Panero, en el reino de las sombras
Joaquín Vila
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directorelimparciales/8/8/20
domingo 09 de marzo de 2014, 13:21h
Se mueren los poetas, les matan los versos que les resquebrajan el alma, la misteriosa luna, las metáforas y hasta los amigos. Todos. Y todos dejan sobre la tierra sus surcos líricos, su cosecha, su vida repleta de semillas que germinan como el trigo dorado. Algunos sólo dejan estiércol putrefacto.
Ahora se ha ido Luis María Panero, el más loco de los locos. O el más iluminado. Llevaba media vida encerrado en un psiquiátrico. No era de este mundo. Y, es verdad, estaba ido. Se le notaba hasta en la cara, en los ojos desvariados, en la boca desdentada, en la piel descarnada por la soledad (“deseo de ser piel roja”). Pero se fue a donde quiso, a su paraíso, a su soledad, a su nube de papel y tinta. Feliz él. Y felices los que disfrutamos con su bendita y emocionante locura.
Luis María Panero era un extraño en la Tierra y, por eso, porque no era de este mundo, prefirió recluirse voluntariamente. No estaba loco. Locos estamos los demás. Pero él no quería saber nada del mundo que le rodeaba y se encerró, con todas las consecuencias, en un psiquiátrico. Allí no tenía que aguantar a nadie, ni hacer el paripé, ni hablar con estúpidos, ni aguantar a los memos, que son millones. ¡Qué envidia!
Solo escribía y fumaba como una chimenea incombustible, mientras su cuerpo se deterioraba, pues, además, bebía como un cosaco en plena tormenta del Cabo de Hornos. Se alejó para vivir en paz, para escribir, beber y fumar sin parar, para vomitar con versos como misiles la mierda que lo impregnaba todo. Se fue de los arrabales y de las alcantarillas.
Pero la Literatura española ha perdido a un poeta. Un tipo peculiar, embutido en su vaporosa atmósfera de maldito, de libre, de rebelde, de extraño, de solitario, de desastroso, de desgarrado…Pero un poeta de verdad, con el alma sangrando a borbotones por el espanto que le corroía, por el espectro de su pasión y que esculpía su poesía con el abrasivo cincel de su genio y con su espeluznante fantasía.
Y prueba de ello son estos dos poemas que reproduzco a continuación. El primero es un fragmento de su obra "Deseo de ser piel roja”. El otro es una de las más enigmáticas y bellas poesías que escribió.
"El caballo de hierro cruza ahora sin miedo
desiertos abrasados de silencio.
Deseo de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto y no hay tambores
para hacerlo volver desde el reino de las sombras"
Y el otro poema dice así:
"He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado"
Publicó por primera vez, en 1968, el poemario "Por el camino de Swant", al que siguieron "Así se fundó Carnaby Street" (1970), "Teoría" (1973) y otras muchas de carácter autobiográfico, entre ellas una antología poética en 2003, con la que obtuvo el Premio Estaño. Era de estaño y vivía en una nube de poesía repleta de garfios. Así sentía Panero, así escribía:
“Fetidez del dolor
Mal olor de las lágrimas
espanto de existir
a solas con la nada”.
Se fue envuelto en el humo de miles de cigarrillos, de su soledad, del espanto de existir, de su rebeldía y escupiendo como una metralleta la belleza de los truenos de su poesía. Truenos que espantarán a los melifluos, que no entienden que para ser un buen poeta, hay que sufrir. Y él sufrió más que nadie. Por eso, fue capaz de lanzar dardos en forma de versos “A solas con la nada, abrazado de silencio”
Sitting Bull ( toro sentado) ha muerto. Está en el reino de las sombras. Allí seguirá escribiendo y escupiendo obuses cual sonetos.
Ya lo dijo él:” Hace mucho tiempo que llegué aquí: a este lugar en donde termina la vida del hombre. Dicen que me trajo un ciervo… un ciervo enloquecido golpeando la página, golpeando la página hasta morir”
Y se murió.
Quizás, por fin, feliz.
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Director de EL IMPARCIAL
JOAQUÍN VILA es director de EL IMPARCIAL
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directorelimparciales/8/8/20
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