Crimea
lunes 10 de marzo de 2014, 20:08h
La crisis de Ucrania se ha convertido, casi de inmediato, de un día para otro, en la crisis de Crimea y todo gira ahora en torno a su proyectado referéndum –ilegal no solo según el gobierno de Kiev sino también para EE UU y la UE- previsto inicialmente para el día 30 y que ahora parece que se adelanta, precipitadamente, al próximo domingo, día 16. Que Crimea era un punto de fricción entre Moscú y Kiev era algo que se sabía desde la independencia de Ucrania y a muchos expertos les extrañó que en 1992, cuando se configura la situación actual, los rusos no presionaran más para intentar recuperar la península -base de su Flota del Mar Negro, y cedida a Ucrania, por Kruschev solo desde 1954- quizás porque Rusia se sentía débil en aquel momento, aunque caben otras interpretaciones a las que aludiremos a continuación.
Lo de Crimea es un caso más –el más tardío, sin duda- de la política de establecimiento de fronteras interiores dentro de la Unión Soviética y de la propia República Socialista Soviética de Rusia, que Stalin llevó a cabo desde 1922 –fecha en que se firma el Tratado de la Unión, que creó la URSS- hasta por lo menos 1924-25. Con el pretexto de llevar a cabo un proceso de “delimitación nacional”, el zar rojo aplicó una política de divide et impera, que de hecho consistió en una compleja y astuta operación de “ingeniería política”. Se trataba de impedir que ninguna de las divisiones administrativas que se crearon –repúblicas federadas o, las menos importantes repúblicas autónomas- fuera étnicamente homogéneas, con el patente propósito de prevenir la futura reaparición de movimientos reivindicativos de índole nacional. En su momento estudié detalladamente este proceso de trazado de fronteras interiores, en un libro sobre la Unión Soviética, continuación del sí publicado sobre La Rusia de los Zares, pero que, por diversa razones no ha visto todavía la luz.
Hasta 1783, en que fue conquistado por Catalina II, la llamada Grande, Crimea era un khanato tártaro, musulmán, la última “Granada” que quedaba de la ocupación de los mongoles (el otro nombre de los tártaros). Las otras “Granadas”, Kazán, Astrakhán y Sibir, se habían incorporado al imperio ruso ya desde la época de Iván el Terrible. La zona de Crimea y, en general, la costa del mar Negro, fue colonizada con entusiasmo e ilusión por los conquistadores rusos –con historias polémicas como de la los “pueblos Potenkim”, presuntamente falsos- que denominaron a la región “Nueva Rusia” y fundaron ciudades con nombres de resonancia griega (Catalina soñaba con la conquista de Constantinopla y el restablecimiento del imperio bizantino bajo el cetro de alguno de sus nietos, seguramente Constantino, que no recibió ese nombre por casualidad). Entre esas ciudades está Sevastopol (transposición rusa de la versión griega sevaste polis del latín Civitas Augusta –que se convertiría en base de la Flota del Mar Negro- y Odessa, en recuerdo de la antigua colonia de la Grecia clásica de Odessos (No he encontrado en Los mitos griegos de Robert Graves conexiones de este topónimo con Ulises-Odiseus ). Por cierto que en la fundación de esta última ciudad fue muy importante la aportación del español vicealmirante Ribas, que se había puesto al servicio de Catalina.
Aunque los tártaros que pudieron se trasladaron al cercano y musulmán imperio Otomano, otros muchos se quedaron en su tierra, bajo el dominio, sin duda poco cómodo, de los rusos. Muchos años más tarde, en plena II Guerra Mundial, Stalin incluyó a los tártaros de Crimea en lo que él denominó “pueblos traidores” y los deportó, en masa, a Asia Central, el antiguo Turquestán ruso. Murieron muchos en el traslado y muchos más en su obligado destino. Solo pudieron regresar –no los deportados, evidentemente, sino sus hijos y sobre todo sus nietos- en 1989, cuando en la URSS era Gorbachov el líder supremo, como secretario general del PCUS. El regreso no fue feliz, pues los tártaros se encontraron con el rechazo y la virulenta islamofobia de la mayoría rusa, que había ocupado el vacío que ellos habían dejado. Desde entonces las relaciones entre esos pueblos diversos no han mejorado mucho y los actuales acontecimientos han agudizado el enfrentamiento, pues los tártaros prefieren Kiev a Moscú, que les trae muy malos recuerdos. Lo mismo que piensan los ucranianos, minoritarios en Crimea.
