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Valls: Realismo vs socialismo

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 21 de abril de 2014, 19:17h
Cualquiera que siga con un mínimo interés la política europea, tiene que considerar como un auténtico bombazo la comparecencia ante la prensa –sin admitir preguntas- del primer ministro francés, Manuel Valls, el pasado miércoles 16 de abril. Expuso allí el que se ha denominado Plan Valls, que se concreta en una reducción del gasto público de 50.000 millones de euros, a lo largo de los próximos tres años, y que pretende conseguir por medio de la congelación de los sueldos de los funcionarios, de las pensiones –hasta octubre de 2015- salvo las más bajas, y de las prestaciones sociales, aunque exceptuando las consideradas “de subsistencia”. Se reducirá, asimismo, el número de funcionarios en todas las administraciones, salvo en la educación, seguridad y justicia y se recortarán los presupuestos de la sanidad pública en 10.000 millones de euros y los de las administraciones territoriales (regiones, departamentos y municipios) en 11.000 millones de euros, a la vez que se anuncia la reducción del número de regiones.

El presidente Hollande ya había hablado, el 14 de enero, de la necesidad de esas reducciones en nombre de un indispensable “Pacto de Responsabilidad”, pero todo había quedado en palabras, pues no en vano, dicen sus críticos, en su antiguo despacho de la localidad de Tulle –capital del departamento de Corrèze- de la que fue alcalde, hay un busto de Henri Queuille, un famoso político de la III y de la IV Repúblicas que se hizo famoso por una repetida frase: “No hay problema tan difícil que no se pueda resolver no tomando ninguna decisión”. Pero ha sido la contundente derrota socialista en las recientes elecciones municipales (en las que han perdido 160 ciudades de más de 10.000 habitantes) lo que ha obligado al presidente más impopular de los últimos 50 años –solo aprueba su gestión el 17 por ciento de los ciudadanos- a formar un nuevo gobierno con Manuel Valls como primer ministro.

Valls ha justificado su plan afirmando que lo hace “no porque lo imponga Europa, ni por testarudez, ni por ortodoxia…sino porque es la base para recuperar la credibilidad y la confianza, sobre las que se funda nuestra soberanía”. Recordando que en Francia el gasto público representa el 57 por ciento del PIB –una cifra desmesurada pues en la mayor parte de los países europeos el gasto público está bastante por debajo del 50 por ciento- y que la deuda pública está por encima del 90 por ciento del PIB, Valls ha hecho suya una frase que entiende todo el mundo: “No podemos vivir por encima de nuestras posibilidades”.

Todo esto supone un enorme despliegue de sentido común, de la más elemental sensatez, pero lo del bombazo –con que iniciábamos esta columna- viene a cuento porque resulta totalmente insólito escuchar este tipo de lenguaje en un socialista. Quizás se empieza a entender algo si recordamos que hace algunos años –cuando era prácticamente desconocido para el gran público- Valls sugirió que se eliminara el adjetivo “socialista” del nombre de su partido. En un movimiento similar al que había llevado a Tony Blair a su “New Labour” –con quien se ha identificado expresamente- y al alemán Gerhard Schröder a adoptar como lema “die Mitte”, esto es el centro, Valls no se siente parte del añejo socialismo estatista y “de clase”, que malamente ha llegado al fin del siglo XX y se muestra desencantado con las viejas fórmulas de los dogmas socialdemócrata-keynesianos que alcanzaron su época dorada después de la II Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, cuando algunos intelectuales de izquierda propugnaban la “convergencia” con el “socialismo real” que imperaba (¡y cómo imperaba!) al otro lado del Telón de Acero.

Como era de esperar, los socialistas que Guy Sorman acaba de etiquetar como “neo-arcaicos” (lo de “neo” es un favor que les hace), han puesto el grito en el cielo –si se puede utilizar esta expresión- y algunos de los miembros de ese ala más izquierdista del PS francés ya han amenazado con que no votarán las medidas del Plan Valls cuando se sometan a votación en la Asamblea Nacional, que será el próximo 30 de abril. Sin proponer ninguna alternativa factible o realista, este sector se limita a lamentarse de que se trata de “una aberración socialmente inaceptable…que solo pretende organizar el empobrecimiento de los franceses más modestos”. (¿No les suena?).

Pero esta patente división del socialismo francés, su profunda desorientación intelectual que le ha impedido hacer ninguna propuesta razonable, viene de muy atrás. Como ha recordado recientemente (17 de abril de 2014) el diario Le Monde -cuya tendencia izquierdista es bien conocida, que no en vano ha sido la biblia de la progresía española durante muchos años- en un editorial en primera página escribe que “se impone de nuevo el diagnóstico despiadado de Michel Rocard en 1994”. Este antiguo primer ministro socialista de la época de Mitterrand, describió al PS francés ya entonces como “un campo de ruinas…prácticamente vacío de toda idea, de toda fuerza, de toda influencia”. No es ocioso recordar que Valls entró en el PS francés de la mano de Rocard, el polo opuesto a Mitterrand.

Para Le Monde, a pesar de que “los socialistas tienen (todavía, precisa entre paréntesis) todos los poderes: El Elíseo, Matignon, la Asamblea Nacional, el Senado, las regiones, la mayoría de los departamentos, su partido no existe ya. Se ha convertido en un astro muerto”. Señala como fecha importante las presidenciales de 2002, cuando el candidato socialista no llegó a la segunda vuelta pues quedó desplazado por el Frente Nacional, el partido de extrema derecha, que ahora aspira incluso a ganar las elecciones europeas.

Todo viene en Francia, efectivamente, de muy atrás. Cuando en 1981Mitterrand ganó la Presidencia y con Mauroy de primer ministro puso en marcha un programa de izquierda radical, oí, poco después, a algunos socialistas franceses mirar con envidia la figura de Felipe González que aquí no se la había ocurrido nacionalizar la banca ni otras medidas del mismo corte que, allí, llevaron a Francia a la ruina. Mitterrand tuvo que rectificar nombrando dos años después a Fabius (ahora ministro de Asuntos Exteriores) primer ministro, que intentó salvar los muebles. Pero ni él ni sus sucesores, de todos los colores, fueron capaces de modernizar Francia, el único país de la UE que tiene todavía estatalizadas y en régimen de monopolio grandes empresas como Electricité de France o Gaz de France, por no hablar de muchas otras en las que el Estado tiene altas y decisivas participaciones. No puede extrañar que algunos expertos economistas afirmen ahora que, actualmente, el mayor riesgo para la UE y hasta para el euro proviene no de España o Italia, sino de Francia. Valls lo sabe y quiere poner remedio antes de que sea tarde. Veremos si lo consigue…y si le dejan.

Y ¿qué decir de los socialistas españoles? Pues que aquí la regresión ha sido aún más intensa y duradera, pues el PSOE sigue preso de lo más arcaico que ha sucedido en estos años que ha sido la etapa del zapaterismo que, curiosamente, ha dejado enganchados a todos los dirigentes socialistas que parecen tener ahora capacidad de decisión. Rubalcaba es como un eco lejano de ese sector arcaico del PS francés que se opone al Plan Valls; tanto él como su candidata a las europeas y esos tres o cuatro genios que le secundan repiten cansinamente los mismos temas. No hay aquí nada parecido a un Valls y si los hay –que seguramente los hay- los han jubilado o están en permanente y forzado fuera de juego. Es triste comprobar que en ese “campo de ruinas” o “astro muerto” nadie parece saber en qué consiste la recuperación y qué medios hay que poner para alcanzarla.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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