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RESEÑA

Leonardo da Vinci: Tratado de Pintura

domingo 16 de marzo de 2014, 13:19h
Leonardo da Vinci: Tratado de Pintura. Traducción de David García López. Alianza. Madrid, 2013. 392 páginas. 14,80 €
El Renacimiento está marcado por un hecho fundamental: el redescubrimiento del mundo clásico. Es tiempo de recuperación de los textos griegos y romanos y de una manera de hacer alla antica. Es un redescubrimiento, una renovatio vetustatis, el renacimiento de la Antigüedad.

De ese estudio del pasado, los autores renacentistas extraerán su saber y seguirán avanzando. Algunos artistas tratarán de contribuir al progreso de las artes con tratados inspirados en textos como el De Architectura Libri Decem, más conocido como el Vitruvio. Así tenemos a Leon Battista Alberti con grandes aportaciones al estudio de las artes como De re aedificatoria, De statua o De Pictura.

A diferencia de Alberti, Leonardo da Vinci no era un humanista. Aunque había nacido en pleno Renacimiento, él no se consideraba un hombre de letras y no posee ese entusiasmo por el mundo antiguo. Su saber se basó únicamente en la observación de la naturaleza a través de la experiencia y desarrolló toda una ciencia dedicada a conocer cómo habían de pintarse las cosas atendiendo a cuestiones de física, de óptica, de anatomía, de modo que logró hacer de la pintura un hecho racional y no intuitivo.

Leonardo fue, por tanto, un ávido observador de la naturaleza, y extrajo de ella el saber para imitarla a través de la pintura. El maestro lo observaba todo, desde el detalle hasta la visión de conjunto, anotaba sus ideas y llenaba cuadernos y cuadernos con sus dibujos que trataban de discernir las leyes que debían regir la manera perfecta para pintar un cuadro.

Leonardo da Vinci, el genio que nos legó el mejor retrato de la Historia, gestaba un gran proyecto: elaborar con sus notas y sus apuntes un tratado que abarcase todos los saberes necesarios para lograr la perfecta imitación de la naturaleza en la Pintura.

Como buen genio, el maestro siempre tenía algún pensamiento en su cabeza, de una idea pasaba a otra, observaba, meditaba, escribía, y frecuentemente dejaba sin terminar algunas de sus obras. Era como si siempre hubiese un nuevo aspecto, una nueva consideración o reflexión importante que le apartaban de su trabajo: la anatomía, la zoología, la ingeniería, la mecánica, la música, la óptica, las matemáticas, la perspectiva, así como tantas otras ramas del saber que le permitían aproximarse al conocimiento de todas las cosas. Quizá sea esta la razón por la que el florentino nos dejara tan pocas pinturas finalizadas.

Todos los legados, escritos y dibujos, pasaron a la muerte de Leonardo a manos de su fiel discípulo Giovanni Francesco Melzi, quien comenzó a ordenar metódicamente los textos de su maestro, puesto que las notas de Leonardo habían sido escritas de forma muy desordenada, fruto de los impulsos que le llevaban de un tema a otro, dejando una obra fragmentaria. Melzi trabaja en ellos y los custodia hasta su muerte pero no puede lograr la edición final del tratado. A partir de ahí la obra escrita de Leonardo se disgrega y en parte se pierde para siempre. El Tratado de Pintura, o lo que quedaba de él, ve la luz finalmente en 1651.

El texto que hoy nos llega corregido y ordenado, completado hasta donde ha sido posible, nos da la posibilidad de leer de la mano del maestro sus observaciones, apreciaciones, razonamientos, elucubraciones. En primer lugar, cómo considera la pintura la primera de las artes, por encima de la poesía o de la escultura. Después Leonardo nos lleva a sus disquisiciones sobre cuáles son las virtudes que debe poseer el buen pintor, se adentra en la anatomía del cuerpo y cómo éste debe ser pintado según los sentimientos o las vivencias que experimenta -el motto dell’anima-. Nos habla de cómo pintar los vestidos y atuendos, de cómo son los colores, la luz y las sombras, los brillos y los reflejos. Quedan para el final el estudio de los árboles y plantas así como el modo de pintar las nubes.

Podemos, a través de esta lectura, hacer una inmersión en la mente del genio, y dejarnos tutelar por él en el arte de la pintura. Descubriremos con sorpresa cómo se adelantó, entre otros, a los descubrimientos de la física y de la óptica que se formularían siglos después, pero sobre todo hallaremos una mente que se cuestiona acerca del por qué de las cosas y da respuesta audaz de acuerdo con la época en que vive. Leer a Leonardo es, sin lugar a dudas, un gran placer.

Por Pedro Ortega
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