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Agua de río para curar el tifus en los niños

miércoles 23 de abril de 2014, 20:08h
Hace tiempo que las redes criminales - más o menos organizadas, de mayor o menor tamaño – descubrieron, con esa amoral satisfacción que les produce enriquecerse sin límite a costa de cualquier persona o cosa, que era mucho más rentable traficar con medicinas falsas que con drogas verdaderas. Las cuentas salían meridianamente claras. Se estima que un 3.5% de la población mundial consume drogas de manera habitual. Pero, ¿cuál es el porcentaje, en cambio, de enfermos - crónicos o no – que en todo el mundo han de medicarse? Sin tener en cuenta las imprescindibles vacunas en los países en vías de desarrollo o las milagrosas pastillas para adelgazar o broncearse, en el caso de los países desarrollados. Muchas de estas organizaciones, por otra parte, ya contaban con la infraestructura de los laboratorios donde habían estado “cocinando” su heroína, y sólo tenían que ocuparse de modificar las correspondientes redes de distribución de la mercancía para hacerlas más específicas. No eran necesarios complejos estudios de mercado: la simple falsificación de un “fármaco blockbuster” resulta infinitamente más rentable que el tráfico de heroína. En números: si se invierten 1.000 dólares en tráfico de medicinas falsas, pueden ganarse hasta 500.000 dólares, mientras que esa misma cantidad invertida en heroína daría un beneficio de “únicamente” 20.000.

Pero no nos fijemos solo en las ganancias. El hecho de que amplias zonas del mundo, fundamentalmente en África, Asia y América Latina, no cuenten con eficaces sistemas regulatorios y de vigilancia en materia farmacéutica – lo cual supone, además, falta de legislación punitiva al respecto – ha dado lugar a que estas mafias sin escrúpulos campen a sus anchas, sin tener que preocuparse por esos castigos que, sin embargo, en la inmensa mayoría de los países sí se contemplan para quienes trafican con drogas. Es, precisamente, en estos países pobres, sin infraestructuras sanitarias como las que conocemos nosotros y donde se intenta con enorme esfuerzo erradicar gravísimas enfermedades como la malaria, donde más se lucran estas mafias. Donde más daño hacen. Porque tanto las medicinas falsas como las denominadas de baja calidad – con cantidades insuficientes del principio activo correspondiente –, tienen un efecto inmediato. En primer lugar, en los pacientes que no están recibiendo el tratamiento que requieren. Y en segundo, si cabe más terrible aún, porque los medicamentos de calidad inferior pueden tener el efecto de aumentar la resistencia al tratamiento real de algunas enfermedades. Pensemos de nuevo en la malaria. Si un afectado por esta patología toma medicinas que contienen dosis insuficientes del ingrediente activo, el parásito solo será eliminado del organismo de manera parcial, con la consecuencia de que, cuando se multiplique e infecte a nuevos individuos, la resistencia al medicamento se verá fatalmente propagada.

Algo muy similar ocurre, asimismo, con la tuberculosis. Ya existen al menos 49 países donde se han hallado cepas tuberculosas extremadamente resistentes a las medicinas, por culpa de un comercio ilegal que, casi sin darnos cuenta, se ha convertido en una industria global que mueve en la sombra miles de millones de dólares. A la vez que condena a muerte, aproximadamente, a 700.000 personas afectadas de malaria y tuberculosis al año. Por no hablar de casos concretos que sí han tenido repercusión mediática, como los más de 100 niños fallecidos en Panamá durante el año 2006 por consumir jarabe para la tos contaminado con anti-congelante o el que en 2009 mató a 62 personas en Estados Unidos, a causa de una heparina contaminada en China. Los datos son alarmantes, a pesar de que en los países desarrollados contemos con sistemas de regulación del medicamento que nos garantizan la autenticidad de los fármacos que adquirimos en los canales seguros. Porque si hablamos de internet, la cosa ya no está tan clara. Los estudios realizados aseguran que el 50% de los medicamentos comercializados a través de la red son falsos o de baja calidad. Y, por supuesto, de casi cualquier clase. El Instituto de Seguridad Farmacéutica de Estados Unidos calcula que son, al menos, 523 tipos de medicamentos los que están siendo objeto de falsificación. Antibióticos, analgésicos, anticonceptivos, antiinflamatorios, tratamientos contra la disfunción eréctil, la osteoporosis, la diabetes, el sida o el cáncer. Y fabricados, también, con casi cualquier cosa: harina, cal, polvo de ladrillo, azúcar, talco, líquido de batería o anticongelante. También, simplemente, con agua de río, como la que, según Eric Przyswa, del Centro de Investigación sobre Riesgos y Crisis de París, contienen los viales que se venden en África Occidental como vacuna pediátrica contra el tifus.

Se calcula que el 75% de estas medicinas falsas se producen en China e India, y el 25% restante, en Rusia, Nigeria, Filipinas, Siria e, incluso, en algunos países occidentales. Y, aunque en la mayoría de los casos se trate, como decíamos, de extensas redes bien organizadas, no faltan otras de menor tamaño. Son, en realidad, estas últimas las que “trabajan” en los países occidentales. El método consiste en identificar el “producto estrella” del momento – la rapidez en satisfacer “con duros a pesetas” la demanda es su principal baza – y encargar la versión falsa en China. Así lo hizo, por ejemplo, Mimi Trieu, dueña de un salón de belleza en Filadelfia, que importó de China por correo postal 4 millones de píldoras para adelgazar y de las que llegó a vender – según las autoridades estadounidenses, a sabiendas de su toxicidad – casi dos millones, con un beneficio de 245.000 dólares. O el británico Peter Gillespie, administrador de una empresa de distribución de medicamentos con sede en Luxemburgo, que logró lucrarse importando fármacos falsos para combatir el cáncer de próstata, problemas cardiacos y esquizofrenia. Él y sus socios desembolsaron 1.400.000 libras para adquirir la mercancía, que más tarde vendieron en 4.700.000. Ganaron 3 millones de libras en solo seis meses, hasta que la Agencia reguladora del Reino Unido comprobó que esos medicamentos fabricados en China – distribuidos a través de una red completamente legal – contenían entre un 50% y un 80% de principios activos e impurezas no identificadas. La investigación duró cuatro años y Gillispie acabó siendo condenado a ocho años de cárcel. Nada más.

A pesar de estos dos últimos casos, la OMS y la Interpol saben que en la mayor parte de Europa, Estados Unidos, Australia o Canadá, el problema supone únicamente un 10% del total del comercio ilegal de medicinas. Por eso, la lucha tiene que centrarse en proteger a los territorios más desfavorecidos, donde, además, existen extensas zonas rurales que no cuentan con farmacias o dispensarios. Los enfermos no tienen más remedio que comprarlos a los traficantes, porque estos sí que se aseguran de no dejar a ningún poblado sin distribución. Incluso, si hace falta, disfrazándolo de “campaña humanitaria para contrarrestar los abusos opresores occidentales”. De esta forma lo hizo el jordano Wajee Abu Odeh, quien, después de ser detenido en Jordania, donde tan solo se le condenó a dos años de prisión, decidió asentarse en Palestina y expandir el negocio con la complicidad de Abu Hijleh, principal distribuidor de medicamentos en dicho territorio.

Por ello, si en Occidente podemos exigir al consumidor que tenga el sentido común de no adquirir medicamentos fuera de los circuitos de distribución legales, en los países en desarrollo se hace imprescindible llevar a cabo una labor in situ, con cambios reglamentarios, ayudas para el control eficaz de lo que se vende y donde se vende. Precisamente, si ahora hemos vuelto a hablar de este asunto escalofriante – porque no se trata de bolsos o gafas de sol, por mucho que estas falsificaciones sean igualmente criminales – es con motivo del nuevo proyecto emprendido por la Unión Europea para apoyar la lucha contra la producción y el tráfico de medicinas falsas en Camerún, Ghana, Jordania, Marruecos y Senegal. Son los países donde se encuentran las dos rutas principales de este comercio ilegal: la ruta de Arabia y Oriente Medio hacia África central y occidental, y la que va desde el Cuerno de África y África oriental, a través de Yemén y Sudan, hacia África central. Un proyecto que cuenta con 4 millones de euros de presupuesto y se establece en tres años de duración. Con él se persigue formar personal específico para detectar los medicamentos falsos en estos países y endurecer su justicia penal. Sin embargo, no parece una lucha fácil. Menos aún, en países de guerras endémicas, con interminables luchas internas o, simplemente, acostumbrados a convivir con la corrupción, siempre cómplice fatalmente necesaria. Para cualquier tipo de mafia.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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