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Crónica de América

Inquietud y amenazas sobre el Mundial de Brasil

sábado 19 de abril de 2014, 18:34h
La explosión de violencia vivida esta semana en Salvador de Bahía, una de las sedes del inminente Mundial de Fútbol, incrementa la inquietud sobre las amenazas que se ciernen sobre este formidable acontecimiento deportivo: la tasa de homicidios, la acción del crimen organizado y las oleadas de movilizaciones sociales, cuando visiten Brasil cientos de miles de seguidores de las selecciones nacionales.
La huelga de policías que ha asolado Salvador de Bahía, la tercera metrópoli mayor de Brasil, con su saldo trágico de muertos, constituye un nuevo aviso sobre los peligros y las incertidumbres que penden sobre un Mundial de Fútbol que dará comienzo dentro de solo dos meses. Salvador de Bahía recibirá en pocas semanas a miles de aficionados de todos los rincones del mundo siendo una de las urbes más emblemáticas del país, que fue la primera capital colonial de Brasil, receptora de un gran flujo turístico extranjero atraído por la cultura afrobrasileña y las celebraciones del Carnaval. Desde la noche del pasado martes, la policía local inició un paro que se mantuvo varios días en demanda de reivindicaciones salariales, lo que originó una ola de violencia que arrasó la localidad. Pese a que el Gobierno federal trató de suplir a las fuerzas del orden locales desplegando más de 5.000 soldados y policías federales, el Gobernador de Bahía, Jacques Wagner, confirmó la cifra provisional de 39 asesinatos en dos jornadas, mientras la ciudad era saqueada y los centros comerciales asaltados por una muchedumbre que impuso la ley del terror.

En Salvador de Bahía, una de las doce sedes del Mundial donde se jugarán seis partidos a partir del próximo mes de junio, no es la primera vez que se vive una explosión social de estas características. A dos semanas del comienzo del Carnaval de 2012, los 30.000 policías de la ciudad protagonizaron una huelga similar a la que ahora acaba de concluir, dando pie a disturbios que en aquella ocasión provocaron más de cien homicidios. En ese momento, los 4.000 efectivos del ejército nacional enviados por la presidenta Dilma Rousseff fueron por completo insuficientes para frenar el torbellino de brutalidad que se apoderó de la población con el allanamiento de locales públicos y privados, las bandas de narcotraficantes dominando las calles y los turistas aterrorizados por el fuego cruzado entre policías y militares en el casco histórico de la localidad. Las huelgas policiales, en cualquier caso, no son un instrumento de presión exclusivo de Bahía, sino una feroz arma de coacción empleada con relativa frecuencia en distintos estados brasileños, siempre con pavorosas consecuencias.

Desde hace tiempo, el Gobierno brasileño ha exhibido espectaculares operaciones de cuerpo policiales especiales -incluso promocionando películas-, dirigidas contra la delincuencia organizada y los territorios sin control de las favelas. Pero esas operaciones de marketing no han solventado el grave problema de la criminalidad urbana que en el campo del orden público -además de las políticas de prevención social-, exigiría una reforma en profundidad de las policías autónomas de los estados, cuyo chantaje ante los grandes eventos es una permanente espada de Damocles que puede desembocar en episodios siniestros.

Más allá de las cíclicas e incontrolables huelgas policiales, la seguridad presenta cifras alarmantes con un continuo aumento de homicidios en Brasil. El Mapa de la Violencia, elaborado por el Centro Brasileño de Estudios Latinoamericanos, en su informe del 2013, constató que el índice de homicidios en el conjunto del país alcanzó el 27,4 % por cada 1.000 habitantes. El aspecto más preocupante de este dato es que la criminalidad y el asesinato no se han reducido con el impresionante crecimiento de Brasil, convertido en la sexta potencia mundial, sino que por el contrario se han venido ampliando ininterrumpidamente hasta el día de hoy. Desde que se recaba una información más exhaustiva sobre esta lacra, la tasa de homicidios ha crecido desde las 11,7 víctimas por 1.000 habitantes hasta las 27,4 del año pasado, lo que supone un alza del 132 % en las últimas décadas. Cierto que el Gobierno central ha logrado reducir estas cantidades en los escaparates nacionales de Sao Paulo y Río de Janeiro por la vía de cortar el abastecimiento de armas a las mafias. Algo que, sin embargo, no impidió el ascenso del crimen en el conjunto del país.

Los aficionados al deporte rey que se trasladen a las sedes del Mundial en pocas semanas, se encontrarán con un territorio que registró el récord de más de 50.000 asesinatos solo en el año pasado. El Mapa de la Violencia, al comparar el número de muertos en Brasil con el de los países en guerra, sobre la base del Informe Mundial de la Violencia Armada, de la Secretaría de la Declaración de Ginebra, comprobó que los asesinados por arma de fuego en Brasil superaban a los de naciones sometidas a un escenario de conflicto bélico.

Las organizaciones políticas brasileñas consideran que la responsabilidad no recae exclusivamente sobre las fuerzas del orden, sino también en la insuficiente inversión en educación, vivienda, salud o actividades culturales. Aquí reside un segundo foco de riesgo e incertidumbre para acontecimientos como el próximo Mundial de Fútbol o los posteriores Juegos Olímpicos. Amplias capas de la población brasileña, especialmente la emergente clase media que empieza a configurarse como un poder cada vez más determinante en el nuevo Brasil, ven con recelo y una creciente hostilidad las colosales inversiones dedicadas a los espectáculos deportivos, en vez de emplearlas en una infraestructura pública cada día más urgente en los capítulos educativo, de seguridad social, transporte o vivienda. Este descontento ya produjo altercados durante la pasada Copa Confederaciones, donde la carestía de servicios a costa de los acontecimientos futbolísticos generó movilizaciones populares y explosiones sociales a duras penas apaciguadas con promesas que todavía no se han satisfecho.

La situación experimentada en la Copa Confederaciones, al borde de un estallido colectivo, puede convertirse en un preludio anecdótico ante el Mundial de Fútbol, donde los presupuestos iniciales se han disparado en proporciones astronómicas. Hoy las inversiones reales en sus instalaciones aventajan a las realizadas en Sudáfrica y Alemania juntas. En este descontrol de las cuentas, y en un periodo preelectoral, se cierne la duda de si las autoridades podrán llevar a cabo las enormes aportaciones económicas prometidas a los ciudadanos para la financiación de una red de salud, educación o transporte que se vuelve más y más perentoria por momentos. Si esa financiación se desvía finalmente del ámbito social, dejándolo desprotegido durante décadas a favor del fomento de los grandes espectáculos, la movilización colectiva prenderá antes o después hasta tocar la propia estructura política brasileña.

Existe una enorme y justificada preocupación por este peligro que se trata de anestesiar mediante altas dosis de orgullo nacionalista al colocar a Brasil en el centro de las miradas mediáticas. Algo que podría transformarse en una maldición si la criminalidad homicida llegara a arremeter contra el turismo futbolístico, alguno de los cuerpos de la seguridad pública organizase una huelga, o los movimientos sociales declararan la guerra a las millonarias inversiones en el superespectáculo global en vez de orientarlas hacia las enormes carencias que sufre la población. La globalizada mirada mediática sobre el Mundial se trocaría en la globalizada mirada mediática sobre los aspectos más terribles de un país cuya reciente riqueza se ha desviado hacia lo aparente y accesorio, antes de resolver trágicas penurias.