www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

El tiempo en la literatura (II)

David Felipe Arranz
domingo 06 de abril de 2014, 18:40h
La montaña mágica merece consideración aparte en el análisis del tiempo narrativo, pues se trataba de la primera vez en que un autor se planteaba verdaderamente narrar el tiempo en sí mismo, dotarle de un desarrollo similar al que posee en el orbe musical: rellenar el tiempo de elementos con sentido, subdividirlo y crear la sensación de que ocurren cosas. “El tiempo es el elemento de la narración –explica Thomas Mann–, como también es el elemento de la vida; está indisolublemente unido a ella, como a los cuerpos en el espacio. El tiempo es también un elemento de la música, que como tal mide y estructura el tiempo, lo convierte en algo precioso que se nos hace muy breve”.

Para Mann, el tiempo de la literatura se diferencia del artístico en que este se hace patente de forma inmediata y solo está unida al tiempo en tanto que es un cuerpo material. Además, la narración comprende según el autor de La muerte en Venecia dos tipos diferentes de tiempo: “En primer lugar, su propio tiempo, el tiempo musical y real que determina su desarrollo y su existencia; en segundo, el tiempo de su contenido, que se presenta siempre en perspectiva, pudiendo ser la perspectiva tan sumamente distinta en cada caso que el tiempo imaginario de la narración puede desde coincidir por completo con su tiempo musical hasta estar a años luz de distancia uno del otro. El tiempo de la buena literatura es, para Thomas Mann, aquel que logra crear la sensación en el lector de perderse por el camino de la narración, “porque habrás perdido el tiempo, como te habrás perdido en el tiempo”.

Como el tiempo trae consigo el olvido, los escritores de la generación de Mann se apuntaron a la moda de retenerlo fijando la memoria de familias enteras a lo largo del tiempo “perdido”; es decir, de forma distinta a la de Proust, no individualista, sino a través de un enfoque de grupo, de pequeña comunidad. En el caso de las sagas familiares, el tiempo se extiende a lo largo de varias generaciones: cabe destacar Los Rougon-Macquart (1871-1896) de Émile Zola –veinte novelas inspiradas en La comedia humana de Balzac–, Los Buddenbrook. Decadencia de una familia (1901) de Thomas Mann –inspirada en la tetralogía operística de Richard Wagner El anillo de los nibelungos, narra la decadencia de una familia de comerciantes de Lübeck a lo largo de cuatro generaciones, entre 1835 y 1877–, La dinastía de los Forsyte (1906-1921) de John Galsworthy –que recoge varias situaciones de la clase alta inglesa– o La saga de los Thibault (1922-1929) de Roger Martin du Gard.

En el primer tercio del siglo XX, la complejidad psicológica de los personajes se trenzó con el ambiente social de los realistas dando lugar al tiempo interno de cada novela. El tiempo de la narración, el tiempo de la aventura, ha alcanzado en el siglo pasado cotas de perfección y complejidad que llevaron a poner sobre el papel y a organizar la rica casuística. Así, nacieron las combinaciones temporales que tan bien describe por primera vez en la historia de la teoría literaria Gérard Genette en Figures III (1972): en Proust se registran deliciosas anacronías narrativas o saltos temporales que fascinan al lector, formas de discordancia entre el orden de la historia y el de la narración. La prolepsis para Genette es la anacronía que evoca o anticipa un hecho o acción ulterior al momento de la historia en que se halla la narración primera y la analepsis es la retrospección, toda evocación posterior de una acción anterior a ese momento. “Alcance” es la distancia temporal que separa la anacronía –analéptica o proléptica– del momento de la historia en que se interrumpe la narración. Y la “amplitud” es la duración más o menos larga que corresponde a la anacronía en cuestión.

En cualquier caso, la maestría de un creador literario nace de la combinación entre la duración exterior y cronológica y la interior o psicológica de los personajes, cuando una se integra en la otra configurando lo que podemos llamar un tiempo social, un tempo “sentido” por una comunidad concreta y que llega a dar el tono de una obra literaria. Balzac en La comedia humana (1830-1850), que acuña el concepto de tiempo social, asegura que conocemos la historia por fragmentos: “Nada hay que sea de una sola pieza en este mundo: todo es un mosaico”, dando fórmula así, sin proponérselo, a la teoría de la fragmentación temporal. En La educación sentimental (1869), Gustave Flaubert recurre a los más amplios recursos de expresión de la temporalidad: como una realidad mesurable y objetiva –el tiempo métrico del reloj y las fechas contra el que luchaba Proust– y como experiencia vivida a través del uso de la adjetivación. Flaubert era capaz incluso de interiorizar la experiencia del tiempo en sus personajes a través de la sensación de movimiento, como hace cuando describe el continuo ir y venir de Frédéric.

También Stefan Zweig describe en unas concentradas Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1929) la pasión intensa y condensada de una mujer que decide dejarlo todo –marido e hijas– para seguir a un rufián, un jugador, en el periodo vertiginoso de un día. En Ficciones (1944) y a propósito del cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, Borges habla de la necesidad de que el tiempo de reduzca, por lo menos en el cuento, y se concentre porque el personaje –afirma Borges– no es sino un hombre reducido a símbolo, a sus actos más destacados.

Es precisamente en el tiempo donde personaje y trama se condicionan. La investigación del tiempo en la literatura es capaz de iluminar no solo el sentido de la obra y de sus personajes, sino el de la misma vida humana.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
1 comentarios