Con Crimea ocupada por los rusos –disfrazados de “fuerzas autónomas de defensa”- parece imposible para el gobierno de Kiev impedir la celebración del referéndum que, con toda probabilidad dará una mayoría aplastante a la mayoría que desea la reintegración en la Federación Rusa. Según una encuesta realizada entre 8 y el 18 de febrero pasado, mientras en la Ucrania del oeste nadie quiere la unión con Rusia, en el centro del país el porcentaje oscila entre el 2 y el 5 por ciento. Ya en el este ese porcentaje sube (15% en la región de Kharkiv; 24 % en Luhansk y Odessa; 33 % en Donestk). En Crimea se registra el porcentaje más alto: un 41%. Si pensamos que la mayoría ruso-parlante en la península es del 60%, no es una cifra excesiva y parece confirmarse la opinión de los expertos, según la cual no todos los de la mayoría de habla rusa, desean la integración en la Federación de Rusia, a pesar de la brutal campaña a que están sometidos. Evidentemente, ni la minoría ucraniana de la península, ni la tártara estarán a favor de la integración en Rusia. Estos últimos parece que se proponen boicotear el referéndum.
Moscú, por supuesto, considera legítimo el referéndum y el derecho a separarse e incluso de unirse a Rusia de los crimeanos. Asimilando situaciones que, sin duda, son distintas y nada comparables, estiman que si EE UU apoyó la secesión de Kosovo respecto de Serbia, por qué no van a apoyar ellos la secesión de Crimea. Ya cuentan además con los precedentes de Abjacia y Osetia del Sur, arrebatados a Georgia. Pero es todo un enigma imaginar que hará Putin tras el referéndum, sobre todo si, como es seguro, es favorable a los “unionistas”.
Algún experto ruso ha escrito que al Presidente ruso no le interesa incluir a Crimea en Rusia pues, por lo pronto, le crearía un problema insoluble con los Estados Unidos y la Unión Europea, que no transigen en la cuestión de la integridad territorial. Aparte de que la imposición de sanciones alteraría gravemente los flujos económicos entre Rusia y los países occidentales. No hay más que ver cómo han caído la Bolsa de Moscú (que no existía en tiempos soviéticos) y el rublo. Rusia pude utilizar el arma del gas, vital sobre todo para Alemania, pero no la interesa tensar demasiado las relaciones con la gran economía germana y, además, tanto interés tienen los alemanes en comprar el gas ruso como los rusos en venderlo. No se lo van a tragar.
Por esas razones algunos piensan que Putin quizás prefiera que Crimea siga en el ámbito territorial de Ucrania, bajo su soberanía teórica pero convertida en un protectorado de facto, en el que Moscú pueda hacer y deshacer a su gusto. Los privilegios de la Flota se ampliarían aún más y aunque recientemente se ha firmado el alquiler de la base hasta 2042, podría extenderse ese compromiso indefinidamente. Con una Crimea controlada, aunque bajo la soberanía teórica de Kiev, Putin contaría con un instrumento de presión que podría ser de influencia decisiva en la política ucraniana, siempre que lo considerase necesario. Y quedaría muy lastrada la voluntad, aparentemente mayoritaria de los ucranianos, de acercarse cada vez más a la UE, e incluso de llegar a integrarse en ella.
La crisis de Crimea tiene todavía ante sí, según todos los indicios, un recorrido largo y complejo. Es muy probable que, al final, haya conversaciones directas –ya previstas, por medio de un denominado grupo de contacto- entre Moscú y Kiev y que, una vez más, los occidentales lleguen tarde al desenlace. Su baza decisiva sería volcarse, desde ahora mismo, con la ayuda masiva que necesita Ucrania para no caer en la bancarrota. Pero para eso hace falta aflojar los cordones de la bolsa y no se ve, por el momento, ningún deseo en ese sentido. Ojalá nos equivoquemos. Putin está llevando la iniciativa, después de lo de Georgia, en cuestiones como las de Siria e Irán y no sería sensato regalarle una nueva victoria en el tablero de la política internacional. Pero para eso Washington y Bruselas tienen que ponerse las pilas, lo que es complicado con las elecciones europeas a la vista y la obligada renovación de la “cúpula” de Bruselas. Además, habrá que responder a la ofensiva ideológica post-soviética de Putin, de la que otro día nos ocuparemos.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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