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RESEÑA

Paul Theroux: En Lower River

domingo 13 de abril de 2014, 13:19h
Paul Theroux: En Lower River. Traducción de Ezequiel Martínez Llorente. Alfaguara. Madrid, 2014. 372 páginas. 19,50 €. Libro electrónico: 9,99 €
Cualquiera que contemplase desde fuera a Ellis Hock, protagonista de En Lower River, pensaría que tiene una vida hecha y quizá presupondría que feliz, o, por lo menos, en la medida que eso es posible. En cualquier caso, no es un joven que tenga que labrarse un futuro. Se trata de un sesentón que regenta una tienda de ropa de caballero en un pueblo de Massachusetts, está casado y es padre de una hija. Pero aquí se cumple a la perfección el dicho de que las apariencias engañan. Su existencia le resulta a Ellis Hock completamente insatisfactoria. Por eso cuando las apariencias estallan y se hace presente lo que anidaba en su fondo no lo siente como una desgracia sino como algo que le permitirá escapar de lo que, en verdad, consideraba un infierno, por muy dulce que fuera. Lo malo es que ese apacible infierno de rutina y amor marchito hacia su mujer se convertirá en otro no precisamente deleitoso. Porque esta fascinante novela del escritor norteamericano Paul Theroux trata de avernos, exteriores e interiores. No en vano la encabezan unos versos del canto VIII de El infierno de Dante.

El día en que Ellis cumple 62 años, su esposa, Deena, con la que lleva casado más de treinta años, le regala un teléfono. Esta inocente circunstancia desencadenará un hecho que supone un fin y un comienzo. A través de ese regalo, Deena descubrirá por azar que su marido recibía y enviaba mensajes cariñosos a un montón de mujeres. Deena monta en cólera y decide abandonarlo. Y Ellis Hock encuentra así el motivo perfecto para empezar una nueva vida. Una nueva vida que mira hacia un pasado que intentará recuperar. Una nueva vida en la que regresa a una zona conocida como Lower River, perteneciente a la africana República de Malaui. Allí, Ellis fue a parar tras enrolarse de joven en los Cuerpos de Paz ante la perspectiva de ser llamado a filas en Vietnam. Y allí conoció el paraíso: “Ellis fue feliz en Lower River, completamente desconectado de casa, e incluso de la capital del país, viviendo a su aire mientras desempeñaba el trabajo de profesor en la aldea de Malabo, en una ribera desconocida y descuidada, como el único extranjero, alguien enormemente feliz”.

Sin embargo, en esa vuelta al pasado Ellis Hock no encontrará nada de lo que busca, sino todo lo contrario, y las personas con las que se relacionó, como Gala Mphiri, joven maestra de la que estuve enamorado, ya, tras el paso del tiempo, no son las mismas. Quizá fue un lugar maravilloso cuando Ellis estuvo allí la primera vez y después se ha degradado, o, quizá, nunca lo fue y la memoria de un Ellis deseoso a toda costa de un cambio vital, lo ha idealizado. La realidad es que este Hombre Serpiente -así era conocido en su primera estancia en Lower River, pues no las temía) se sumerge en un descenso al corazón de las tinieblas -resuenan, claro está, los ecos de Joseph Conrad- en el que el lector le acompaña sin un momento de respiro.

El propio Paul Theroux estuvo de joven en ese territorio en donde sitúa al protagonista de su novela, y, como él, se sumó a los Cuerpos de la Paz y fue profesor. Esta experiencia no es ajena, sin duda, no solo a este título sino a toda la producción de Theroux, como esa igualmente extraordinaria novela que es La costa de los mosquitos -llevada al cine por Peter Weir-, donde su personaje principal, el inventor Allie Fox, con no poco de estrambótico, decide marcharse del primer mundo harto de su estilo de vida antinatural y consumista. Hay así en Paul Theroux (Medford, Massachussetts, 1941) una tan honda como deslumbrante tensión entre contrarios, entre la realidad y la utopía, entre una anhelada concepción rousseaniana del ser humano y la brutal enseñanza de “el hombre es un lobo para el hombre” , de la que no se escapan supuestos paraísos aparentemente corrompidos por la civilización occidental. Theroux es también un magnífico escritor de viajes con títulos como El gran bazar del ferrocarril o El viejo expreso de la Patagonia. Pero, sin duda, lo mejor es cuando a lo exterior acompaña un viaje interior, como en esta novela el de Ellis Hock, donde se descubren -y se advierte sobre ellas- las miserias, engaños y autoengaños, propios y ajenos.

Por Carmen R. Santos



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