Cómo se escribe cuando todo el mundo escribe (I)
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 14 de marzo de 2014, 19:51h
Una ciclogénesis violenta de letra impresa y “electrónica” o virtual amenaza con anegar todo el planeta y, de manera singular, algunas naciones, entras las que se encuentra España, no ha mucho también devastada por el analfabetismo y la agrafía. De no interponerse ningún fenómeno de robusta entidad y largo alcance, no resulta desechable la hipótesis de que, de continuar la deriva escriturística, los muchos males que aquejan hodierno a nuestra patria no tarden en desaparecer con el naufragio puro y simple del país en un diluvio incontenible de toda suerte de bibliografía.
Entre las muchas realidades positivas y gozosas traídas por el advenimiento de la democracia a finales de la centuria pasada se contó el acrecentamiento espectacular de la ya muy poderosa durante el tardo-franquismo industria editorial. El ensanchamiento espiritual de la sociedad debiose en ancha medida a la publicación incesable de todo género de obras, al mismo tiempo que al alumbramiento de un nueva sensibilidad cultural, más receptiva a las principales manifestaciones del talento artístico, literario y científico. Expresión muy esperanzada de ello fue el cultivo intensivo de un género no desconocido en las muy variadas y ricas letras españolas, pero sí no roturado ahincadamente como el memoriográfico, también calificado más popular e inexactamente “memorialístico”. Conforme ha recordado el articulista en varias de sus incursiones por tan sugestivo hecho, el plausible desarrollo de las Autonomías con el consiguiente robustecimiento de los poderes locales –Municipios y Diputaciones- favoreció en elevado grado su generalización, revelándose en ocasiones las redes clientelares potenciadas por dicho fenómeno a través de la expansión incontenible de tal literatura de recuerdos y memorias personales, dados a la luz por las rotativas de Ayuntamientos, Consejerías y demás órganos de gobernación edilicia, provincial y regional. Dato, sin duda, plausible, pero que, a no contar en gran parte de los casos con mínimo control de calidad, dio pronto vado a su justificada crítica, tanto más cuanto que el presupuesto de tal literatura concernía a caudales públicos, aportados por la contribución de los ciudadanos. En fechas últimas, los recortes de la crisis afectaron igualmente a las citadas partidas, bien que no de manera resaltada, por lo común. No obstante, la señalada circunstancia no se visualizó en demasía, al haber sustituido la iniciativa privada –corporaciones crediticias varias, organismos paraestatales, grandes compañías mediáticas y empresas de gran porte, etc.,- el mecenazgo más o menos caciquil de la primera. Y, finalmente, las facilidades del mercado para imprimir a costa del peculio particular de los autores los frutos de su minerva y afición por las musas acabaron por anular casi por entero el efecto de las consecuencias indicadas.
Marea infinita, pues, que sitúa la comprensión del fenómeno literario en parámetros inéditos de sociología y crítica. Aquí, por supuesto, ni siquiera rozaremos su importancia, apuntando tan sólo a otro de no menor relevancia y de especial atractivo para el cronista. Frente a la inundación referida aumenta, en forma, a las veces, casi inembridable, la curiosidad por esculcar en los secretos de la creación libresca: mediante qué mecanismos –anímicos, ambientales, fisiológicos, incluso- se pone en marcha la escritura, en particular, la de naturaleza literaria o aspiraciones estéticas. En todo tiempo, los autores fueron, generalmente, reacios a confesiones de tal tenor, pese a la avidez con que el público recibió sus declaraciones. Comprensible en épocas pasadas, cuando las minorías titularizaban así la creación como la recepción de la literatura, lo es hoy mucho menos, dadas la socialización y hasta la masificación del bello e intrincado arte de escribir. En modo alguno se aboga desde estas líneas por el reforzamiento de los “talleres de escritura” o de las visitas a los Institutos y centros de formación secundaria de los divos del periodismo o la novela, en las que las plumas más cotizadas en las tribunas mediáticas más difundidas hablan acerca de los “secretos” gremiales de su profesión, cara a unos oyentes de ordinario desprovistos del bagaje cultural indispensable en un análisis conceptual de cierto gálibo. La cuestión, indudablemente, es más compleja y enrevesada, como se intentará abordar en un próximo artículo.