11-M: la noche más oscura
lunes 10 de marzo de 2014, 20:14h
Hasta el momento nunca en mis artículos he empleado la primera persona. Creo que en esta ocasión bien puede valer la pena. Hace diez años fui, desgraciadamente para mí y para todos nosotros, testigo directo de los acontecimientos que tuvieron lugar en la ciudad de Madrid el 11 y posteriores días de marzo, pues ocupaba entonces (llevaba solo unos meses en el mismo) el cargo de viceconsejero de Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid. Nunca antes había escrito sobre ello y tampoco ha sido un tema del que me haya gustado hablar. Supongo que un mecanismo de autodefensa ha operado inconscientemente en mi interior para reprimir el recuerdo doloroso, las terribles imágenes, el inmenso abatimiento que se apoderó de todos los que pasamos por esa experiencia y, en general, de todo un pueblo.
Tuve la ocasión de acudir a una de las estaciones poco después de que estallaran las bombas. El respeto a los que allí dejaron sus vidas me impide una completa descripción de lo que pude presenciar: imágenes, olores… y silencios, terribles silencios, solo interrumpidos por las melodías de los móviles, primera señal de una búsqueda que había de concluir fatalmente en Ifema. Este era el último lugar al que se deseaba ir. Entre las imágenes que más me impactaron de ese día recuerdo que, sobre el mediodía, la zona habilitada en el centro ferial estaba llena de sacerdotes de diversas confesiones que esperaban la llegada de quienes sólo al final de la tarde, agotadas todas las posibilidades y abandonada toda esperanza, acudieron a afrontar su terrible destino.
Fragilidad y frialdad. Dos nombres abstractos que resumen lo que sentíamos quienes asistíamos a esa bacanal del horror. Cuando uno contempla a un ser querido fallecido, inerte, siempre siente que la vida es un hilo muy débil, que ese maravilloso capítulo que es nuestra existencia no es sino un capricho, una casualidad cósmica, un hilo que puede ser cortado en cualquier momento. De manera parecida a la contemplación del firmamento estrellado, nos estremece pensar que un ser que tanto nos ha aportado con sus actos, sentimientos, gestos… pueda quedar reducido al estatus de cosa en cuestión de segundos. Podría sucumbirse a la tentación de pensar en esos momentos que lo natural es la muerte, y algo de ello llegó a acaecer en el hangar 6. Y junto a la fragilidad, la brutalidad. Las Moras de esa mañana no eran sino hombres que fríamente, parapetados en el poder de una tecnología al alcance de todos, podían fingir no ser los ejecutores directos de un sacrificio masivo. Nos negamos a pensar, a admitir, desechándolo inmediatamente, que hay seres humanos como nosotros (que nosotros) capaces de abrir de par en par las puertas del Hades.
Pero en medio de ese inmenso terror, de esa incomprensible barbarie, el hombre es todavía reconocible como tal; es más, es en dichas ocasiones cuando el hombre vuelve a ser plenamente hombre. La reacción ciudadana fue una luz de esperanza en esa infinita oscuridad, los voluntarios, los donantes, los familiares cuya entereza y dignidad fueron ejemplo para todos ante la tentación del desfallecimiento, los profesionales cuya actuación, no siempre reconocida, es todavía citada como modelo en los más diversos puntos del planeta (he sido testigo de ello) y cuya entrega en esos días siempre debiera reconfortar nuestra horas más bajas de autoestima nacional… son muestras de lo señalado.
Dos reflexiones finales.
Recuerdo que esa noche, sobre las tres o cuatro de la mañana, mientras los forenses (dependientes de la Comunidad de Madrid) continuaban con su imprescindible labor de dar nombre a la Muerte, de recuperación de la dignidad de quienes hacía unas horas habían sido borrados (no para siempre), se acercó a hacia donde estábamos un voluntario que calladamente repartía bocadillos. Cuando reparé en su rostro reconocí a un célebre actor español. Su entrega, el anonimato de su labor y dolor, entonces y aún después, merecen ser recordados.
Un último apunte de carácter más personal. Un año y medio después de esa hecatombe nació mi primer hijo, quizás en parte fruto de un impulso inconsciente por vencer a la muerte, algo por lo demás frecuente en sucesos parecidos. Al misterio de la muerte se le contraponía, o mejor dicho, se le unía ahora el misterio de la vida. Comprendí entonces que el puerto de origen y el de destino son uno mismo y eso mitigó en parte la angustia que había anidado un año antes. Con todo, para mí el 11M nunca será un frío acrónimo. Son 192 personas, con cuyos nombres, por razones profesionales, llegué a familiarizarme, y que nunca trataré de olvidar.