le vendría bien a este partido que da la impresión de no saber dónde se anda.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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