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Los traidores educados

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 09 de abril de 2014, 20:07h
Acabamos de asistir a un debate en el Congreso de los Diputados en el que, con algún que otro subterfugio bastante infantil sobre lo bello que es votar, los partidos nacionalistas y sus compañeros comunistas catalanes pedían ni más ni menos que el Estado español permitiera el proceso independentista en Cataluña.

A los defensores de este proceso encubierto bajo la excusa de la consulta o referéndum pareció sorprenderles la falta de cortesía de la inmensa mayoría de los diputados españoles, que se negaron a admitir genuflexos las pretensiones soberanistas. Y eso que se lo habían pedido con mucha cordialidad, pero ya se sabe la hosquedad que manejan los partidos nacionales y su hostilidad hacia el simpático nacionalismo, que a fin de cuentas sólo pedía una cosa sencilla: el descalabro de un Estado constituido, con más o menos avatares, desde hace centenares de años.

“Oportunidad perdida”, se ha podido leer en La Vanguardia. Pues sí, oportunidad perdida para fracturar España, aunque con vaselina. Porque aunque haya muchas personas cargadas de buena voluntad que creen que el problema es de diálogo, parece cada vez más evidente que la cuestión reside en la victoria, ya que este proceso no lo dirige una asamblea de sensibilidades, sino una vanguardia política. No lo plantea la burguesía catalana ni Duran i Lleida, sino la ANC y ERC, con la patética figura de Artur Mas abriéndose paso a codazos para estar en la primera línea de la foto después de cada manifestación, pero sin atreverse a formar parte de ella, ni en la calle ni en el Parlamento nacional.

Si los independentistas quieren hablar es sólo para acordar los términos de la rendición del Estado. Por ello, el único diálogo posible, de Gobierno y Parlamento español, es el que se basa en la permanencia de ese mismo Estado. O ganan unos, o ganan otros. Prácticamente, todos los caminos intermedios se han agotado con la generosísima autonomía de que disfruta Cataluña, ajuste puntual económico más o menos. Y se lo dijo claramente el independentista Bosch, de ERC, a Rubalcaba, ante su oferta de reforma federalista: “Ya es tarde para eso”.

En realidad, siempre fue tarde. El señor Bosch y su partido no han querido otra cosa que la independencia para una república catalana de izquierda (y el matiz de izquierda es relevante, porque debería ser un aviso para los partidos liberales y cristianos que van de su mano en el proceso independentista; porque si ERC ganara, verían lo que vale un peine).

Un señor como Bosch, que es capaz de prometer la Constitución de un Estado para destruirlo desde dentro tiene una calificación moral discutible, pero una descripción política bastante obvia. Ha tenido la suerte de vivir en un mundo civilizado, en el que puede transitar como aforado por un Estado mientras lucha por dinamitarlo. No sé qué hubiera sido de él en el siglo XVI. Incluso no sé que sería de él en otros países (incluidos los democráticos) en el XXI. Bueno, sí lo sé. Pero este señor y yo mismo tenemos la suerte de vivir donde vivimos en la época que vivimos, y seguiremos diciendo lo que nos parezca, si no hacemos algo fuera de la Ley. Algo que el señor Bosch, sin embargo, empieza a insinuar, pero no hay que adelantar acontecimientos, que igual lo suyo sólo es barricada parlamentaria.

¿Quiere el señor Bosch, como el señor Mas, pasar al martirologio? Hasta ahora no lo han demostrado, porque sólo han deseado vencer sin luchar, que el adversario se rinda y, además, le pague la fiesta. Y sólo un completo alejamiento de la realidad les impide ver que eso no es tan sencillo.

Los independentistas cuentan con una baza, que es un clásico de este tipo de movimientos: agitar a una parte del pueblo con intoxicación y propaganda, para después esconderse detrás de él. Y si esta presión surte algún efecto, salir rápidamente a la cabeza de la manifestación para ser los nuevos líderes populares que pasen a la historia. Si, por un azar indeseable, alguno de estos procesos populares lleva a algún grado de violencia (que es, por otro lado lo que suele suceder cuando se agita a las masas) va a ser difícil que esto le acontezca a los traidores educados que pisan las moquetas parlamentarias.

Es en estas moquetas donde se hace patente lo paradójico de esta época de reivindicación independentista. Porque ahí se refleja el grado de emocionalidad y la carencia de racionalidad que sustenta esta reclamación. Pues los independentistas conciben la escisión del Estado como una ruptura matrimonial. Nos separamos porque ya no nos queremos. Pero, ay, el Estado no es un matrimonio acordado entre partes. Es la estructura preexistente a las partes, y la Ley (en este caso la Constitución) se fundamenta en aquélla.

No es discutible, en todo caso, que la bandera sentimental puede ser útil, como antes se apuntaba, para la agitación de las masas. Sólo que una vez que ésta se pone en marcha, ya es muy difícil controlarla. Porque, ¿cuánto tardarían los más airados independentistas en pasar de su ira hacia España a su conflicto con los nacionalistas más blandos, los de CiU y Mas que pretenden movilizar la calle para quedarse con la poltrona? Es incomprensible que no se hayan dado cuenta, pero van a ser, si no lo han sido ya, desbordados por el proceso del que son cómplices.

Porque, además, cuanto más den por hecha su victoria unos y otros independentistas, más rápido aparecerá su ambición y su pugna por la hegemonía del proceso. Y ahí, más pronto que tarde, se verán las caras las vanguardias callejeras, los republicanos y comunistas, y los aburguesados oficialistas que no saben que simplemente están de paso en el Palacio de Invierno de la Plaza de Sant Jaume. Siempre hay un roto Lenin para un descosido Kerenski.

Los independentistas varios están repartiéndose ya los despojos de la Nación, pero siguen sin enterarse de que los Estados son como los elefantes. Parecen parsimoniosos, pero cuando se mueven, su peso es temible. Y hay que alabar la cortesía de Rajoy, mayor que la de los traidores educados: no lo ha dicho en voz alta. Hay que confiar en que nunca se vea obligado a hacerlo. Porque de esto también se puede dialogar, de quién es el elefante y quién se pone delante del elefante. Suele ser, por cierto, casi el único diálogo que se da en los procesos independentistas.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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