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Felipe González, Catalunya y la Historia

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 29 de marzo de 2014, 19:33h
En uno de los debates televisivos más enjundiosos de los meses transcurridos del año de gracia actual –el entablado por el presidente Artur Mas y el expresidente Felipe González-, éste advirtió en sus preliminares que en su argumentario excluía de entrada las consideraciones históricas, sin aclarar las razones de tal pauta, aunque tal vez no hiciera falta, dada justamente la inclinación casi obsesiva de los nacionalismos por legitimarse, de modo casi exclusivo en no pocas ocasiones, por la apelación a las gestas y héroes de su pasado. Comúnmente, sus líderes merecen la más alta calificación en el dominio de su asignatura, conformada de ordinario por tópicos, deturpaciones y verdades descontextualizadas (es decir, incompletas), por lo que resulta siempre arriesgado polemizar con ellos, incluso a personajes del vigor dialéctico de F. González y de la relativa cultura historiográfica del expresidente, sin duda el más cultivado entre los de su misma condición, con la salvedad –bien peraltada- de Leopoldo Calvo-Sotelo.

Sino que, al comportarse así, el prohombre socialista dejaba en manos de su muy perspicaz adversario arma tan importante en los palenques de controversias de la naturaleza de la indicada como la historia. Por contera, en su postura F. González se identificaba con la adoptada –sorprendentemente- hodierno hasta por muchos servidores de Clío, no se sabe si avergonzados de su impecune oficio, hoy tan degradado por tertulianos y demás profesionales mediáticos –a la cabeza, guionistas y directores de cine- así como por incontables y sedicentes fautores de la cultura edilicia, autonomista y nacional, o por un incomprensible déficit de autoestima gremial. Si tal es la actitud de las gentes acabadas de mencionar, se entiende que los participantes en discusiones públicas huyan como del diablo de referencias y apelaciones históricas, abstractas y un sí no es difusas para el ciudadano medio, y atiendan sobre todo a estadísticas y cifras, de lenguaje mucho más concluyente, a sus ojos, que los excursos por un pasado sin presencia viva en la formación de los españoles de a pie.

Y, sin embargo, sólo en él se podrá hallar la clave –o claves- de nuestra identidad, de los acontecimientos y fenómenos que hicieron, en un proceso multisecular, de los habitantes de la península y sus hermosos archipiélagos uno de los pueblos más creadores y decisivos en la aventura humana, aún sin fecha de caducidad. ¿La tendrá ya la nación española? Es muy atrevido predecirlo. Mas de abandonar desde un principio los saberes y lecciones proporcionados por un ayer milenario, es indubitablemente seguro que sus días se acortarán, y acaso de manera acelerada.
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