En 1984 Ignacio Martínez de Pisón debutó en la narrativa con
La ternura del dragón, un relato de carácter minimalista que encerraba gran intensidad y que hacía presagiar que nos encontrábamos ante un nuevo autor a quien habría que seguirle la pista. Un autor que no iba a ser flor de un día, sino que era poseedor de una cosmovisión propia muy propicia para alcanzar un gran desarrollo. Su primera novela, la historia del adolescente Miguel, que va a pasar una temporada con sus abuelos, causó tan buena impresión como abrió el rastreo en uno de los asuntos que más interesa al escritor zaragozano afincado en Barcelona: las relaciones en familias, naturalmente, infelices. Ya sabemos lo que dijo Tolstói al respecto sobre el parecido de todas las familias felices y cómo, por el contrario, las infelices lo son cada una de forma diferente. Apreciación que se ha convertido en un tópico pero que resulta muy cierta y enormemente fructífera para la literatura.
Desde luego lo ha sido para el autor de títulos como
Carreteras secundarias -llevado al cine en dos ocasiones, primero por Emilio Martínez Lázaro y después por Manuel Poirier -,
El tiempo de las mujeres,
Dientes de leche,
El día de mañana , o
Enterrar a los muertos, magnífico ensayo, que se lee como una absorbente novela, sobre el asesinato a manos de los comunistas, en el siniestro momento de la Guerra Civil española, del republicado José Robles, amigo de John Dos Passos y traductor de
Manhattan Transfer del escritor norteamericano.
Y lo continúa siendo como se demuestra con creces en la novela que acaba de publicar,
La buena reputación, quizá su obra de más largo alcance, centrada en una saga que abarca a tres generaciones, a través de cinco miembros de una misma familia, nos sumerge en un largo periodo de nuestro pasado reciente -desde la década de los cincuenta hasta la de los ochenta del siglo XX-, y se ambienta en distintas ciudades españolas. Empezando por la Melilla de los años cincuenta, donde vive el matrimonio formado por Samuel, de ascendencia judía, y Mercedes, de estricto credo católico.
Dos personajes que le dan pie a Martínez de Pisón para plantear uno de los aspectos más logrados de la trama: la compleja relación de la pareja, que atraviesa por distintas etapas, y que pone de relieve dos caracteres en conflicto y bien construidos: el de Samuel, quien arrastra un sentimiento de culpa por haber abandonado sus raíces, y el de Mercedes, una mujer aparentemente convencional pero de fuerte personalidad, como queda patente en su testamento mediante el que desea, aun después de muerta, dominar el destino de su familia. Y, junto a Samuel y Mercedes, sus hijas y nietos, y una sólida galería de personajes insertos en varios escenarios, destacando el poco conocido de esa Melilla de mediados del siglo pasado -y su comunidad sefardita-, sumida en la incertidumbre ante la próxima descolonización de Marruecos y la vuelta de los españoles del Protectorado a la Península.
Como en anteriores ocasiones, Ignacio Martínez de Pisón no ha dejado de documentarse para otorgar verosimilitud y detalles precisos a la historia -y, como suele hacer, consigna al final del libro las fuentes consultadas-, que en este caso se cuenta de manera minuciosa en un consistente fresco donde la narración fluye con naturalidad y eficacia.
Por Rafael Fuentes