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Memoria de los gitanos

El día 8 de abril es el Día Internacional del Pueblo Gitano. En muchas ciudades, se celebran actos conmemorativos. Hace pocos días, el Gobierno sueco –en un acto de valentía histórica y nobleza- reconoció en un informe titulado Libro Blanco, que durante más de cien años se discriminó –y durante algunos periodos incluso se esterilizó- a los gitanos que vivían en Suecia. Se les prohibió la entrada en el país hasta 1964. Se los marginó. Los niños gitanos les fueron arrebatados a sus madres. Hubo abortos forzosos. Se les impidió el acceso a los servicios sociales y se los segregó en clases especiales. A nadie le importó demasiado el exterminio sufrido a manos de los nazis y sus aliados. Se trataba de crear un clima social y unas condiciones tan hostiles que los gitanos se terminasen marchando.

Desde niño he conocido gitanos. Tuve la inmensa suerte de nacer en un hogar donde a la gente se la valora por sus principios y sus acciones y no por su patrimonio o su posición social. Recuerdo a aquellos hombres graves, vestidos de negro, vendiendo claveles rojos y blancos en los barrios o comerciando en los puestos del Rastro madrileño. Nunca como empleados de un payo. Mi padre tuvo amigos gitanos. Mi madre evocaba el bronce y el sueño de los gitanos de Lorca y sabe de memoria romances enteros. Las dos visiones eran incompletas pero al mismo tiempo enriquecedoras en un tiempo en que ellos eran grandes ausentes del discurso colectivo. No se hablaba del pueblo gitano ni en el sistema educativo ni en los medios de comunicación salvo en la sección de sucesos o en los programas de espectáculos. Un gitano o una gitana -doblemente olvidada por ser mujer- podían aparecer en sociedad a condición de que fuesen o delincuentes o artistas, es decir, por ser tan abominables o tan extraordinarios que nadie sintiese que tenían algo en común con los payos.

He aquí el poder de los estereotipos. El gitano tenía que ser como Camarón -o como los navajeros de la periferia de Madrid o Barcelona- para satisfacer los prejuicios del público. Por suerte, no era igual en toda España. En Andalucía, cuya cultura entera es incomprensible sin la aportación gitana, los gitanos formaban parte del imaginario colectivo y de las grandes celebraciones y fiestas populares: la Semana Santa, la tauromaquia, el cante jondo. Gracias a Félix Grande y sus trabajos descubrí el prodigioso mundo del cante, de la música y la poesía de este pueblo a quien durante siglos se mató, encarceló, persiguió y discriminó por ser diferentes. En 1749, el Marqués de la Ensenada dispuso “prender a todos los gitanos avecindados y vagantes en estos reinos, sin excepción de sexo, estado ni edad, sin reservar refugio alguno a que se hayan acogido”. El plan se paralizó al cabo de algunos meses por los remordimientos de conciencia del Rey Fernando VI. El Rey Carlos III decretó que no sirviesen en sus ejércitos ni gitanos, ni murcianos ni gente de mal vivir. El pueblo gitano ha hecho de la creación una forma de enfrentarse a la destrucción y la muerte.

La modernidad y el progreso, en general, solo significaron una mayor sofisticación en los planes de exterminio y las técnicas empleadas por casi toda Europa. Los censos, las instrucciones específicas, los protocolos policiales anticiparon lo que vendría después. El Porrajmos –la Devoración- marcó un hito en la Historia del pueblo gitano. Entre 600.000 y 800.000 gitanos –las cifras difieren pero no dejan de ser aterradoras- fueron asesinados por los nazis y sus aliados en los distintos países de la Europa ocupada. Eran una de las obsesiones de Himmler, que los convirtió en sujetos de experimentos y estudio antes de conducirlos a la muerte. Los gitanos trataron de resistir. En Auschwitz-Birkenau se rebelaron y combatieron con lo que encontraron. Las SS tuvieron que desplazar efectivos de otros campos para reducirlos.

La comunidad gitana fue tomando conciencia de sí misma y organizándose después de la II Guerra Mundial. El Congreso Mundial gitano de Londres (1971) fue un hito que marcó todo el devenir posterior. Estigmatizados, perseguidos, el pueblo gitano carece de Estado y es la minoría étnica más numerosa de Europa: unos diez millones según la Fundación Secretariado Gitano. En España viven unos 700.000. Debe de haber pocos pueblos más estudiados, investigados y objeto de tratamiento académico. Las tesis y los estudios sociales, asistenciales y antropológicos se acumulan mientras los gitanos siguen siendo objeto de políticas y tratamientos, en lugar de plenos sujetos de derechos en Europa. España –y, en especial, Andalucía- ha logrado un nivel de integración de los gitanos que otros países envidian y tratan de imitar. Con todos los problemas y con las sombras del pasado, los gitanos españoles llevan décadas incorporándose al mercado de trabajo –con especificidades, con periodos de dificultad, pero de forma irreversible- y han abandonado el nomadismo. Conozco sociólogos, abogados y empresarios orgullosos de pertenecer al pueblo gitano.

En estas celebraciones, la memoria debe proyectarse hacia el futuro. Por eso me preocupan las políticas de discriminación que se están instalando en algunos países de Europa y que, de algún modo, nos afectan también en España. No se lo ocultaré. Cuando alguien habla de elaborar listados o de que “ellos son así” y por eso no salen de la pobreza, me echo a temblar porque esa historia me la conozco ya. Se empieza así y se termina mal, muy mal. Algunos dicen que los gitanos no se “integran” porque “no quieren” como si estuviesen abocados por la biología a ser discriminados por su propia voluntad. A comienzos de este siglo, eran famosas las polémicas en el Parlamento Europeo entre Jean Marie Le Pen y Juan de Dios Ramírez Heredia, que llegó a maldecir al francés en 2002. Recuerdo con inmensa tristeza las expulsiones de gitanos en 2010 de mi admirada Francia. Cada vez que escucho a los políticos del Frente Nacional en Francia, a los de Jobbik en Hungría –tercera fuerza política desde 2010- me preocupo. Esta preocupación crece cuando veo la pasividad y el silencio de los demócratas en España y en el extranjero. En Hungría, el 7,5%de la población son gitanos. En Eslovaquia, son el 9%. En Bulgaria rozan el 10% y en Rumanía casi el 9%. Los fondos europeos dotados para su inclusión social se están utilizando mal, según ha reconocido la propia Vicepresidente de la Comisión Europea Viviane Reading. Hay problemas de segregación en las escuelas, discriminación laboral, etc. España es uno de los países que se toman como modelo en buenas prácticas mientras la gitanofobia crece en algunos países.

Muchos gitanos que veo hoy son muy distintos de los de mi niñez. Algunos de los que se parecen vienen de Rumanía y viven en la marginalidad y la exclusión social. Ellos habitan uno de los rincones de nuestra sociedad a los que no solemos asomarnos. Una democracia que se respete a sí misma, un Estado de Derecho que se tome en serio qué significa la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales, debe desplegar recursos y mecanismos para garantizar que la diferencia no signifique exclusión ni discriminación. Es ahí, en la marginalidad, donde una sociedad y un sistema democráticos se ganan el nombre o se traicionan a sí mismos como Europa se ha traicionado mil veces con el pueblo gitano. Ahí nos jugamos el concepto mismo de derechos humanos.

Por todo eso, hoy esta columna habla español, rumano y caló. Vende flores, da clases en la Universidad y viste la toga. Nació en España pero vino desde muy, muy lejos hace siglos.

Hoy esta columna es gitana.
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