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Un grito de dolor por Ucrania

Alejandro San Francisco
martes 08 de abril de 2014, 20:39h
Ucrania está de luto. Y es una repetición de las muertes y enfrentamientos, que se arrastran ya por varios meses y que seguramente no tendrán un fin próximo. Al mundo, más allá de las noticias ocasionales de actualidad, no le importa mayormente. En parte parece ser que el problema es que Ucrania es demasiado lejana, geográfica y culturalmente, como para merecer nuestra atención. No es Francia o España, tan cercanas y tan queridas, tampoco es Italia o Inglaterra, siempre tan vinculadas culturalmente con Occidente. Por el contrario, Ucrania es Europa del Este, ese vasto e incomprendido territorio donde la guerra, la muerte, el hambre y la violencia han sido compañeros históricos en la ruta de sus pueblos.

Así lo ilustra, por ejemplo, el extraordinario libro de Timothy Snyder, Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011), obra fundamental para intentar comprender el mundo de las décadas de 1930 y 1940. Ahí se puede apreciar los cientos de miles de muertos por hambre (“la comida es un arma”, como definieron las autoridades de la Unión Soviética), los muchos que fueron ejecutados o sufrieron diversas formas de abusos (prostitución provocada o numerosas violaciones de mujeres), o incluso expresiones de canibalismo. En palabras del inventor del concepto de genocidio, Rafael Lemkin, se trató de “un ejemplo clásico de genocidio soviético” contra Ucrania. Se calcula, si los números no ensucian el problema de fondo, que murieron más de dos millones y medio de personas en estos años de sangre.

El drama se repetiría en la posguerra, como queda de manifiesto en otra gran investigación, de Keith Lowe, Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012). Había entonces en el Viejo Continente un ambiente de anarquía mezclado con un espíritu de venganza, el deseo de sobrevivencia se combinaba con cierta desaparición de la conciencia moral, la humanidad era rebajada por el salvajismo. Ucrania era un lugar propicio para todos esos males, su ubicación histórica y geográfica entre la dictadura de Hitler y la de Stalin la hacían vulnerable a todo y por todos. Los grupos armados que intentaron oponer resistencia fueron rápidamente barridos, mientras la represión se repitió antes, durante y después de la guerra. A todo ello se sumó la limpieza étnica que, como uno de los peores resabios del nazismo, pervivió mediante repatriaciones forzadas y políticas de exterminio, asociadas al establecimiento del nuevo totalitarismo en la sufrida Ucrania.
Es verdad, podríamos pensar, que todo eso no sólo es lejano en las distancias, sino también en el tiempo. Después de todo, ¿para qué volver sobre esos días tan grises de la historia de la Humanidad, cuando hoy mismo tenemos muchos problemas a nuestro lado como para estar preocupados de otros que ya ocurrieron y sobre lo que no hay vuelta atrás? ¿Por qué no presentar mejor libros que hablen de historias hermosas en vez de volver a leer o comentar obras que nos llenan de sangre y salvajismo, muerte y vergüenza? Son preguntas legítimas y sin duda es una forma de enfrentar el asunto, pero de ninguna manera puede volverse la regla universal, más todavía cuando hemos visto durante estos meses que la muerte, la violencia, el riesgo de la guerra civil y de un conflicto todavía más amplio vuelven a apoderarse de nuevo de un territorio que hace parir comida y dolor a la vez, donde el cultivo agrícola se ha combinado históricamente con el cultivo del odio.

Por eso es preciso no mirar hacia el costado como si el llanto de Ucrania fuera simplemente una exageración noticiosa o una forma de llenar las páginas de los diarios o los minutos de la radio y la televisión. Más todavía cuando hoy no estamos hablando de un problema histórico, sino de una crisis actual, con consecuencias penosas que lejos de solucionarse se multiplican y con un final abierto que todavía no muestra la luz de la esperanza. Ahí se puede apreciar la discordia civil, la posible segregación de uno de sus territorios, la continua disputa con Rusia, la división al interior del ejército local, la dimisión de algunos de sus miembros, la tensión ambiental que lo inunda todo, un largo catálogo de problemas que lejos de disminuir parecen destinados a multiplicarse.

Todo eso ha llevado a los casi 45 millones de ucranios a vivir nuevamente en zozobras y en un clima de pre-guerra permanente. Pero la tensión es mucho más ancha y profunda, por cuanto los principales gobiernos del mundo se han visto involucrados de una u otra manera, sin tener muy claro cómo resolver el asunto actual. La independencia de Ucrania respecto de Rusia tiene apenas un par de décadas, y recientemente una parte importante de Crimea ha planteado su deseo de segregarse de Ucrania para sumarse precisamente a Rusia. Entre tanto, los soldados rusos se movilizan, Estados Unidos juega algunas fichas, mientras Europa ve con preocupación el desenlace del conflicto, ha procurado acuerdos de cooperación con Ucrania así como atraerlos, aunque a veces con excesiva lentitud. Nadie sabe muy bien dónde terminará esta historia-tragedia.

Creo que va siendo hora de que comprendamos que las muertes que se producen y que han existido en Ucrania durante el siglo XX afectan a toda la Humanidad. Bien por los que han puesto notas de alerta y han manifestado preocupación y realizado acciones concretas en los últimos meses. Pero es preciso comprender que si la crisis actual termina con una guerra, muerte y destrucción, se tratará de un drama para Ucrania, pero también de un baldón para Europa. A cien años de la Primera Guerra Mundial se suponía que ya deberíamos haber aprendido a erradicar las guerras de la faz de la tierra, pero el dolor de Ucrania nos muestra que todavía somos capaces de retroceder y de matar de nuevo la civilización.
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