Ucrania, Crimea y Kosovo
Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 07 de marzo de 2014, 14:45h
Las tensiones en Ucrania y Crimea han hecho posible una crisis internacional que podría desembocar en una guerra. Algunos periódicos nacionales e internacionales titularon algo así como: “La Tercera Guerra Mundial”.
Esta crisis me ha encontrado leyendo el reciente libro de Margaret Mac Millan: “1914. De la paz a la guerra”. La historiadora anglo-canadiense nos describe la Europa inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial. Es un libro sugestivo porque comprendemos que aquel tremendo conflicto pudo evitarse en todo momento.
En 1914, ninguna potencia quería entrar en una guerra europea generalizada, y cuando ésta se desencadenó -debido a las alianzas militares defensivas-, la opinión pública de los países beligerantes, y sus respectivos gobiernos, estaban en la idea de que la guerra terminaría en unas pocas semanas.
Leer ese libro me produjo también cierta sugestión. Como los europeos de hace cien años, los que vivimos en este nuevo siglo tampoco creemos que el caso de Crimea y de Ucrania pueda provocar una guerra generalizada. Pero las semejanzas con Sarajevo y Serbia de comienzos del siglo veinte aparecen como constantes amenazadoras.
Sin embargo, el riesgo de otra guerra mundial es hoy muy inferior. Europa ha aprendido de sus dramáticos errores de 1914, y de 1939. Pero la memoria es flaca, sobre todo en estos tiempos en los que la Historia se ha trasmutado en propaganda. Lo nuevo, lo que da confianza a los que opinamos que la guerra es siempre nefasta, es que ahora toda Europa está aliada a los Estados Unidos de América; en otras palabras, existe una alianza de las democracias que nunca anteriormente existió.
La OTAN es su expresión. La negativa de Victor Yanukovich a aceptar un acuerdo comercial de Ucrania con la Unión Europea fue, no lo olvidemos, la causa de la rebelión ciudadana que acabaría con él. Un simple acuerdo comercial no explica el radical enfrentamiento entre partidarios pro-europeos y contrarios pro-rusos. La negativa de Yanukovich ocultaba -aunque a medias- la cerrada oposición de la Rusia de Vladimir Putin a que los antiguos aliados de la URSS se integrasen en el sistema defensivo occidental.
Rusia no tuvo más remedio, cuando internamente estuvo debilitada, que aceptar que la OTAN llegase a sus fronteras. Estonia, Letonia y Lituania como ejemplo particularmente doloroso para los rusos. Pero Ucrania es el límite. Fundamentalmente porque la Península de Crimea, aunque sea una “República Autónoma” de Ucrania, sigue siendo el territorio donde la flota rusa puede salir al Mediterráneo. Y Rusia, ahora, vuelve a ser una potencia global, con estratégicos intereses en lugares como Siria e Irán.
Crimea pasó a ser parte de Ucrania en 1959, cuando el máximo dirigente soviético, Nikita Kruschev, la desvinculó de Rusia. Kruschev, que había hecho parte de su carrera como militante comunista en Ucrania, quiso con ese gesto congraciarse con los ucranianos, un pueblo masacrado por Stalin. El gesto formaba parte de la política de “desestalinización” que Kruschev estaba impulsando.
Pasar Crimea de Rusia a Ucrania fue una decisión que se sustentaba en el federalismo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Realmente, el federalismo soviético era una cobertura seudo-jurídica del auténtico y único poder de aquel Estado: el Partido Comunista de la URSS. Crimea dependía de ese poder, y para Moscú era igual que estuviese formalmente en la República Socialista Rusa o en la de Ucrania. El federalismo soviético negaba cualquier derecho a los habitantes de sus Repúblicas, aunque se presentaba como la fórmula más perfecta de la descentralización de su tiempo.
Ese federalismo no pudo cumplir ninguno de los objetivos de cualquier federalismo democrático, por ejemplo, el primero de todos, el norteamericano. El federalismo de Estados Unidos no fue sólo un método para descentralizar el gobierno, y los demás poderes estatales, sino que constituyó la fórmula para garantizar los derechos de cada ciudadano frente a esos poderes. Así, en Estados Unidos, los oriundos de Rusia, de Ucrania, de Crimea, etcétera, pueden convivir sin ningún problema como ciudadanos en la misma ciudad y en el mismo Estado de la Unión.
Ese proceso democrático nunca se ha producido en Rusia. Tampoco en la Ucrania que estuvo integrada en el Imperio Ruso, y después en la URSS. En la parte de Ucrania que perteneció al Imperio Austro-Húngaro, aunque con las limitaciones que tuvo la democracia en esa Monarquía, sus habitantes gozaron de libertades como ciudadanos. En la zona rusa -y Crimea tiene tanta tradición rusa como carece de una mínima tradición democrática-, la propuesta federal que acaba de proponer la canciller alemana, Angela Merkel, suena a algo desconocido.
Crimea propone votar su adhesión a Rusia. Vladimir Putin está detrás, contemplándolo todo con esperanza. Tiene un argumento a su favor. El pasado histórico no podría alegarse pues viola las leyes internacionales. Pero ahí está el nefasto precedente de Kosovo: en 2008 Kosovo se separó de Serbia con aprobación de la OTAN. Ni Rusia, ni Serbia, y tampoco España, reconocieron esa violación de las leyes internacionales. (El ministro ruso en Madrid fue significativo). ¿Qué sucederá cuando Crimea se separe de Ucrania? Parece que las democracias atlánticas no irán a la guerra por esa península. Pero será una cesión humillante ante Rusia. Consecuencia de un modo de actuar que se basa en que los principios democráticos no se respetan siempre en política internacional.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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