Deriva autoritaria en Turquía
domingo 09 de marzo de 2014, 08:39h
No se puede negar que el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, impulsó a comienzos de su mandato una serie de reformas en diversos ámbitos encaminadas hacia el asentamiento de la democracia en Turquía y con la vista puesta en poder optar a formar parte de la Unión Europea. Sin embargo, esa postura del líder del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) fue cambiando de manera tan progresiva como alarmante en una línea que no se correspondía precisamente con el talante democrático que proclama tener. No han sido escasos los momentos en los que los turcos han protagonizado multitudinarias manifestaciones de protesta frente a clarísimos signos de una deriva autoritaria del Gobierno islamista. Como el verano del pasado año, en el que cientos y cientos de ciudadanos se echaron a la calle. Parece que esas protestas contuvieron que Erdogan y su Ejecutivo, que en un primer momento respondieron de forma violenta, se lanzaran cada vez más abiertamente a alejarse de la moderación y el gobernar para todos, y se echasen en brazos sin titubeos de una posición que no puede llamarse en rigor democrática en toda su extensión y contenido.
Ahora, sin embargo, han vuelto a saltar las alarmas y la oposición turca ha advertido que el Gobierno está mostrando señales de radicalización y carácter antidemocrático. Parece ser que se pretende mediante leyes y decisiones muy cuestionables acabar con la separación de poderes y limitar la libertad de prensa y de expresión, pilares imprescindibles de todo régimen democrático. Y que ello está en relación con las sospechas y acusaciones de corrupción hacia el Gobierno, que Erdogan quiere parar como sea. Así, acaba de promulgarse una ley que proporciona un gran control y margen de maniobra al Gobierno en el nombramiento de jueces y fiscales, y otra que permite al Ejecutivo bloquear páginas web sin necesidad de autorización judicial previa.
Por otro lado, en esta misma ofensiva, el Gobierno pretende prohibir Facebook y YouTube, que, según Erdogan, incitan “a la inmoralidad y al espionaje”, al igual que considera Twitter “una de las peores amenazas para la sociedad”. Se da la circunstancia de que en YouTube aparecieron varias grabaciones que presuntamente implican a Erdogan en casos de corrupción y abuso de poder.
No obstante, más allá de esta presunta corrupción, el devenir de Turquía resulta paradigmático del muy difícil encaje entre el islamismo, por muy moderado que se presente, y unos principios auténticamente democráticos. La deriva autoritaria siempre está acechando a Turquía -muy significativamente Erdogan es un acérrimo defensor de Mohamed Morsi y de los Hermanos Musulmanes egipcios-, y parece impedir esa verdadera democracia que desea la mayoría de sus ciudadanos. Esperemos que Erdogan recuerde sus comienzos y no caiga definitivamente en la tentación autoritaria.