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CRÍTICA

Martin Amis: Lionel Asbo. El estado de Inglaterra

domingo 06 de abril de 2014, 15:45h
Martin Amis: Lionel Asbo. El estado de Inglaterra. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2014. 360 páginas. 19,90 €
Desde que Martin Amis se arregló los dientes, allá por el año 2000, y lo hizo público en sus memorias, su literatura se estropeó. Al menos, para los jueces literarios ingleses. A partir de ese momento, las críticas de sus compatriotas incluían siempre retintines del tipo: “desde que Amis ha decidido tratar temas serios…”, o “Amis ha dado un giro en su literatura. Lo que podía haber sido una voz interesante si se hubiera limitado a hablar del billar, el tabaco o las mujeres que frecuentan los pubs los viernes por la tarde se ha convertido en…”, o “Martin Amis se ha metido en un laberinto en el que todo es un lío…” Para sus compatriotas, desde que Amis se enderezó los dientes, su literatura se torció irremisiblemente.

Es interesante preguntarse por qué. Quizá uno de los pocos pecados que los ingleses no están dispuestos a perdonar a un compatriota suyo, sobre todo a un compatriota de éxito, es tener los dientes alineados y blancos. O quizá los británicos son capaces de perdonar tamaña afrenta a un actor de espaldas anchas criado en Iowa, o Vermont, o en las orillas de la rubia California, pero nunca a un escritor semi-cockney, hijo incomprensiblemente británico de un Sir por designación real -el ínclito Kingsley Amis-, un joven airado enamorado de la vida juvenil británica, de las chicas, de los chicos… O es posible que los dientes blancos y alineados se permitan incluso a otra clase, la clase de los deportistas, o de los menestrales enriquecidos, pero no a la de los escritores, que deben tener los dientes marrones por la nicotina, torcidos por la analogía con el recorrido zigzagueante de sus irónicas neuronas, y descalcificados por su triste infancia y sus años de bohemia. En cualquier caso, Martin Amis se los alineó, se los blanqueó, se los implantó y perdió la gracia de sus conciudadanos, como el marinero de Mishima perdió la del mar.

Aunque Amis quizá haya perdido la gracia de sus compatriotas, o de los críticos que no quieren hablar de sus propios dientes ni de los complejos asociados a ellos, pero no la gracia de la literatura. Lionel Asbo. El estado de Inglaterra, publicada originalmente en el año 2012, y en 2014 por Anagrama con comprometida traducción de Jesús Zulaika, llega ahora a nuestras librerías y nos lo demuestra. Lo demuestra a los que quieran escuchar y disfrutar con los desplantes del macarra de su protagonista, Lionel Asbo. He dicho antes traducción comprometida porque traducir a este escritor excesivo, al que le gusta mezclar los juegos de palabras fasltaffianos con lingo de los tabloides británicos actuales no es tarea sencilla sin prescindir de las notas, esas incómodas institutrices. Pero el libro se lee bien y se disfruta, a pesar del empecinamiento de Anagrama en hacer sus libros escasamente atractivos con portadas de dudoso gusto y eficacia.

Pero vayamos a las palabras. El libro se abre con Des, Desmond Pepperdine, un adolescente de doce años que confiesa un romance sexual con su abuela Grace de treinta y seis. Las primeras páginas son desconcertantes. ¿Está hablando Amis en serio? ¿Se trata de un juego literario, de una fantasía de algún personaje? Pues no, Des, un chico de trece años, huérfano de madre, está teniendo relaciones sexuales con su abuela Grace. Grace es una digna representante de las clases marginales urbanas inglesas: madre a los doce años, tuvo seis hijos con siete hombres diferentes, John, Paul, George, Ringo, Stuart, Lionel y una sola chica Cilla, madre a los doce años de Des. Lionel nació atravesado, según relata su abuela, y pronto rompió el récord británico de precocidad delictiva al ser detenido a los tres años. Cambio su apellido, Pepperdine, por Asbo que es un acrónimo de “Anti Social Behavior Order”. Lionel habla mal, prefiere el porno al sexo real, tiene dos pit-bulls a los que alimenta con carne rociada con Tabasco (“los mantiene vivos, en tensión”), y se siente a gusto en la cárcel, sobre todo en su cárcel favorita (“Des, en la cárcel uno al menos sabe dónde está”).

La novela cruza las líneas de desarrollo de estos dos personajes, tío y sobrino, Lionel y Des. Mientras Des tiene sentimiento de culpa e interés en formarse -llega a ser redactor del Daily Mirror-, Lionel no tiene ni sentimiento de culpa y sí mucho interés en la desinformación. Su principal ocupación es cobrar deudas, machacar narices sin muchas razones (tan solo ser respetado), guardar objetos robados y beber sus cervezas delante de la tele en el piso 33 de Avalon Towers, una colmena más de Diston, un barrio imaginario del extrarradio londinense en el que el número de hijos por mujer es similar al de Malawi y la esperanza de vida de los hombres similar a la de Djibouti.

Pero mientras está en la cárcel, Lionel tiene una extraña suerte y gana, gracias a Desmond, 140 millones de libras en la lotería. Desde ahí, lo que era Dickens -la parodia y el aprecio por las clases proletarias (Des y Lionel), la miel y el drama- comienza a tomar aires shakespearianos, o scorsesianos. Lionel se lía con Threnody, consumidora de silicona, bisturí y botox y poetisa frustrada, y se compra un Bentley Aurora y una casa de campo tras un abrupto paso por los hoteles de alta gama de Londres. Bebe Dom Perignon en jarras de pintas, come caviar a puñados y mantiene su inveterada costumbre de decir lo primero que le pasa por la cabeza. Y, para ayudar a la familia, manda a su madre a una residencia del Norte, lo más lejos posible.

No añadiremos mucho más. El libro ha sido catalogado de excesivo, desordenado, flojo y reminiscente de Dinero, u otras novelas del Martin Amis de los ochenta, del escritor que tenía los dientes torcidos. Hasta los americanos del New York Times han mostrado su desagrado por el Amis postimplantes. Pero con todos sus excesos y carencias, no podemos dejar de pensar que Lionel Asbo es una novela con la que Falstaff habría disfrutado. Porque quizá a esos críticos se les ha pasado algo por alto, una frase de la penúltima página que recoge el espíritu de este libro, en la que Dawn, la novia de Des, afirma que Lionel es uno de “esos a los que no podíamos evitar querer”. Y así de forma sutil, de la mano de un palurdo y sus pitbulls, entramos en el secreto reino que todos escondemos y en el que viven las personas odiosas a las que no podemos evitar querer.

Por José Pazó Espinosa
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