www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Varapalo a Hollande

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 31 de marzo de 2014, 12:58h
Los resultados de las elecciones municipales en Francia representan una derrota espectacular para el Partido Socialista y, muy especialmente, para su líder, el Presidente Hollande, aunque él no se presentaba directamente a estos comicios. Tras perder 155 ciudades de más de 9.000 habitantes, los socialistas soportan sus peores resultados en muchos años. Y Hollande, cuando todavía no han pasado dos años desde que llegó al Elíseo, se encuentra en una situación comprometida que le obligará a un cambio inmediato de gobierno que, con toda probabilidad, incluirá también al primer ministro, Jean Marc Ayrault. Tanto el Presidente como el primer ministro andan en cotas de impopularidad superiores al 70 por ciento, inhabituales en un equipo que no ha llegado todavía a los dos años de su mandato, que se cumplirán el 15 de mayo, fecha de su toma de posesión en 2012.

El único consuelo en este panorama después de la derrota socialista es la cómoda y brillante victoria en la alcaldía de París de la gaditana de San Fernando Ana (Anne) Hidalgo, a quien he tenido la oportunidad de conocer y que ya había demostrado su capacidad de gestión y sus capacidades políticas como mano derecha del anterior alcalde socialista, Delanoé. Pero los comentaristas franceses entienden que se trata de una victoria muy personal, basada en que Hidalgo ha sabido unir tras su candidatura a toda la izquierda –tan dividida en Francia- algo que no han logrado otros muchos candidatos socialistas.

La responsabilidad de Hollande en esta debacle parece bastante evidente pues se trata de un líder con perfil de aparatchik de partido, que se ha movido más en los ámbitos local y departamental y que aunque estuvo en tiempos en el gabinete de Mitterrand en el Elíseo, no ha formado nunca parte del Gobierno, aunque no se le puede negar una buena formación pues ha pasado por la ENA (Escuela Nacional de Administración) donde se forman las élites gobernantes francesas. Pero carece de las cualidades requeridas para imponerse a un partido como el socialista francés, que no ha sabido modernizarse y sigue preso de las viejas tendencias estatistas e intervencionistas y de un añejo keynesianismo, que poco puede aportar en el presente escenario de crisis económica.

Unos meses después de su llegada a la presidencia, un gran especialista en la izquierda francesa, Jacques Julliard (acababa de publicar su importante obra Gauches françaises. Flammarion 2012), estimaba que Hollande se proponía alinear a la izquierda francesa con la socialdemocracia europea, pero ni siquiera ese objetivo mínimo se ha podido realizar por la resistencia del viejo partido socialista francés, que es un lastre para cualquier intento de modernización. Julliard contaba que Hollande le había dicho: “Los gobiernos de izquierda comienzan en fanfarria y acaban en desbandada y yo querría hacer lo contrario”. Pero, hasta ahora la fanfarria ha sido escasa y la desbandada, en forma de acerbas críticas internas y de divisiones difíciles de superar, está mucho más a la orden del día.

Los grandes momentos históricos del socialismo francés, desde el Frente Popular de 1934 o la Liberación de 1944-45, al triunfo de Mitterrand en 1981todos empezaron en el entusiasmo y todos acabaron en la decepción. Con una diferencia que señala Julliard: en 1936 los socialistas aportaron las 40 horas y las vacaciones pagadas; en la Liberación, la Seguridad Social; en 1981 la jubilación a los sesenta años y la quinta semana de vacaciones pagadas y ya en 1997 las famosas 35 horas. Una serie de medidas estas últimas que ya mostraban la incapacidad de socialismo francés para adaptarse a los nuevos tiempos. Ahora Hollande ni siquiera ha podido hacer una promesa movilizadora de ese estilo. Y es que la izquierda, ante la crisis, o miente o se tiene que callar, porque la desborda, en buena medida porque es ella quien la fomenta, con sus tendencia a aumentar el gasto público.

Por otra parte, Hollande cedió a las presiones de la izquierda del partido –y de los otros partidosde izquierda que le apoyan desde fuera, como los Verdes- con aquella promesa de un impuesto del 75 % para los que ganasen más de un millón de euros, de la que ha tenido que olvidarse después de choques con el Consejo Constitucional y con la Corte de Cuentas. El resultado han sido dos años perdidos y una impopularidad creciente, agravada por la mala imagen que han proyectado sus escarceos sentimentales. Solo se ha valorado positivamente su actuación exterior en Mali y la República Centroafriacana, que muestran una voluntad de mantener los compromisos y los intereses africanos de Francia, pero que no tienen efectos electorales visibles.

En un intento de rectificar el rumbo, Hollande dio una muy comentada rueda de prensa el pasado 14 de enero en la que ofreció lo que llamó un Pacto de Responsabilidad, que consistiría fundamentalmente en disminuir los costes laborales no salariales de las empresas –es decir, fundamentalmente las cotizaciones a la Seguridad Social- para facilitar la contratación de nuevos trabajadores. Como compensación a esta obligada reducción de los ingresos ha prometido una reducción del gasto público del orden de los 50.000 millones de euros, que ha provocado la encendida protesta de la izquierda en general, incluida la de su propio partido, que se pone en pie de guerra ante la perspectiva de nuevos “recortes”, como sucede en otras latitudes como muy bien sabemos por aquí. Pero estos que protestan a voz en grito son incapaces de proponer una alternativa seria y rigurosa, porque la izquierda decimonónica –la de allí y la de aquí- sigue pensando que el dinero cae del cielo como el maná bíblico.

Ante la perspectiva de que Hollande decida nombrar un nuevo Gobierno se están disparando los nombres de los posibles candidatos a primer ministro. Se habla mucho de Manuel Valls, nacido en Barcelona, que ha demostrado en estos años que es un buen ministro de Interior. Pero parece que sus posibilidades disminuyen porque está situado en la derecha del partido y los Verdes se oponen a su promoción. Tampoco se quiere volver a la vieja guardia del partido, como Fabius o Aubry y se habla de otros, como el ministro de Defensa Drian. Es muy posible que todo esto se resuelva en cuestión de horas, porque Hollande necesita proyectar un cierto entusiasmo en sus derrotadas huestes, tan descontentas con su liderazgo.

Lo que parece claro de toda esta peripecia francesa es que la izquierda no sirve para sacar a un país del atolladero como el que supone la actual crisis económica. El PSOE español tampoco lo ha aprendido como muestra su intempestivo radicalismo, que da la impresión de que está más preocupado por intentar desgastar al partido gobernante que por aportar soluciones a la crisis. Su querencia por el alboroto callejero, sus dificultades para condenar la violencia con la bizantina separación entre derecho a manifestarse y a practicar el salvajismo, que no tiene más objetivos que desestabilizar más que al Gobierno al propio sistema –en un preocupante continuismo zapateril- revelan una preocupante inmadurez, mucho más desnortada, incluso, que la reflejan los resultados de las elecciones municipales francesas.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios