¿Crisis del bipartidismo o crisis del PSOE?
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
martes 22 de abril de 2014, 20:21h
Hay percepción ciudadana de que los dos grandes partidos españoles, el PP y el PSOE, están tocados por el desgaste, en lo que se ha venido a llamar crisis del bipartidismo. Pero tal diagnóstico sirve en realidad para ocultar las diferencias entre ellos, para encubrir las causas de su deterioro y su capacidad de reacción al mismo.
Hasta ahora, esos grandes partidos eran vasos comunicantes. Cuando uno bajaba, subía el otro. Cuando el ejercicio del Gobierno erosionaba a uno, emergía la alternativa del antagonista. La novedad actual es que cuando el PP sufre los efectos de gobernar en crisis, el PSOE le acompaña en el hundimiento. Y eso es lo que no es normal.
Por eso, lo que está pasando ahora no es una crisis del bipartidismo. Es una crisis en la alternativa al poder. Es una crisis del PSOE.
El PP tiene sus propios problemas. Sufre desafección por parte de su electorado por motivos que van desde la pura frustración de las ilusiones depositadas en Rajoy para que acabara milagrosamente con la crisis en unos meses, hasta por el desencanto por el hecho de que el presidente del Gobierno no sacara la capa de superman frente a separatistas y terroristas.
Este desencanto es el que ha propiciado que surgieran alternativas de mayor o menor proyección, o que engordaran otras anteriores. Me refiero a Vox, a Ciudadanos o a UPyD, no todas exactamente en la órbita del centro derecha (sí es el caso de Vox, aunque no de las dos socialdemócratas citadas) pero sí capaces de acoger a algún número de votantes populares, junto a otros socialistas.
Pero, aún con eso, el PP no está en crisis. El modelo Rajoy no ha convencido a todos sus militantes y votantes, pero sí sostiene a la inmensa mayoría de ellos. Se podrá decir que es por la argamasa que aporta el poder, pero también porque ese partido tiene una amplia y bastante sólida militancia, se quiera reconocer o no.
Es probable que más que por el empuje carismático (que su líder no parece pretender), la militancia del PP no deja la fidelidad a su marca porque puede tener la sensación de que se equivocaría. ¿Y si, finalmente, Rajoy triunfa ante los grandes retos que tiene? Nadie, quizá, pueda asegurarlo hoy. Pero tampoco nadie está en condiciones de negarlo.
Por ello, no me parece en crisis el PP, gane o pierda las próximas o siguientes elecciones. Aunque haya hecho cosas mal, aunque haya carecido de sensibilidad hacia algunos de sus históricos y aunque no haya adoptado el estilo beligerante que algunos le reclaman ante los desafíos institucionales. Porque también tiene en su haber una cierta recuperación que parecía imposible hace sólo un año.
Por el contrario, en la otra pata de ese mencionado bipartidismo, el PSOE, la cuestión es bien diferente. Es cierto que no cuenta como cemento interno con el beneficio del poder, pero hay que decir que cuando lo tiene (como es el caso de Andalucía) no lo utiliza para crear un armazón, sino para dibujar una alternativa interna. Es cierto que tiene dificultades para organizar un liderazgo, pero cuando parece configurar uno, el de Rubalcaba, sólo lo hace como paréntesis para que otros se postulen.
El PSOE no tiene autoridad interna, ni equilibrio nacional. Está íntimamente tironeado en el liderazgo y en su territorialidad. Parafraseando los conceptos estatales, el PSOE no es un modelo federal. Como mucho lo sería confederal, porque cada grupo regional va por libre y, si se me apura, confrontado con el resto.
Este mismo martes, un sector del PSC (Nadal en Gerona) ha dado la espantada por la monserga de la autodeterminación catalana, lo que demuestra hasta qué punto la candidatura europea de Elena Valenciano no necesita enemigos, teniendo los amigos que tiene en sus filas. Todo el esfuerzo de Rubalcaba para aquietar las aguas socialistas catalanas a través de Pere Navarro se han ido al garete, porque muchos socialistas catalanes son antes catalanes que socialistas. Y, además, han dado el mensaje de que antes quieren ser sólo catalanes que españoles, que es justo lo que necesitaba el PSOE en pleno proceso electoral nacional.
El PSOE se desangra y no sabe cómo parar la hemorragia. Lo único que es capaz de alumbrar es un escenario interno en el que se ha abierto la lucha por el reparto de los despojos, un proceso que se ha convenido en llamar elecciones primarias, que es un sutil eufemismo para encubrir su particular guerra civil.
Con todo, el problema del PSOE no son las personas, ni las ambiciones, ni su estrategia. Su problema es ideológico. Porque ha dejado de ser lo que fue (con Felipe González, sin ir muy lejos) y no sabe ahora lo que es. El socialismo devenido en socialdemocracia le permitió largos años de estabilidad en los 80 y 90, pero el giro al radicalismo ilusorio de Zapatero le dejó sin referencias.
En lo ideológico, el PSOE se ha convertido en partido de anécdotas. Por eso pone toda la carne en el asador en cuestiones periféricas como el aborto, no por no ser este asunto importante, sino porque no es nuclear en la actual situación de crisis económica y territorial. O se encela en la presunta privatización de la Sanidad, o en la Ley de Educación, no, insistamos, por no ser importantes, sino porque se basan en reduccionismos populistas de cuantía menor cuando están en juego los cimientos mismos del sistema.
En lo mollar, en lo esencial, el PSOE carece de alternativas y referentes. Y cuando encuentra uno, el socialista francés Hollande y su primer ministro Valls, se encuentra con que son ellos los que hacen una enmienda a la totalidad al discurso español con un recorte que asustaría hasta a Rajoy. Y no es que no se pongan federales, como la nueva ocurrencia constitucional socialista: es que se quieren cargar la mitad de las regiones francesas.
Se podrán sumar los resultados de los grandes partidos españoles para concluir su descenso global indica la crisis del bipartidismo, pero será una conclusión falsa. El PP bajará, porque sería milagroso que no lo hiciera. El PSOE le acompañará porque sería milagroso que subiera.
Luego se dirimirán la victoria por un quítame allá el escaño, pero la realidad es que la oposición española no está en condiciones de ser alternativa en estos momentos. Su fracaso por no aprovecharse claramente de la debilidad del Gobierno es mucho más llamativo que el posible alivio de un resultado digno.
Por eso, cuando se acabe la vaina del fin de los partidos hegemónicos, el escenario será el siguiente: las nuevas minorías obtendrán algún meritorio escaño. Otros grupos más radicalizados se emocionarán con su ascenso. Parecerá abrirse un panorama de fragmentación política en España para las siguientes elecciones generales, hasta el punto de la ingobernabilidad. Los independentistas verán su momento mesiánico. Y cuando se perciba todo ello por el electorado, éste muy posiblemente se repliegue y se refugie en los partidos de Gobierno. Tal vez para entonces sólo encuentre a uno.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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