www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La soledad era eso: los Oscar, internet y el terror

miércoles 05 de marzo de 2014, 20:59h
Los Oscar son una de las fiestas más carroceras, donde las haya. Por varias razones. La primera, porque para llegar a la alfombre roja lo correcto sería hacerlo montado en una carroza. La mayoría llega, sin embargo en limusina, como las quinceañeras del mundo occidental llegan a su fiesta de botellón ideal. La segunda, porque a los Oscar van las carrozas y los carrozas del mundo del espectáculo a intentar chupar algo de cámara en el trayecto que va de la limusina a la puerta del Kodak Theater. La tercera, porque casi todos, sobre todo ellas, van a mostrar carrocería, a veces más o menos desabollada.

Los Oscar son como los vinos de antaño, se habla mucho de ellos, pero casi todos son un desastre si exceptuamos la etiqueta y a veces la botella, delicadamente empolvada. Yo nunca he ido a los Oscar a mostrar mis abolladuras. Sin embargo sí he seguido con cierto interés no los Oscar en sí, sino la expectación que los Oscar han generado. Me pasa como con las noticias y los comentarios. Hoy en día, cuando leo diarios digitales, mi mente tiende al titular y a los comentarios de los lectores. La noticia en sí suele ser prescindible, de la misma forma que la realidad lo es. De la realidad, hace tiempo que solo sigo los titulares y los comentarios de los que pasaban por allí.

He vivido la expectación de los Oscar con los americanos, como la viven: con fiesta, cena con pizza y vino o cerveza, apuestas y muchas risas. Pero nunca he creído en ellos. Nunca me he logrado despojar de ese malvado prejuicio ibérico que te lleva a determinar que si dan un premio a alguien es a. porque no lo merece, b. porque está en edad avanzada, con pocos posibles y su viuda o viudo lo agradecerá. Los premios siempre me han parecido sustitutos a un seguro de enterramiento. Max Estrella lo merecía, pero Valle dejó claro que no debía recibirlo.

Yo ya casi no voy al cine. De vez en cuando me acerco a la filmoteca, a tomarme una cerveza o un café, y a ver las caras de los que van al cine. Al cine barato y antiguo. Casi todos son de edad provecta y entran y salen de las salas con una cara de resignación que no me da ninguna envidia. Aunque todavía menos envidia me dan esas macrosalas de la periferia. Alguna vez he ido a alguna, y me he sentido como si estuviera yendo a un desguace a por alguna pieza de mi anciano coche sueco. He sentido la misma desolación que los personajes de Kaurismaki reflejan. No me extrañan nada esas caras de resignación de la filmoteca.

Sin embargo, a pesar de no ir al cine, veo películas. Este año, me han impresionado dos: “Gravity” y “All is lost”, “Todo está perdido”. Que me impresionen no quiere decir que me gusten, sino que se me han colado en el inconsciente muy a pesar mío. Siempre he creído que las películas son elementos junguianos que muestran algo del inconsciente colectivo. Y si no lo son en origen, se cuelan en él para colonizarlo. Reflejan nuestros miedos, nuestras ansias, nuestras neuras. Y “Gravity” y “All is lost” son en ese sentido muy representativas.

Por si no la han visto, Gravity cuenta la historia de una mujer astronauta. Un buen día, mientras efectúa una misión de mantenimiento rutinaria de su estación espacial, una lluvia de detritus celeste destroza la base y deja solo dos supervivientes, Kowalsky, un bromista cincuentón, clara representación del padre, y ella. Kowalsky desaparece pronto, perdido en el espacio, escuchando sus canciones country, y queda sola ella, enfrentada al vacío, a la incomunicación, al recuerdo de su hija muerta (símbolo de su propia infancia pasada), a la soledad. Tras algunas peripecias repetitivas en las que no falta el toque chino, logra volver sola a la tierra y cae en un lago del que resurge sola, desnuda y carnal, dispuesta a todo, hasta a ser una mujer.

“All is lost”, “Todo está perdido”, es una de esas películas hechas para lucimiento capilar de Robert Redford, al que, haga el papel que haga, nunca le falta el aura dorada de un oportuno contraluz. Un hombre mayor, pero con el pelo teñido de naranja, se embarca en una navegación en solitario que le lleva a chocar con un contenedor de zapatillas de deporte. Se le hace un boquete en su barco y, tras afeitarse una vez, comer una vez, y ser arrojado por la borda varias veces, acaba en una balsa que primero hace agua, pero luego, misteriosamente, deja de hacerla. En la balsa, se hace un autocurso para aprender a usar el sextante, lo que le sirve para marcar su situación con pequeñas equis en una carta marina impoluta a pesar de los vuelcos, galernas tasmanas y soles de justicia. Por supuesto, no tiene móvil, ni ordenador portátil, ni tableta, ni un mísero gps garmin a prueba de agua, por no hablar de placas solares. No tiene nada. Ni siquiera habla. Vi la película con unos curiosos subtítulos en árabe que me parecieron de lo más adecuado. Saqué pecho y la vi hasta la última absurda escena en la que Redford asciende a un cielo/superficie ardiente, a una corona de fuego para su pelo coloreado.

Pero a lo que iba. En esta era de conexión total, de comunidades virtuales en las que nos revolcamos unos sobre otros como los chimpancés del Zoo de Berlín, o los cangrejos de Alaska, en la que no podemos vivir sin una llamada, un mensaje, un whatsapp, un twitter, algo escrito en el muro, un mísero click al menos de “me gusta”, en la que las palabras escritas y pronunciadas nos rodean llenándolo todo de ruido, en la que las eléctricas nos enchufan para que no dejemos de producir y consumir palabras, mensajes, signos y más signos, estas dos películas nos muestran el mayor de nuestros miedos, el más inmenso terror: a un hombre y a una mujer solos, sin internet, que carecen hasta del fantasma de la unión carnal. Y es que ahora más que nunca todos somos espíritu.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios