La ciudad de los sueños
jueves 17 de abril de 2014, 19:13h
Aunque cada uno haya seguido su camino por derroteros diferentes le digo a la audiencia a la que me dirijo que comparto con ellos la patria de la infancia. Me examiné de ingreso de bachillerato en el instituto de la ciudad cuando apenas tenía nueve años. Se trata de un edificio bajo aunque amplio, en la hermosa plaza del centro, el Espolón, rodeado de árboles centenarios, álamos o quizás plátanos, que lleva el nombre de un político liberal de la Restauración, Sagasta, al que la villa no ha defraudado en ningún momento de su historia. Recuerdas el tribunal de tres o cuatro doctos profesores catedráticos ante el que compareciste temblando por la responsabilidad de no dejar en mal lugar a los que te habían preparado para la prueba, alumno libre como eras, procedente de un pequeño pueblo de la provincia sin conocimiento de las artimañas que dominaban los alumnos de la capital. Imponían sobre todo las gradas del aula en las que habría algún familiar, seguro que tu padre, que quizás por primera vez no podrá acudir en tu ayuda. Será un sueño recurrente este del examen en un dominio extraño sobre temas abstrusos que no comprendes y que te angustian hasta que te despiertas con alivio.
Recuerdas también el puente de hierro que se levantaba sobre el ferrocarril que, como ocurre en otros sitios con el río, dividía la ciudad, y que hoy se ha convertido en la Gran Vía. Era fascinante para un niño asomarse y contemplar el trazado paralelo de las vías.Ver justo debajo los trenes humeantes con su jadeo rumoroso o exaltado, según emprendiesen el camino, o pasasen de largo, sin parar, fuesen de pasajeros o transportasen solo mercancías, hacia destinos desconocidos, de los que apenas conocías el nombre: Zaragoza, Madrid, Barcelona. Veías los trenes muy cerca, no como solías desde arriba de la colina al lado del Ebro, donde tu pueblo quedaba enfrente de Labastida, haciendo la curva del meandro del río, y dejando el rastro del humo en el cielo siempre azul y limpio de los sueños. Piensas si tu preferencia indubitada por el ferrocarril tiene su causa, no en las ventajas del viaje sin sobresaltos que este medio proporciona, y que te permite leer o disfrutar del paisaje, sino en el origen infantil de este recuerdo, en el que el tren asumía el atractivo de trasladarte hacia lo que desconocías y que solo podía ser maravilloso.
Pero les digo a los que se disponen a escuchar pontificando sobre el futuro de nuestra organización territorial, que su ciudad evoca también el placer de mis primeras lecturas, fuera de los cuadernos e instrumentos escolares. Cuando venía a Logroño siempre residía en casa de una tía viuda que se ganaba la vida dispensando productos veterinarios, aunque ella y su marido eran maestros (él había sido depurado tras la guerra, en un episodio del que nunca logré por aquellos años un relato cabal). El caso es que uno de los primos guardaba para mi sorpresa un secreto fabuloso en el armario de su cuarto: un montón enorme de libros de la colección Austral de Espasa Calpe. Eran tomos con un diseño característico, según su tamaño, que determinaba asimismo su precio, y una portada punteada de colores que variaban según su género: verdes, pensamiento; granates, poesía; rojos, biografía; azules, novela.Y así.
Me encontraba frente a una auténtica reserva, fuera de la vista de los demás, establecida supongo que más que para asegurar su guarda para proteger a los libros de las posibles indicaciones de censura de mi misma tía, si no hubiese desistido ya de atajar la deriva librepensadora de los primos. Todavía tengo las Poesías Completas de Antonio Machado, que según consta en el sello de la contraportada, fue adquirida en la librería Ochoa de la ciudad, un establecimiento, si no recuerdo mal, de la calle de Portales, donde Bardem rodó alguna escena memorable de su obra maestra Calle Mayor. No es cierto, como sabe el lector, la completud prometida en el título del libro de Machado. Faltan los poemas de la guerra y el verso final donde el poeta evoca el cielo de su infancia.
Cogí el volumen del armario maravilloso, supongo que con el consentimiento de César, que al menos mientras vivió tuvo la elegancia de no pedirme que se lo devolviera.
Comprenderán mis lectores que siempre, como ahora, vuelva con agrado y reconocimiento a esta ciudad de la infancia.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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